Las paredes de la sala de reuniones con vista a la plataforma de arribo de vuelos de cabotaje está tapizada de organigramas, restan completar los nombres en algunos cuadritos, esas posiciones son parte de la negociación con los gremios del sector que pugnan por espacios de poder interno. El recurso humano más sensible del sistema son los controladores de tránsito aéreo, es el nervio que preocupa, un conflicto gremial deja a cualquier país colapsado. Hay ejemplos históricos como el que soportó el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, quien debió recurrir a las Fuerzas Armadas para mitigar el lock out de los controladores. En dos oportunidades los sindicalistas locales mostraron los dientes: el 17 de marzo pasado, ATE copó el palco que instantes más tarde ocuparía la presidente Cristina de Kirchner con motivo de la inauguración de 10 consolas de control aéreo en el aeropuerto internacional de Córdoba, Ingeniero Tarrabella, no lo abandonaron sino hasta un arreglo de urgencia que se hizo in situ con la Secretaría de Transportes; más reciente, un Lear Jet que trasladaba a Ricardo Jaime en vísperas de las Pascuas, fue demorado casi cuatro horas por decisiones «técnicas» de los controladores, ese mismo recurso se aplicó semanas atrás a un vuelo de línea en el que casualmente también viajaba el secretario de Transportes. La Asociación de Controladores de Tránsito Aéreo (ACTA, entidad profesional no agremiada), la más combativa, fue punta de lanza en las presiones a Defensa para el traspaso de la actividad aerocomercial a la órbita civil, dice garantizar a todos los puestos bajo el régimen de contrato, ya sea directo (DGP Fuerza Aérea) o monotributo por prestación de servicios.
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