7 de marzo 2011 - 00:00

Choque de visiones: Bernanke vs. Trichet

La economía está otra vez en la encrucijada. En su mejor momento irrumpe una nueva amenaza. Se confirma: la recuperación (del G-8) no es una carrera de cien metros llanos sino una larga prueba de obstáculos. No importa la rapidez del sprint, que por cierto ayuda a tomar distancia de los peligros más urgentes, sino la resistencia para sostener la marcha. Aunque sobre el particular hay dos visiones: la del Banco Central Europeo (BCE) y la de la Fed. El BCE, Trichet dixit, no aprueba los tramos con exceso de velocidad y está dispuesto a evitarlos.

Basta una anécdota para entender el dilema. La venta de autos en los EE.UU., por fin, arroja señales de vitalidad. La recesión automotriz comenzó allí antes que la contracción general y fue mucho más profunda. El Gobierno tuvo que intervenir en Detroit -se sabía que la banca puede generar riesgo sistémico, pero no se sospechaba de la metalmecánica- y subsidiar la reconversión de GM y Chrysler para salvarlas de la extinción. Si el PBI de los EE.UU. ya remontó toda la cuesta que supuso la recesión, las ventas de automóviles no lo harán en los próximos años. Pero, aun así, los 13,4 millones de vehículos (anualizados) que se despacharon en febrero (cuando se esperaba que fueran 12,6 millones, como la muy buena cifra de enero) constituyen un fuerte espaldarazo. Lejos de los 16/17 millones de unidades de los buenos tiempos, redondean la mejor marca desde que Lehman Brothers estremeció al mundo (con la única excepción del mes cumbre del Plan Canje, en el que se vendieron 14,2 millones de autos). Siempre convence más contar porotos que abstracciones y, por fortuna, la resurrección automotriz es materia tangible. En febrero de 2009 las transacciones se hundieron a un piso de 9,3 millones. Un año después, sumaron 10,5 millones (un 13% más). El mes pasado fueron 13,4 millones (un salto adicional del 27%). A la par, la capacidad instalada se ajustó con agresividad. La reconversión de la industria apuntó a satisfacer un mercado en torno a los 11 millones de unidades. A estos niveles de demanda, la actividad no sólo es rentable sino que precisa añadir mano de obra. Ford, por caso, planea sumar 7 mil trabajadores este año. Si, a la postre, el empleo repunta de manera convincente (como lo señaló el informe laboral de febrero) y fogonea la confianza del consumidor (sus lecturas ya son las más altas desde 2008), el mercado automotor debería cobrar mayor impulso; sólo que hay un problema: la ebullición del mundo árabe y su correlato de convulsión en la oferta petrolera. El encarecimiento del galón de gasolina -que ya trepó un 30% promedio en los últimos seis meses en las estaciones de servicio de los EE.UU.- tiene la llave para bloquear el proceso. Y no es una variable bajo control.

Perspectiva

El cruce de caminos asoma en el horizonte. No importa la fortaleza que hoy exude la economía de los EE.UU., la mejoría será historia si colisiona con un shock petrolero de magnitud. Y zarandear los regímenes políticos del Medio Oriente y el norte de África es la manera más eficaz de provocarlo. Si el petróleo se erige en cuello de botella, no se podrá ir más allá de lo que permita su disponibilidad. Se recortará la brecha del producto pero no por la pujanza del crecimiento sino por mengua en su capacidad potencial límite. O sea, un regreso al peor de los mundos. Y, como ya se dijo, todavía se arrastra una crisis de crédito en las hojas de patrimonio. Sólo que ya no son únicamente las del sector privado -bancos y familias- las que están en el tapete. La crisis europea puso en la palestra al endeudamiento soberano. Nadie puede estar muy tranquilo con las eventuales consecuencias sobre la estabilidad financiera de pisar el freno, ni aun el BCE, que se aferra al exclusivo mandato de velar por la estabilidad de precios. Una suba de tasas, por más que corrija indefendibles exuberancias, no está exenta de convertirse en bumerán, aun para el objetivo estrecho de precios estables, si lo que promueve es un derrumbe generalizado.

La encrucijada de la economía real se refleja en los mercados de capitales bajo la forma de una pulseada que ya se muestra tenaz. Como Gadafi en Libia, el rally que comenzó en septiembre no se entrega. No parecen pesarle los avances que atesora en sus alforjas ni los riesgos acrecentados de la geopolítica.

Reacción

La semana que pasó, el crudo WTI trepó el 6,7% y atravesó como una tromba el umbral de los 100 dólares el barril. El BCE reaccionó tajante. Su titular, Jean-Claude Trichet, fue cristalino: la entidad madura una suba de tasas en su próxima reunión, los primeros días de abril. La puja es ostensible. Las Bolsas ya no recorren un camino de mano única. Lo que manda es un serrucho nervioso, plagado de altibajos, que no cuaja todavía una definición. Aun así, los mercados no se arredraron y consiguieron cerrar la semana en leve alza. Si se sopesa el temor -a través del índice VIX, que aproxima la volatilidad esperada de las acciones- sus lecturas no son extremas. Se ubican por debajo de lo que fue su media desde que el rally arrancó en septiembre pasado. La incertidumbre es alta pero el miedo no doblega a la ambición. La pulseada se sostiene porque se piensa que todavía el rally se puede exprimir un poco más. La fe en la recuperación subsiste -aunque esté bajo amenaza- y el torrente de indicadores que apuntala su presente le redobla el aliento. A diferencia de Trichet, Bernanke, en sendas visitas al Congreso, ratificó su respaldo al proceso de reactivación. El BCE, que se equivocó en 2008 izando las tasas en la antesala del infierno de Lehman, podrá volver a errar ahora; la Fed no le seguirá los pasos aunque aflore una suba «temporaria» del índice de precios al consumidor. Quien persevera en la pulseada en vez de tomar ya las ganancias tiene que pensar que la propia crisis árabe le dará una mano. Si su voltaje disminuye -por ejemplo, porque se consigue controlar a Gadafi sin mella apreciable en la infraestructura petrolera- así será. Lo que nadie debe ignorar es que un aliado fundamental -el reloj- cambió de bando. Las características de la crisis árabe -su dinámica de reguero, su amplísimo espectro y la abundancia de material combustible- convierten al discurrir del tiempo en el enemigo más peligroso. Porque pulir el filo de esas aristas no será una simple orfebrería al paso.

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