19 de agosto 2009 - 00:00

“Contrapunto” que imita al cine, y falla

Pepe Soriano y Leonardo Sbaraglia sólo cumplen con las exigencias físicas a las que los obliga una puesta en donde los dispositivos escénicos terminan teniendo más protagonismo que las actuaciones.
Pepe Soriano y Leonardo Sbaraglia sólo cumplen con las exigencias físicas a las que los obliga una puesta en donde los dispositivos escénicos terminan teniendo más protagonismo que las actuaciones.
«Contrapunto» de A.Shaffer. Dir.: A.Alezzo. Int.: P. Soriano, L.Sbaraglia, F.Volpini. Esc.: A.Negrín. Vest.: M. Albertinazzi. Dis.de luces: Ch.Monti. (Multiteatro).

A cambio de estampar su firma en los papeles de divorcio, Andrew Wyke -un famoso escritor de novelas policiales- consigue involucrar al amante de su mujer en un retorcido plan que supuestamente los beneficiará a todos. En realidad se trata de un ardid para humillar a su rival.

Milo Tindle es un actor desocupado, hijo de un inmigrante italiano de origen judío, que prefiere la televisión a la literatura. Su juventud y atractivo físico irritan a Wyke pero a la vez lo seducen. La disputa entre ambos tiene que ver con una mujer pero también con prejuicios raciales y resentimientos clasistas.

La pieza de Anthony Shaffer que ya cuenta con dos versiones cinematográficas (la última protagonizada por Michael Caine y Jude Law) se presenta como un juego de engaños, trampas y mascaradas que no conviene anticipar. Sólo diremos que el encantador Tindle devuelve con creces la humillación recibida para embarcarse en un duelo a muerte.

Llevar a escena un thriller es una empresa de alto riesgo e incluso temeraria si se pretende emular el realismo del cine en desmedro del lenguaje teatral. Y esto es lo que ocurre, en buena medida, con la puesta de Agustín Alezzo en donde los dispositivos escénicos terminan teniendo más protagonismo que la labor actoral.

El prometido «contrapunto» que debería envolver a los protagonistas (más allá de las trampas y sobresaltos que se prodigan uno al otro) se reduce a tres «matchs» dominados por una abrumadora batería de efectos especiales, cambios de apariencia y dispositivos secretos en medio de una escenografía muy barroca. Lejos de relacionarse con el espacio, los actores van de un punto a otro activando trampas y artificios. Hasta las balas de fogueo parecen un truco de kermesse.

Tanto Pepe Soriano como Leonardo Sbaraglia cumplen con las exigencias físicas que les demandan sus roles, pero no le aportan densidad psicológica. La ambigüedad sexual que se adivina en este duelo de egos, de mentes brillantes entregadas a una rivalidad machista que reivindica la ley de la selva se diluye en peripecias superficiales. Ese juego del gato y el ratón que ambos deberían encarnar (primero por celos, envidia y diferencias de clase y luego por razones algo más enigmáticas) carece de tensión al no contar con un soporte dramático que rescate el lado perverso del escritor (junto a su vanidad y sofisticación) y la insolencia canalla del joven.

Sin estos ingredientes la pieza va perdiendo eficacia dejando al espectador indiferente a las triquiñuelas de estos dos jugadores que pese a sus «maldades», enojos y bravuconadas no lograr inquietar a la platea.

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