VERBITSKY, HORACIO. Página/12. Una pena que confunda el columnista su rol de vocero oficial con el de analista político, porque en la entrega de ayer brinda un muy ajustado repaso de las posiciones de las fuerzas electorales que se frustra por su intención de hacer proselitismo en la interpretación. Atina cuando describe las conductas de los Kirchner y la oposición en la disputa del resultado electoral del 28 de junio, pero se desbarranca cuando acude a esa fantasía del «agropower» como fuerza política. Verbitsky insiste desde hace tiempo en que el adversario del Gobierno es el sector del campo que se vale de los partidos políticos de la oposición para ganarle u$s 4.500 millones en retenciones al Estado.
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Esta insostenible hipótesis se nutre de prejuicios sobre la conducta de los protagonistas. Castiga con justicia a Duhalde, pero no le reconoce -en favor de su kirchnerismo- que es el inspirador ideológico de todas las realizaciones de los gobiernos Kirchner, empezando por el no pago de la deuda, siguiendo por el ruinoso sistema fiscal que creó las retenciones a las exportaciones con un argumento que es bueno no olvidar: «Deben poner la plata porque la tienen», respondió el ex presidente Duhalde cuando le preguntaron sobre las retenciones del 20%, usando el mismo argumento de los apropiadores de lo ajeno.
Según estas quimeras interpretativas, el «agropower» se esconde detrás de los candidatos opositores con el propósito de desplazar al actual Gobierno. Que se vaya el Gobierno es la finalidad de todo opositor; ¿debería inhibirse la oposición criolla sólo para complacerlo a Verbitsky? Y ahí viene la demonización de la política atribuyéndole seguir el mandato del «agropower»; la intención de todo ese conjunto es reemplazar la fantasía de reindustrialización con pleno empleo del kirchnerismo» (sic) por un modelo agroexportador alentado por los ingenieros genéticos de la supersoja. Parece un cuento de la colección Nébula, ciencia o política ficción que no explica más que deseos personales y que no tiene ningún correlato con la realidad, al menos según lo entienden Cristina y Néstor Kirchner (empresarios del área servicios en sus emprendimientos individuales), Daniel Scioli, Juan Mussi, Baldomero Álvarez, Julio Pereyra, Graciela Camaño o José María Díaz Bancalari, para nombrar a algunos de los espadones del oficialismo.
Se cuida el columnista de consolar a sus mandantes por si estas elucubraciones no fueran acertadas, y lo hace sin piedad cuando afirma que a Cristina de Kirchner «nada le garantiza un devenir más plácido que el que le aguardó» a Raúl Alfonsín (y no se refiere a su fallecimiento, sino al final de su administración). Parece Verbitsky realista cuando describe qué se juega, bancas y porcentajes de votos, aunque se dispara en el pie cuando insiste en que se trata, como dice Kirchner, de un plebiscito, algo que después de todo es una metáfora. También cuando admite que el oficialismo en el Congreso ya casi no sesiona porque se le han ido tantos legisladores que no logra controlar lo que allí se diga o haga. Debería explicarse desde el Gobierno por qué ocurre esto, si porque se equivocan los legisladores, o el público, o porque se gobierna mal y el Congreso es un lugar para discutirlo.
Es hiriente cuando disminuye a Gabriela Michetti llamándola «la mejor alumna del cardenal Jorge Bergoglio» e incurre en el humor este columnista cuando acude como tabla de mareas para las próximas elecciones a una página del encuestador Artemio López y pone como principal problema que fue hackeada por un activista de PRO como si en esos entuertos se decidiese algo importante.
VAN DER KOOY, EDUARDO. Clarín. Poco usual en panoramas con alto análisis político, como
el que se espera de estos artículos dominicales, la saña que aplica el columnista para tratar la decisión del Gobierno de mandar como candidatos a diputados y concejales a gobernadores e intendentes. En pocos párrafos agota el campo semántico del escarnio: Kirchner es «un hombre desesperado que está actuando con desesperación» y «revolea trompadas como el boxeador que empieza a sentirse con piernas de algodón y teme desmoronarse en la lona». Lo llama «enceguecido» y lo acusa de que «ha terminado convirtiendo a Cristina, su mujer, en una mascarita en vez de la cara visible del Gobierno y de la autoridad».
El resto es materia conocida, la situación de las fuerzas en los principales distritos. Aporta un ángulo interesante cuando analiza las consecuencias que puede tener para Daniel Scioli el resultado electoral. ¿No perjudicará al Gobierno mucho más una derrota con el gobernador como candidato a diputado? Otra: ¿tolerará Néstor Kirchner un triunfo de Scioli en la provincia que lo exalte como candidato a la presidencia en 2011, cargo que él todavía se reserva para sí?
El proyecto de candidaturas publicitarias le resulta al columnista algo parecido a una «defraudación ética y moral» pero le reprocha lo mismo a Gabriela Michetti, quizás con la intención de empatar las críticas. Que un político que tenga un cargo electivo se postule a otro cargo superior o en otro distrito es algo común en todo el mundo, en donde diputados buscan ser senadores, senadores quieren ser gobernadores o gobernadores quieren ser presidentes. La novedad del ardid kirchnerista es que hay funcionarios electivos que se postulan a cargos menores y subordinados a los que hoy ostentan, como es el caso de un gobernador que busque ser diputado o un intendente ser concejal. Eso, claro, no está prohibido en ningún lado, pero tampoco está escrito que los gobiernos deban ser buenos pero eso no les impide intentarlo; por lo menos.
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