8 de marzo 2010 - 00:00

Chapa de prócer

• David Nalbandian resultó decisivo al conseguir el quinto punto y el dobles del sábado. • «Vine por amor a la patria». • Y dejó un mensaje claro: «Si jugamos todos, tenemos equipo para ganar en cualquier lado»

El equipo argentino envuelve a la gran figura que tuvo la serie ante Suecia: David Nalbandian. El cordobés fue el puntal anímico y deportivo que motorizó la hazaña ante los suecos.
El equipo argentino envuelve a la gran figura que tuvo la serie ante Suecia: David Nalbandian. El cordobés fue el puntal anímico y deportivo que motorizó la hazaña ante los suecos.
En líneas generales, las actitudes impulsivas suelen conspirar contra cualquier proyecto bien planificado, ya sea colectivo o individual. Al poner al corazón por encima de la razón, muchas veces se queda expuesto al resultado. Si es positivo, lloverán elogios de todas partes por la corajeada y el resto quedará en el olvido. Por el contrario, si el objetivo no se consigue, las críticas caerán como dardos envenenados y lo que pudo ser un acto heroico se convertirá en un bochorno, al límite de la irracionalidad. La figura de David Nalbandian encuadra en el primer caso. Consciente de que era un grupo joven, sin experiencia, el Rey David aceleró su proceso de recuperación y, casi sin pensarlo, tomó la decisión de embarcarse en la misión Estocolmo. Llegó el jueves y, con apenas un par de entrenamientos, Tito Vázquez lo incluyó en el dobles con Zeballos. Volvía a jugar con exigencia plena después de la operación en la cadera, exceptuando su participación en la Télmex. Y, lejos de dejar dudas por su estado físico, justificó por qué es el número uno de la Argentina en este tipo de desafíos. Fue el titiritero del partido y el manual de consulta constante de su compañero. Contra todo pronóstico, pusieron la serie 2-1 arriba. Se llegó al domingo teniendo al toro por las astas, una situación impensada en la previa. Pero, tal como se preveía, Mayer no pudo con Robin Söderling y perdió el cuarto punto por 7-5, 7-6 (5) y 7-5. El peso de la definición recaía en el lomo de Nalbandian. Y, pese a algunas molestias en el isquiotibial de su pierna izquierda, consiguió el milagro: derrotó a Andreas Vinciguerra por 7-5, 6-3, 4-6 y 6-4, exhibiendo todo su abanico de recursos tenísticos.

«Vine por amor a la patria y a la camiseta. Que la gente no se preocupe porque siempre voy a dar todo por la bandera», soltó con la emoción a flor de piel al instante de conseguir la hazaña. Al hablar sobre las razones por las que tomó la decisión de jugar, explicó: «La motivación que te da la Copa Davis es extra, por defender a la Argentina». También se refirió al futuro, con optimismo pero con algunas señales. «Ojalá todos los chicos que integramos este grupo lo tomemos de esta manera. Si jugamos todos y estamos todos prendidos, tenemos equipo para ganar tanto de visitante como de local».

Claro que en este desenlace con final feliz hubo actores de reparto vitales. En primer lugar, Leo Mayer, quien el viernes igualó la serie y dejó con vida a la Argentina. Y, en segundo orden, Tito Vázquez, el capitán argentino, que lució siempre templanza en la adversidad y supo sacar provecho de los puntos débiles del rival: los segundos singlistas (Johansson y Vinciguerra) y el dobles, asignatura en la que Horacio Zeballos se potenció con la presencia de Nalbandian. El marplatense, un verdadero descubrimiento, no sintió el rigor del debut. En fin, toda una orquesta cuyos integrantes contaron con un director de lujo: David Nalbandian, todo un sinónimo al hablar de Copa Davis.

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