«Betty», el estupendo retrato de su hija a partir de una fotografía es una de las obras que mejor resume el trabajo de Gerhard Richter.
Rosario - Directamente al Centro Cultural del Parque España, sin pasar por Buenos Aires, llegó «Sinopsis», una muestra breve pero compacta y significativa del alemán Gerhard Richter. El artista, que hoy cotiza sus obras en millones de euros, ha conquistado en estas últimas décadas el escenario internacional, desde la última Documenta, hasta el Museo de Arte Moderno de Nueva York, pasando por la bienal de Venecia, que le otorgó el León de Oro en 1997.
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Richter nació en 1932 en Dresden, ciudad que es una auténtica escuela para la mirada, colmada de museos con las obras que atesoró el emperador Augusto, fervoroso coleccionista que supo rodearse de bellísimas pinturas renacentistas y barrocas, de Rafael, Tiziano, Veronese, Correggio y Giorgione, además de imponentes obras holandesas y flamencas de Rembrandt, Vermeer, Rubens y Van Dyck. Ritcher estudió allí hasta 1956 y vio perder a Dresden varias joyas de la arquitectura barroca. Fue testigo de los feroces bombardeos que padeció la ciudad poco antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial, pero convivió con las magníficas obras del siglo XX y la antigüedad que alberga todavía.
En 1961 se trasladó a Düsseldorf, cambió sus ideas políticas y también el estilo de su arte, ya que al conocer el expresionismo abstracto y el Pop, pasó del Realismo socialista a lo que irónicamente denominaba con su amigo Sigmar Polke, como «Realismo capitalista». A pesar de su humor, Richter acarrea una densa historia sobre sus hombros, que aligeró en 1977, cuando cumplió una condena en la prisión Stammheim, y en 1997, cuando pintó «Negro, Rojo, Dorado», una obra abstracta para el Reichstag de Berlín. En la actualidad reside en Colonia y está considerado, junto a Polke, Georg Baselitz y Anselm Kiefer, uno de los mejores artistas de Alemania.
El interés que suscita la muestra actual, más allá de los aspectos históricos de la carrera de Ritcher, consiste en sus cuestionamientos a la pintura, en el particular uso que hace de la fotografía, y en el modo de combinar ambas disciplinas a la vez, temas que están bien representados en la exhibición, y que hoy ocupan un lugar privilegiado en las agendas de las nuevas generaciones.
La exhibición comienza con «Sinopsis» de 1998, un gráfico conceptual donde el artista señala personajes de la historia de la pintura, la escultura, la arquitectura, la música y el pensamiento. Los nombres comienzan, entre otros, con Fra Angélico y al llegar a la actualidad se incluye a sí mismo. Es decir, el artista se presenta en medio del contexto cultural al cual pertenece.
Ritcher inicia en 1962 sus series de «pinturas fotográficas», y desde esa fecha colecciona imágenes que no necesariamente fueron tomadas por él, como retratos familiares, paisajes y tomas periodísticas que configuran el punto de partida de sus pinturas. Si bien las obras de la exposición datan de la década del 90, salvo por una colorida pintura del neoexpresionismo abstracto que se remonta a 1977, hay imágenes que parecen provenir de un pasado lejano, efecto logrado al barrer este material fotográfico y borrar la nitidez. «El motivo de la pintura se percibe vagamente: Richter reduce los colores -en el pasaje de la foto a la pintura- a matices grises. Más tarde el artista vuelve al color y en los años 80 se reencuentra con una compleja pintura de capas en sus obras abstractas», aclara Dieter Schwarz en el texto del catálogo.
En la línea figurativa presenta el retrato del «Tío Rudi», el hermano de su madre que cayó en el frente en 1944. Se trata de la fotografía de un familiar que el artista tomó como base de una pintura donde manipula la imagen hasta lograr el aspecto borroso de un recuerdo que se esfuma. En muchas de sus pinturas abstractas, a veces de colores vibrantes y en ocasiones monocromáticas, el artista parece barrer la pintura con una espátula, y las huellas se perciben como metáforas del olvido y del transcurso del tiempo.
Con la mayor ductilidad Richter pasa de la abstracción absoluta a la figuración minuciosa. El estupendo retrato de su hija Betty es una obra muy conocida que resume en gran medida su trabajo. A partir de una fotografía, pinta a la joven que aparece vestida con un llamativo conjunto deportivo de flores rojas, con su torso de perfil y apoyada sobre un brazo. Pero Betty, con un gesto espontáneo ha dado vuelta su cabeza y mira hacia atrás, de modo que su rostro queda oculto y el espectador sólo descubre su sedoso pelo rubio recogido en la nuca. El artista elude de este modo el canon del retrato clásico, y le brinda a la elaborada pintura, tan luminosa como un Vermeer, la frescura de una instantánea.
Sin embargo, para la verdadera obra, Richter elige volver al soporte tecnológico, y presenta la fotografía de la pintura. Este procedimiento se reitera en «Orquídea», una naturaleza muerta con flores blancas, cuya imagen registra los rastros del pincel sobre la tela. El estilo romántico de estas obras recuerda al famoso retrato que pintó de su hija con el rostro reclinado, el mismo que la rosarina Nicola Costantino tomó como modelo para imitar el gesto y autorretratarse. Cabe aclarar que el exitoso artista brasileño Vik Muñiz, tomó a Betty como modelo y reprodujo en gran formato la imagen que hoy se expone en su muestra antológica del Museo de Bellas Artes de San Pablo.
Por otra parte, en una exhibición donde las cuestiones sensibles están sabiamente balanceadas con las conceptuales, Richter le dedica la mayor concentración al estudio de la pintura como materia, a las características y las formas que genera el empaste sobre la tela o la paleta, que son el motivo de 128 fotografías que una vez reunidas configuran un gran mural. También en el territorio de la abstracción el alemán presenta dos rombos donde fotografía la pintura, esta vez densa y voluptuosa con sus colores radiantes, ostenta el decorativismo de lo sublime banal, de la belleza por la belleza en sí misma, carente de cualquier contenido.
La producción de Richter, tan amplia que va desde la más clásica figuración a las desconcertantes fotografías pintadas, resulta inclasificable. «Yo no persigo ninguna intención, ningún sistema, ninguna dirección. No tengo programa, ni estilo, ni deseo», aseguró el artista, en los inicios de su carrera. Pero sin duda, desde entonces aprendió a sacar partido de un sutil romanticismo y cierta anacrónica dedicación al oficio del pintor.
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