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Comentarios políticos del fin de semana
Mario Vargas Llosa
Esta tensión Cristina-Scioli desnuda las diferencias en el gabinete kirchnerista. El secretario de legal y técnica, Carlos Zannini, salió fortalecido al diagramar el esquema de colectoras en el despacho presidencial. El ministro de Planificación, Julio De Vido, quedó mal parado luego de prometerles a los intendentes del conurbano que no se preocuparan por las listas de adhesión. El resultado fue el ascenso de Martín Sabbatella, quien será colectora de Cristina y rechaza las presiones del PJ de la provincia de Buenos Aires para incluir peronistas en las listas de candidatos a legisladores. Para colmo, recibió el apoyo de otra ministra, Nilda Garré, enfrentada con el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, espada del peronismo bonaerense.
Scioli, mientras tanto, hace gala de su capacidad de negación. No se hace cargo de las críticas kirchneristas por su política de seguridad y vuelca cada vez más policías a las calles. Pero Cristina no cede. A la incómoda presencia de Sabbatella en Buenos Aires sumó la semana pasada el lanzamiento estelar en el Luna Park del ministro de Agricultura, Julián Domínguez, «un dirigente de Buenos Aires (Chacabuco), con llegada en su juventud a los sectores conservadores de la Iglesia, que hizo carrera alrededor de Eduardo Duhalde».
Parte de ese instinto por el pragmatismo político en cualquier distrito y en cualquier momento explica en parte el avance del Gobierno frente a los sectores antikirchneristas. Al decir del columnista, «el kirchnerismo ha transado con Carlos Menem, Ramón Saadi, Alberto Kohan, José Luis Manzano y Roberto Dromi, entre tantos. La oposición se desangra, en cambio, con la intransigencia de Ricardo Alfonsín, de Elisa Carrió o de Pino Solanas para establecer acuerdos».
El premio a Domínguez, quien mantiene anestesiado el conflicto con el campo, sería también una señal de alarma para ministros como Florencio Randazzo o intendentes como Sergio Mazza, quien todavía mantiene alguna esperanza electoral en relación con la gobernación o, al menos, la vicegobernación del oficialismo.
Todo el descalabro político del kirchnerismo es posible sólo gracias a la atomización opositora que no permite amenazar las estrategias de la Casa Rosada. Mauricio Macri duda, el Peronismo Federal se desintegra y Ricardo Alfonsín no logra cerrar un frente progresista.
MORALES SOLÁ, JOAQUÍN. La Nación. Arranca el cronista abusando como nunca de su estilo preguntón ya en el título de su análisis: ¿El final del modelo kirchnerista? Para responderse esa duda emprende con el ciego rechazo del kirchnerismo a Mario Vargas Llosa. Ni la liber-tad para expresarse es compatible con un Estado que esconde más que lo que muestra ni las columnas del canonizado modelo están ya en pie, afirma. Acepta que Cris-tina de Kirchner esté me-jor que nunca en las encuestas y dice que de to-dos modos su Gobierno está dejando atrás muchas de las políticas ins-tauradas durante la administración de su marido. Como ejemplo pone el discurso del ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, donde confundió la justicia con la libertad o, dicho de otro modo, consideró saldada la libertad en tanto exista la justicia social y que en esa confusión no hay contradicción entre los dos Kirchner como que esa supuesta incompatibilidad entre dos conceptos esenciales para las personas acompaña al peronismo desde que el peronismo existe. Agrega que otra aceptación implícita de realidades negadas fue la fijación del techo del aumento salarial de este año en un 24%, que implica que el INDEC dice cualquier cosa menos la verdad.
Néstor Kirchner solía decir que su vic-torioso modelo se asentaba en cinco columnas inmodificables: superávit fiscal, superávit de la balanza comercial, tipo de cambio competitivo, inflación baja y desen-deudamiento, sostiene el redactor y dice que va quedando muy poco de todo eso;
la mejor prueba de que la economía está dando síntomas de alerta desde hace mu-cho tiempo es que durante el período de Cristina de Kirchner se fugaron del país 60.000 millones de dólares, según una medición del economista del PRO Carlos Melconian. Así llega el columnista a las medidas del Gobierno con las empresas que le pidieron préstamos al antiguo sistema privado de seguridad y ahora le de-ben al Estado kirchnerista. Más directores estatales no significarán más poder de decisión en las empresas, pero sí más po-der de presión para que las utilidades no se deriven a la inversión, sino al financiamiento de un Estado deficitario, sostiene, y afirma que ése es el objetivo, más allá de las provocaciones que formuló uno de los cofrades de La Cámpora, Axel Ki-cillof, que motivó el escándalo entre el
Gobierno y la empresa Techint, adonde quiere recalar el joven kirchnerista. Habla del tipo de cambio y de la inflación y entonces deduce comprensible que los gendarmes del kirchnerismo hayan llegado a practicar hasta el macartismo para tapar las grietas del modelo. La arrogancia aduanera de Moreno, la presión sobre las empresas privadas y la censura explícita a los economistas bosquejan otro modelo, económico y político. Lo están construyendo a los tumbos, porque ni ellos saben hacia dónde van, finaliza.

