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Cómo hacer reír con una carnicería verbal
La obra de Yasmina Reza (un descenso a los infiernos no muy profundo, pero de impecable factura), tiene excelentes actuaciones de María Onetto, Gabriel Goity, Fernán Mirás y, sobre todo, Florencia Peña.
El éxito de esta pieza, ya estrenada en Nueva York, Madrid, París y otras capitales del mundo, depende, sin duda, del histrionismo de sus actores y del ritmo y credibilidad que le imprima el director a una historia que si bien abunda en incidentes desagradables, logra hacer reír al público de principio a fin.
La puesta de Javier Daulte cumple ampliamente con estos requisitos. Entre otras cosas, ha creado -por debajo de los ingeniosos diálogos- un rico entramado de gestos y acciones que asegura el pleno lucimiento de sus cuatro intérpretes tanto individual como grupalmente.
El argumento es sencillo. Dos matrimonios intentan resolver amistosamente la pelea que protagonizaron sus hijos, en la que uno de ellos le rompió dos dientes al otro. Verónica (María Onetto) y Miguel (Gabriel Goity) son los padres de la «víctima». Ambos se muestran muy tolerantes, convidan café y strudel, mientras conversan animosamente sobre temas que «no le interesan a nadie», rodeados de libros de arte y muebles de buen diseño. Pero tanta es su insistencia en culpabilizar únicamente al hijo de Annie (Florencia Peña) y del abogado Alan (Fernán Mirás), que estos terminan perdiendo la paciencia y los buenos modales.
¿Se trató efectivamente de una típica pelea entre varones de once años? ¿El chico agredido desafió a su agresor? La autora no da respuesta a estos interrogantes. Al igual que en «Art» y en «Tres versiones de la vida», Yasmina Reza utiliza un incidente, relativamente nimio, como excusa argumental para que los personajes avancen en la trama en medio de una carnicería verbal de la que todos saldrán abatidos, humillados y sin ninguna esperanza de mejorar sus vidas. Lo que han descubierto de sí mismos es de una brutalidad espantosa («es el día más infeliz de mi vida», dirá cada uno a su turno), pero nada indica que vayan a capitalizar esta nefasta experiencia.
Más que obedecer a «Un dios salvaje», como pretende Alan -mientras organiza, vía celular, una turbia estrategia de defensa a favor de un laboratorio-, las conductas destructivas de estos cuatro adultos son producto de un egoísmo a ultranza y de una absoluta falta de ética y de valores espirituales.
La obra, sin embargo, está lejos de ser un reflejo de la decadencia de Occidente. Simplemente se contenta con hurgar en la hipocresía y banalidad de la clase media pudiente, mofándose de sus prejuicios y obsesiones más notorias (desde la crisis de autoridad en la crianza de los hijos hasta la adicción al celular).
La obra tiene una estructura espiralada, de impecable factura, que alterna situaciones incendiarias y de extrema tensión con otras en donde la angustia y el llanto histérico generan falsas complicidades. Los hombres hacen causa común, aliados en su misoginia, mientras se burlan de sus respectivas esposas. Ellas, por su parte, están completamente decepcionadas de sus maridos.
Onetto brinda una sólida actuación en el rol de intelectual muy segura de sus convicciones (hasta que una copita de más...). Goity despliega todo el encanto de un hombre cínico y sensual al que sólo parece importarle el éxito de su negocio y pasarla bien. Mirás, en el rol de abogado, tiene un personaje de menor atractivo, pero que luego adquiere mayor relevancia cuando alguien le «ahoga» literalmente su celular.
Todos están estupendos, pero la gran estrella de esta puesta es Peña. Cómica, imprevisible y dueña de una frescura tan arrolladora que uno se olvida de que está actuando. Los cuatro «se matan» en escena. El desparpajo y la promiscuidad de ciertos momentos recuerdan al gran clásico de Edward Albee, «Quién le teme a Virginia Woolf». Pero ésta sería, en todo caso, una versión «light» de aquella tragedia conyugal. Como travesía por los infiernos, no va mucho más allá de la superficie, pero aún así no deja de ser un viaje muy turbulento y divertido.


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