- ámbito
- Edición Impresa
Comienza ahora un arduo renacer
Más allá de la capacidad de resistencia, la vida no puede ser fácil de soportar cuando la posibilidad de quedar enterrado vivo es mucho más que una fantasía pasajera.
En el imaginario popular, los espacios subterráneos ejercen una combinación de atracción y repulsión. Evocan imágenes de refugios protectores y las de su opuesto; imágenes de enclaves misteriosos y amenazantes de los cuales uno desea escapar. Las cuevas son referencias inconscientes al cuerpo de la madre, más precisamente, al útero. Los humanos alcanzan el desarrollo pleno cuando dejan ese cuarto cálido y acogedor. Sigue un lento proceso de diferenciación, separación e individuación. Durante el sueño, uno tiene la oportunidad de recrear aproximaciones a aquel capullo perdido. En las manos de Morfeo, el soñador restaura aquel estado bendito, para residir -aunque sea durante unas pocas horas- en el recinto protegido de la cueva materna.
Pero, ¿qué pasa si uno no puede despertar, es decir, renacer a la mañana siguiente para ver la luz de un nuevo día? ¿Qué pasa cuando no existe la perspectiva de liberarse de una protección tan imponente y opresora? ¿Habría que inducir el nacimiento?
Bajo semejantes condiciones, el útero /la cueva/ el claustro, desprovisto de carteles de SALIDA en el sitio, se convierte en un captor que podría generar ataques de pánico y una forma extrema de ansiedad llamada «ansiedad de aniquilación». Si el canal del parto (el conducto y la cápsula) se ve obstruido, el temor a permanecer para siempre en el hueco sofocante que restringe el movimiento redirigiría la ansiedad hacia el espacio, y la claustrofobia podría legar a dominar el perfil psicológico.
La mina es la fuente de ingresos de aquellos 33 trabajadores valientes y templados, pero también es el sitio de una de las experiencias más aterradoras imaginables para el ser humano. Se podría prever que la mayoría de los 33 mineros chilenos desarrollarían síntomas perturbadores asociados con trastornos de estrés postraumático. Algunos podrían salvarse de ello.
Aunque podría llevar mucho tiempo evaluar las secuelas psicológicas que manifestarían los 33 hombres en el largo plazo, existen estudios pertinentes que sugieren que entre los sobrevivientes de las experiencias traumáticas, hay un grupo que, contra todo pronóstico, desafía las expectativas. Estos son individuos cuyo grado de resistencia, al menos en un nivel manifiesto, es sumamente alto. Se sabe que varios sobrevivientes de campos de concentración llegaron a tener éxito personal o financiero más tarde. Podría ser demasiado temprano para predecir lo que les deparará el destino a estos 33. Luego de que terminen los festejos y el revuelvo mediático, y cuando ya no se necesiten anteojos de sol para encarar el resplandor de la realidad, podrían emerger olas de angustia que reaviven las heridas.
Además, hay que tener en cuenta que los familiares, amigos y compañeros de trabajo, quienes se congregaron tan pacientemente para esperar en la superficie frente a la entrada de la mina condenada, tampoco son inmunes a los efectos del trauma sufrido bajo tierra por sus seres queridos. El desgaste por empatía es un fenómeno muy conocido que afecta a todos aquellos que tienen algún tipo de relación estrecha con individuos que han sufrido un trauma.
El noticiero de la noche informó que los mineros pidieron esperar hasta que se rescatara al último hombre, para poder ser transferidos juntos al hospital local. Luego de 69 días juntos, parecían haber soldado lazos que podrían durar toda la vida. Entrar solos a la cápsula que los llevaría a la superficie puede ser traumático en sí mismo, como una separación abrupta de la cueva materna. Durante 69 días, aquellos hombres debieron haber recurrido al grupo por apoyo emocional. Por fin ha llegado el día en que cada uno deberá enfrentar solo su renacimiento, y el deseo intenso de ver la luz.
(*) Profesor asociado del Programa de Psicoterapia y Psicoanálisis de New York University. (Especial para Buenos Aires Herald)

