Con Lady Gaga, lo único que importa es el espectáculo

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«Born This Way Ball World Tour». Lady Gaga. Con B.

Parsons (teclados), R. Tillo, T. Stewart (guitarras), S. McCurdy (batería) y K. Brantley (dir. musical, bajo, teclado). Soportes: The Darkness y Lady Starlight. (Estadio River)



Para quienes la conocen muy tangencialmente y apenas han sabido de ella por sus excentricidades públicas (con el pico en aquella aparición ataviada con un vestido de carne), Lady Gaga es un mamarracho, un puro producto de marketing, uno de esos nombres que durará hasta el surgimiento de un nuevo fenómeno. Estupidez, música pasatista y espectáculo para niños, carnaval insoportable y hasta cosas peores dirán los más intensos.

Para quienes la aman -que indudablemente son muchos, también en la Argentina-, la neoyorquina de 26 años es una cantante divertida, original, que sabe sacar provecho de la tecnología y de los recursos de la comunicación, que los representa con su mensaje en pos de la igualdad y contra la discriminación. Además, la describen como quien ha venido a renovar el pop, reformulando la obra de una Madonna ya madura y, por tanto, menos atractiva para los jovencitos, y de una Britney Spears que evidentemente no los atrae de igual modo.

Con esos altos grados de emoción y de afectividad puestos en el análisis, es muy complicado intentar un punto de equilibrio. Pero valgan la descripción y algunos pequeños aportes personales. En lo formal, lo de Lady Gaga en River fue impecable; y tuvo una similitud casi milimétrica respecto a lo sucedido en otros puntos de la gira, más allá de su referencia a la yerba mate que le arrojaron como regalo («¿esto se fuma?») o de que se pusiera la camiseta de la selección. Si Madonna y Michael Jackson fueron los verdaderos creadores de este modo de reconsiderar el pop y llevarlo a los escenarios con toda la parafernalia en el asador, Lady Gaga refuerza ese pasado reciente y no deja recurso sin utilizar.

Podemos decir que su particularidad está en el despliegue de trajes locos y llamativos (muchos), en sus máscaras, en sus escenografías fantasmagóricas, en un discurso «open mind» para adolescentes, en su demagogia sobre el público de cada lugar que visita. Lo demás, es la multiplicación de otros aspectos bien conocidos que cualquier persona acostumbrada a este tipo de situaciones podría decir sin equivocarse «esto ya lo ví».

Algo similar puede decirse respecto de las canciones, que volvieron sobre la lista de la gira con temas de sus tres álbumes. Son piezas de estribillos pegadizos, bien tocadas y aceptablemente bien cantadas que, aunque algunas estén en nuestra memoria y podamos corearlas aun sin saber que son de ella, difícilmente queden como un aporte para las generaciones futuras. Suenan «Bad Romance», «Pocker Face», Telephone», «Born This Way», «Just Dance», «Alejandro», Paparazzi»0, etc: y la cancha se transforma en un coro imponente. Lady Gaga se mueve y baila y canta (y a ratos deja en evidencia el playback). La acompaña un grupo de bailarines, algunos de los cuales casi sobreactúan su amaneramiento. A ella le gusta ese juego andrógino (¿otra vez la referencia a Madonna?), mezclado, algo snob, y lo explota. Jovencitos de ambos sexos, niños acompañados por sus madres, mucho disfraz de fiesta de egresados de escuela primaria. v Vendedores de merchandising, gritos agudos (agudísimos) que acompañan las canciones.

Fiesta incontrolable para un público de 45000 personas que, en algunos casos, parece estar debutando en esto de asistir a shows en vivo. Lady Gaga pasó por Buenos Aires para empezar a cerrar un año en el que sobreabundaron las figuras internacionales. Y pronto llega Madonna.

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