13 de abril 2010 - 00:00

Cautela: se gesta un Duhalde ateniense

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
La garúa se transformó en tormenta y el granizo dañó los depósitos de los bancos. Hubo, entonces, que intervenir de prisa: levantar el veto alemán y activar el rescate. Dos semanas después de su presentación, el esquema de ayuda original que había pergeñado la Unión Europea era un peso muerto que hundía a Grecia más rápido que su propio, excesivo, endeudamiento. La materia de fondo -la incertidumbre sobre su solvencia- cedió paso a la cuasi certeza de una galopante asfixia por iliquidez. Nadie se preguntaba por las cuentas públicas. Con que los mercados no le creyesen a Grecia, su destino estaba sellado. No importaba la ejecución del ajuste fiscal pautado o no, los tiempos eran otros, más urgentes. Por diseño del plan de asistencia, los mercados podían apretar a Grecia hasta la extenuación, pero no podían ahorcarla. Estaba contemplado que los países de la eurozona y el FMI acudieran al rescate, pero primero Atenas debía agotar las alternativas convencionales de financiamiento. Berlín exigió que sólo cuando todas las puertas se cerrasen, última ratio, Grecia podría echar mano a la ayuda prometida por sus pares. Era la imposición de una humillación anunciada. Así, Europa recupera el tino cuando decide suprimir el desgaste de esa agonía innecesaria. Con el acceso al financiamiento puente, Grecia no zozobrará por falta de amarra. Pero no se libra de un ajuste deflacionario de incierto pronóstico.

¿Qué sentido tuvo triturar la autoestima de Grecia hasta el paroxismo? El escarmiento es una medicina que, administrada por advenedizos, siempre se aplica en exceso. Al destrozar la reputación de Grecia, hoy toda solución incruenta a la crisis debe transitar por el único carril que no se quería pisar: una operación de rescate financiero, del tipo que las propias leyes de la Unión Europea prohíben. Cuando el habitualmente circunspecto Jean-Claude Trichet, el titular del Banco Central Europeo, se ve forzado a decir que «el default de Grecia no es una posibilidad» es un personero asustado que borra con el codo lo que se escribió con la mano; de hecho, desmiente el trueno de su discurso de meses atrás. Librada a su suerte, en mercados que olían sangre, se reconoce que Grecia ya no tenía chances. De ahí, la intervención. Pero, como a esta altura no basta con bellas palabras, habrá que poner el dinero sobre la mesa. No alcanza con exhibirlo, Grecia tendrá que echarle mano para alejar a las pirañas.

¿Bear Stearns o Lehman Brothers? El dilema es el mismo: ante los hechos consumados, ¿qué merece prioridad, extirpar el «moral hazard» (el riesgo moral) o prevenir el riesgo de crisis del sistema? ¿Qué hacer? ¿Estrangular a Grecia por sus graves pecados y sentar un precedente? ¿O tolerar los desvíos y no provocar olas para evitar un mal mayor? ¿O, como se hizo con la Argentina, estrangularla más adelante, cuando el sistema recobre su solidez y sus estertores ya no lo perturben? La Unión Europea (el eje de Alemania y Francia) tomó el primer camino. Pero elegir la apertura no define el resultado de la partida. Grecia es un peón indolente, una pieza prescindible, pero lo que vale es su ubicación como tapón. Entregarlo sería suicida ya que descubre dos flancos sin defensas adecuadas. La crisis puede avanzar comiéndose de a uno el resto de los peones mediterráneos y así, tarde o temprano, la propia Francia sería un blanco accesible. O, si la urge el reloj, puede moverse por la diagonal del alfil y amenazar, sin rodeos, a la banca europea. Forzar un enroque -y que el soberano asuma esa posición- sería el paso previo al jaque mate. Basta con revisar la exposición de la banca alemana para advertirlo. Con activos en Grecia por u$s 43 mil millones, el problema allí no es menor pero sí digerible (Josef Ackerman, el presidente de Deutsche Bank, no piensa lo mismo). Si Portugal tropieza, son otros u$s 47 mil millones expuestos a la erosión (y Ackerman tendría razón). España -con u$s 240 mil millones- es un bocado muy grande para un tracto digestivo saturado. Con u$s 520 mil millones expuestos en los PIGS, no hay manera de que ni siquiera Alemania le pueda poner la cola al chancho. ¿Dónde se cometió el error? Jugando con las blancas, no se entiende cómo se les cedió la iniciativa a los mercados y se los azuzó para que atacaran a Grecia mientras, en aras de no incurrir en moral hazard, se le quitaba toda protección. Por eso -dado que «el default de Grecia no es una posibilidad»- ahora hay que patear el tablero, como al descuido, y cancelar la partida. No se podrán recoger ni los beneficios de la lección ejemplar.

Uno imaginó que con un Lehman Brothers bastaba, pero no. Europa necesitaba su propia experiencia. Si los mercados no atacaron la yugular de Grecia -después de todo, el riesgo-país nunca sobrepasó los 500 puntos base- es porque confiaban en que la Unión Europea revisaría su postura. Y, tarde o temprano, abriría una fuente de financiamiento que zanjase la encerrona. La experiencia de Bear Stearns viene a cuento. La bonanza puede resurgir como un resorte -así es el moral hazard-, pero si no se aprovecha la tregua para reparar los daños, no cabe pensar tampoco que sea asunto terminado. Más adelante, el final admite también otra vuelta de tuerca que se suele pasar por alto: que Grecia rechace la dura condicionalidad que conlleva la asistencia. Es decir que prefiera motu proprio los rigores desconocidos del default a la tortura cotidiana de un ajuste sin perspectivas de alivio. Es verdad que habiendo dulces, nadie elige salado. Pero el menú griego, a medida que desciende a los infiernos, es más y más escabroso. Un Duhalde ateniense será prematuro pero no puede descartarse.