29 de diciembre 2009 - 00:00

Costantino reinterpreta el arte de ayer con guiños actuales

Nicola Costantino puede convertirse, como en esta foto, en la Ofelia muerta de los Prerrafaelistas y reiterpretar a la vez el estilo del fotógrafo Weegee, sin dejar nunca de ser ella misma.
Nicola Costantino puede convertirse, como en esta foto, en la Ofelia muerta de los Prerrafaelistas y reiterpretar a la vez el estilo del fotógrafo Weegee, sin dejar nunca de ser ella misma.
Los espacios alternativos para la exhibición de arte se multiplicaron en los últimos años, y algunos grandes hoteles se plegaron a la tendencia. Desde su inauguración, el Park Hyatt de Buenos Aires destinó un espacio amplio del subsuelo al Paseo de las Artes, donde hoy exhibe una muestra de la artista Nicola Costantino. La exposición, montada a fines de octubre para acompañar la Feria Buenos Aires Photo, se puede visitar (día y noche, dadas las características del lugar) hasta el final del verano. Se trata de un breve panorama de la artista rosarina, una veintena de imágenes fotográficas acompañadas por algunos objetos.

Poseedora de una trayectoria artística significativa con proyección internacional, Costantino recién inició su producción fotográfica en el año 2006. Para rastrear el origen de sus autorretratos hay que remontarse al año que vivió en Houston, cuando al promediar la década del noventa realizó su sofisticada Peletería con Piel Humana, unos abrigos con impresiones de tetillas, anos y ombligos. Entonces, frente a la necesidad de montar y además abaratar una performance, ella exhibió sus propios diseños, y se convirtió en glamorosa modelo.

Como una actriz consumada, y dueña de una versatilidad que le permite interpretar diversos prototipos psicológicos, Costantino se apropia y reinterpreta en «Crystal tears», after Man Ray, la obra del surrealista. En esta imagen de 2006 que abre la muestra actual, suplanta la modelo y, al igual que Man Ray, le adhiere a la foto que reitera el pequeño formato de la toma en blanco y negro, unas lágrimas de cristal. Pero hay un gesto de humor, en vez de pegar los cristales sobre el rostro, los pega directamente sobre la fotografía.

Es preciso destacar que, inspiradas en la historia del cine, la fotografía y también la pintura, las imágenes de Costantino se distinguen por el cuidadoso respeto a las convenciones y protocolos de cada uno de los géneros y estilos citados.

La artista se deja penetrar por identidades, situaciones y significados que le son ajenos, que pertenecen a las obras que se ha apropiado, sin embargo, se percibe la difícil rivalidad que establecen con su fuerte personalidad. Es decir, aunque se entrega a la pose y se mimetiza plenamente, Costantino no termina de desaparecer de las escenas que compone. Esta manera tan especial de estar presente en la piel de los más diversos personajes tiene estrecha relación con la fotogenia, ya que las fotos la favorecen, destacan la aptitud especial de su rostro de rasgos marcados y de inmediato reconocibles, con sus ojos enormes. Pero más allá de la cuestión corporal, su modo de respetar todos los atributos del otro y de ser a la vez ella misma, participa del proceso creativo que describe Rimbaud, cuando dice «Yo es el otro» y expresa el deseo de volverse «vidente». Con su actitud distanciada pero para nada contraria a la «larga, inmensa y racional locura de todos los sentidos» de Rimbaud, la artista se separa de las huestes de citacionistas que pueblan el arte actual.

Así logra entablar un diálogo con el espectador que gira alrededor de las obras que recrea. Porque además de ser otra, Costantino es ella misma, con todas sus fantasías sangrientas. «Inspirada en una bellísima escultura renacentista, imaginé La trilogía de la muerte de Nicola, donde estoy tres veces yo: la trabajadora, la glamorosa y la mala, que mata a las otras dos», observa la artista. Finalmente, «la mala» es el funesto personaje que reaparece triunfante en la foto de una cocina que se asemeja a un laboratorio.

Por otra parte, con asombrosa ductilidad, Costantino muestra la conmovedora humanidad de «Primeros pasos», de esa costurera que pintó Antonio Berni, ensimismada y melancólica con la cabeza apoyada sobre su mano, ajena al mundo que la rodea.

Con idéntica plasticidad, la artista logra ser la víctima seducida de Nosferatu con su cuello ensangrentado; se convierte en la Ofelia muerta de los Prerrafaelitas y reinterpreta, a la vez, el estilo del fotógrafo Weegee; y es la mujer que mira su rostro reflejado en las aguas, como Narciso, y que nos induce a reflexionar sobre ese espejo de mil facetas que es la fotografía. Luego, la imagen de la Madonna con el cerdo, si bien tiene el estilo de los «tableaux vivants», o cuadros vivientes, nos recuerda la «Virgen de las rocas» de Leonardo, y ostenta las cualidades de las obras «cumbre» que habitan los grandes museos.

Con su acentuada teatralidad, el trabajo de Costantino está cargado de resonancias y se puede ver como un tributo al pasado, pero el espectador encontrará algunos guiños y señales, que le permitirán descubrir la fuerza de la reinterpretación contemporánea, y los sagaces cuestionamientos a las pretensiones estéticas del ayer.

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