Comentarios políticos del fin de semana

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- Van der Kooy, Eduardo. Clarín. Con premura el columnista sepulta la era de los Kirchner tras el fracaso que sufrieron la semana pasada en el Congreso. Pero recuerda que a pesar de todo no aparecen todavía indicios «ni en el oficialismo y en la oposición» sobre cómo será la transición hacia un nuevo ciclo político.

De ahí que Van der Kooy asimile el tiempo que viene más a un escenario como el que se vivió con la sucesión de Eduardo Duhalde que en las transiciones anteriores. Los parecidos están a la vista: hoy la Argentina no parece estar al borde de una crisis económica, como sucedió tras la salida de Fernando de la Rúa o la transición que le tocó vivir a Raúl Alfonsín, aunque si enfrentando crisis graves en lo social o en problemas que los Kirchner no pudieron solucionar en sus seis años y medio de mandato, como la falta de inversiones o la desaparición del crédito.

Pero aparece en el horizonte un elemento que podría complicar esa situación: la obsesión de Néstor Kirchner por mantener el poder y la poca muñeca política que demostró en los últimos días podrían profundizar los errores que cometió en los últimos tiempos.

El análisis es más que conocido ya y sólo se justifica como actualización de la situación de los Kirchner tras el show que la oposición consiguió montar en Diputados el miércoles pasado. Tan conocido como la diferencia, que remarca también Van der Kooy, entre el Kirchner presidente, más negociador, intuitivo con el humor social y rápido de reflejos, del Kirchner marido de la presidente de la Nación, siempre agresivo, presionando y tensionando a la opinión pública y poniendo en riesgo la estabilidad del Gobierno de su esposa. Esa hiperactividad irritante del ex presidente fue la que llevó a Elisa Carrió en algún momento a emitir una de sus frases más celebres: «Si no fueran un matrimonio yo pensaría que él conspira contra ella».

Del Kirchner que dejó el mandato con niveles altos de aceptación popular al actual que mide menos que cualquiera de sus adversarios no pasaron más de dos años. Son los que lo dejaron, como resalta el columnista de Clarín, con la sola compañía de Luis DElía, Hugo Moyano, Guillermo Moreno y algunos barones del conurbano; el resto del PJ aliado ya mira de lejos para otear en que momento acercarse a la foto y cuando borrarse.

En ese pantallazo de la merma de poder del ex presidente, Van der Kooy incluye las peleas con la prensa (aunque no es seguro que este rubro sea de los que más esmerilado al ex presidente) y los reclamos actuales de todos los sectores industriales.

Es difícil precisar si eso alcanza para dar por terminada la era Kirchner, pero si es cierto que el ex presidente acumuló demasiados errores que por ahora la oposición pudo capitalizar en una sesión, quizás la más importante del año, donde reflejó el resultado de las elecciones. Será difícil que esa performance se repita en lo inmediato: la oposición sólo se unirá de esa forma ante otra arbitrariedad manifiesta que los Kirchner quieran hacer pasar por el Congreso. En lo demás el Gobierno tiene ahora tres meses para comenzar a tejer alianzas, tarea que no debería hacer el ex presidente, si se toma en cuenta la poca pericia que demostró en sus primeras horas en el Congreso.

- MORALES SOLÁ, JOAQUÍN. La Nación. Con estilo preguntón, como es habitual en sus columnas, este cronista repasa el resultado de la sesión de la semana pasada en Diputados, sin aportar demasiadas sorpresas en su análisis. Dice que a Néstor Kirchner «los trajines de la democracia no le sientan bien» y que desconoce la práctica del consenso. «¿Cuánto más disimulada habría sido esa derrota si Kirchner hubiera aceptado los acuerdos sin pataletas previas?», reflexiona el periodista, que habla de una «probable implosión» del kirchnerismo. Considera que «Kirchner se hizo cargo de hecho de la Jefatura de Gabinete y del Ministerio de Economía, y convirtió a sus titulares en simples voceros de sus decisiones», que le temen a su alrededor y por eso le mienten para no ser castigados por portadores de malas noticias. Luego, tal vez exagera al sostener que «ideología y política, y no la compraventa de votos, marcarán ahora el ritmo del Congreso», al punto que asegura que Kirchner ahora «sólo cuenta con el aparato soviético de algunos barones del conurbano que llenan colectivos a cambio de subsidios» y que ha perdido también las comisiones de Diputados.

Le arroga la victoria al acuerdo opositor de Elisa Carrió, Oscar Aguad y Felipe Solá. Incursiona en la interna radical y dice que Carrió y el radicalismo tienen «una relación difícil», lo que no aporta novedad alguna, pero le confiere a Ernesto Sanz el poder de componedor y a la vez como el encargado de mantener el Acuerdo Cívico y «desalentar a Julio Cobos de cualquier proyecto electoral junto con peronistas».

Finalmente Morales Solá vaticina que «es probable que Kirchner vuelva muy pocas veces al recinto de la Cámara de Diputados» ya que el jueves «estaba visiblemente incómodo, rodeado sólo por los incondicionales», y que «piensa en cooptar, obstaculizar y maniatar a la oposición». Dice que sólo los kirchneristas que están «en la primera línea de fuego tocan otra melodía», y confían en el diálogo, capacidad que atribuye al presidente provisional del Senado, José Pampuro, y al titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner.

El cronista duda sobre si será posible que la oposición salga a buscar alianzas con goberpara ampliarles a las provincias la coparticipación del impuesto al cheque. Y se responde a sí mismo que «lo es en la medida que comience a suceder lo que le sucede a cualquier liderazgo peronista derrotado: la implosión del kirchnerismo».

Remata con que «los gobernadores son una cuestión aparte, porque dependen obsesivamente de los recursos que Kirchner controla. Pero ni legisladores ni intendentes kirchneristas soportarán durante mucho tiempo la desoladora imagen del jueves, cuando se sorprendieron capitulando sin condiciones».

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