21 de enero 2009 - 00:00

Columbia, eufórica por su primer presidente

En distintos lugares de Nueva York se festejó y se siguió con mucha atención la asunción de Obama. Uno de ellos, un clásico: Times Square, poblada de seguidores pese al intenso frío.
En distintos lugares de Nueva York se festejó y se siguió con mucha atención la asunción de Obama. Uno de ellos, un clásico: Times Square, poblada de seguidores pese al intenso frío.
Nueva York - El crudo frío no ahuyentó a los miles de neoyorquinos que se reunieron ayer en iglesias, centros comunitarios, escuelas, restoranes, bares y oficinas públicas para asistir al histórico momento en el que Barack Obama juró como 44º presidente de los Estados Unidos. Pero en dos de esos lugares la ceremonia se vivió con particular emoción: en la prestigiosa Universidad de Columbia -Obama es el primer graduado de esa casa de estudios que se consagra presidente- y en el barrio de Harlem.
En Columbia ya a las 10 de la mañana decenas de estudiantes comenzaron a reunirse en las escalinatas de la Biblioteca Low Memorial, invitados por el rector Lee C. Bollinger, que tuvo a Obama entre sus graduados en su clase 83. Cerca de 8.000 personas presenciaron en vivo la ceremonia, que tuvo lugar en Washington.
Si bien no es la primera vez que un ex alumno de la universidad sirve a la nación
-Theodore y Franklin Roosevelt, además del general Eisenhower, también pasaron por ella-, se trata de la primera vez que un graduado accede a ser presidente de EE.UU.
Orgullo
«De todos aquellos que tienen buenas razones para celebrar la asunción de Obama, ninguno se siente más orgulloso que la Universidad de Columbia», dijo Bollinger al iniciar su discurso, antes de que comenzara la ceremonia.
Luego de la jura, los festejos más grandes vinieron de una pequeña porción de los asistentes: un grupo de 58 niños de cuarto grado de la escuela primaria afiliada a la universidad. «¡Vamos, Presidente! ¡Sí, Obama!», vivaban los niños con carteles dibujados por ellos mismos.
Morgan May, profesor de Física en Columbia, logró hacerse paso a través de la multitud para estar junto a su hija Julia, de nueve años, que se encontraba junto a sus demás compañeros de clase.
«Queríamos ir a Washington, pero mi hijo mayor tiene un examen mañana», dijo May a Ámbito Financiero, mientras la multitud comenzaba a dispersarse. «Pero esto resultó ser muy bueno. Es maravilloso poder estar cerca de tanta gente que está contenta por las mismas razones que uno lo está», explicó el docente.
Mientras la elite universitaria se regocijaba por el logro de su ex miembro, en Harlem otros tantos miles cantaban, rezaban y se emocionaban por el histórico logro de su «hermano». A las 9.10 de la mañana, ya había 50 personas en fila afuera del histórico teatro Apollo en Harlem. Las entradas habían sido repartidas por la compañía Time Warner a través de una lotería on line. Cuando las puertas del teatro finalmente se abrieron, a las 10, ya no quedaba un solo asiento libre.
Encuentro
Cincuenta estudiantes de la Academia Frederick Douglass se juntaron en el teatro con su profesor de Historia, Rendell Armstrong.
«Ellos saben que se está por hacer historia,» dijo a Ámbito Financiero Armstrong. «La historia no es una cosa arcaica sino algo vivo, que respira, es honesto y real. Ellos están tan emocionados. Tan fascinados. Se sienten capaces de relacionarse con Barack Obama y su presidencia. Ellos se ven reflejados en Obama», explicó el profesor.
La euforia en el Apollo era única. La multitud abucheaba y cantaba «Na, na, na, na, hey, hey, hey, good bye» cada vez que se veían imágenes del presidente saliente George W. Bush y del ex vice Dick Cheney, y vivaban cada vez que el vicepresidente electo Joseph R. Biden Jr. u Obama aparecían en la pantalla gigante.
Todos se pusieron de pie y ovacionaron cuando el flamante Presidente juró por su cargo. Durante su discurso, en cambio, un silencio improbable en una sala colmada de gente se adueñó del espacio.
En tanto, el espíritu de las cerca de 1.000 personas que asistieron a la ceremonia en las dos pantallas gigantes emplazadas en el emblemático Rockefeller Center era menos eufórico que en las otras dos locaciones.
La multitud era diversa y plural -blancos, negros, latinos y asiáticos- y aun así había un sentimiento casi eclesiástico en la plaza. En vez de sacar fotos con sus celulares, la gente estaba en silencio.
Un silencio que sólo se interrumpía por el sonido de un aplauso sólido aunque intermitente durante distintos momentos de la ceremonia inaugural.

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