20 de mayo 2010 - 00:00

Crisis, cuando abunda la leña del árbol caído

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
¿Qué tan buena es la leña del árbol caído? Desde ya, es la más sencilla de recoger cuando se abate un temporal. En tiempos de crisis, no debe extrañar que abunde. De tal manera, en los últimos meses, cualquier lector de diarios trabó conocimiento con más información de Grecia que nunca (al menos desde sus años de la escuela secundaria). Un rasgo la distingue: toda descripción es sombría. No es sólo la atinente al núcleo del problema de endeudamiento. Parecería que la economía, la política, la sociedad, la moral imperante, no sólo funcionan mal, sino que son deplorables en sí mismas. La escasa afección al trabajo de los griegos es una postal negativa que dio la vuelta al mundo. ¿Será que los percances no sólo se padecen, sino que se merecen? ¿Son, acaso, un castigo de los dioses (que, como las fábulas de Esopo, vienen con moraleja)? Episodio tras episodio, no importan los sujetos, el esquema se repite. La lista es extensa. Grecia, Portugal, España son apenas las adiciones recientes. Nadie está a salvo del escarnio cuando tropieza. ¿Se justifica? ¿Es así la realidad o es el prisma con que se la mira? Es obvio que las vicisitudes penosas distorsionan el lente. Y, por lo visto, de la experiencia no se aprende. De manera análoga, el proceso espejo -que se alimenta de la bonanza y prosperidad excepcionales- es el caldo donde se cuecen las burbujas. No hay árbol más preciado que el que gana altura por sobre los demás y así promete tocar el cielo. No se le ven defectos. En ese altar, donde hasta hace poco se profesaba la fe de los inmuebles, hoy se adora al becerro de oro (es curioso, haciendo gala de las mismas razones profundas).

En el imaginario vigente, Asia es la gema del futuro. No es la primera vez que ocurre. Asia era un milagro declarado en los años noventa. La mayor fuente de crecimiento en el horizonte. Pero de poco le sirvió un futuro brillante cuando Tailandia encendió la mecha de la crisis del Sudeste en 2007. El contagio no respetó pergaminos. Corea del Sur, que acababa de ingresar al club de los países desarrollados (la OCDE), tuvo que ser rescatada de urgencia por la beneficencia pública internacional entre la Navidad y el Año Nuevo. Hong Kong -el mejor ejemplo de una economía de libre mercado (Milton Friedman, 1990)- debió intervenir contra la especulación de manera nada ortodoxa y comprar con las reservas de su autoridad monetaria una parte sustancial del capital accionario de las compañías cotizantes para frenar su derrumbe en Bolsa. Ni China escapó de la embestida. Créase o no, la apuesta en boga era que Pekín no lograría evitar lo inexorable: la fuerte depreciación del yuan renminbí (que ya había perdido un 10% de su valor en 1994). La crisis de Asia fue imprevista pero, con la velocidad del rayo, afloraron toneladas de fundamentos. Se comprendió, en un santiamén, que el capitalismo asiático -no cuestionado cuando exitoso- era, en rigor, una variedad de baja estofa: un sucio contubernio de amigos. Como tal, su agotamiento, aunque tardío, era un corolario lógico. Se descubrió, también de la noche a la mañana, que las instituciones dejaban mucho que desear. Hubo quien se desayunó con que la Indonesia de Suharto no era una democracia. Al legado de Confucio -un peso muerto según Max Weber; una influencia benéfica vital en la óptica previa a la crisis- se lo rotuló como una gravosa hipoteca. En definitiva, en plena tormenta, nadie daba cien ringitts por el horizonte de Asia. Y, sin embargo, ese futuro -que es el presente actual- es de nuevo objeto de ponderación. Aunque Asia no cambió mucho y, desde ya, no tocó su cultura (y ahora se le exige que aprecie el yuan). Sucede que las razones de la crisis eran otras; potentes pero acotadas. No se requiere acribillar a una persona para que desfallezca; con unos pocos disparos certeros alcanza para descarrilar una economía. Usualmente, las razones de una gran crisis no son grandes razones (ya lo decía Keynes de la Gran Depresión). Si el auto lo deja a uno en la calle, conviene primero revisar la batería, o el medidor de combustible, antes de condenar la moral de los fabricantes, declarar la falacia de los motores de combustión interna, o pedirles a los reguladores de tránsito el regreso de los carruajes a caballo.

Entender la crisis del momento requiere, pues, tomar la información que mana abundante con una pizca de sal. Razones que cotizan alto simplemente no son verdad (aunque pueden influir igual si contaminan las expectativas). Quizás convenga apuntar a uno de los emblemas actuales: qué tan poca contracción exhiben los griegos al trabajo (a diferencia, parece, de sus heroicos antepasados o de los que fueron bárbaros errantes y hoy constituyen una disciplinada mano de obra). Si se indagan las cifras -la OCDE las provee bajo una metodología homogénea-, se encontrará que los griegos dedicaron a sus labores 2.120 horas promedio por persona en 2008 (menos que en 2006 y 2007). Comparado con la media de los países desarrollados, es un 20% más. Los griegos no descuellan por su productividad, pero no son ociosos. Trabajan más horas que los británicos, los franceses, los suizos o los estadounidenses. Los españoles, que quién discute que saben disfrutar de la vida, empeñan 1.627 horas al año contra las 1.542 de Francia y las 1.421 de Alemania (que, junto con Noruega, ocupa el fondo de la tabla). Otro cliché reiterado: el retiro temprano. El régimen legal de Grecia es muy generoso, pero la jubilación anticipada -acordada con las empresas- dista de ser una rareza en Europa. La edad oficial mínima de retiro es de 58 años en Grecia y de 65 en Alemania. Pero la edad efectiva es de 62,4 años para los varones griegos (y 60,9 para las mujeres) versus los 62,1 años (y 61) que registra Alemania, o los 58,7 años (59,5) de Francia.

Estereotipos inexactos como éstos no causaron la crisis. Sólo la propagan. Tampoco impedirán que Grecia se hunda. Con la realidad que supo construir basta y sobra. Pero queda claro que el modelo griego de catástrofe no ajusta para nada cuando se lo quiere aplicar a Portugal o España. Y, sin embargo, ambos están bajo asedio. La crisis tiene un sutil hilo conductor, no una carretera de motivos. Allí es donde se debe trabajar. Que Europa reaccione -como lo hizo con el plan de estabilización y sus medidas satélites- es auspicioso. Aun con sus pasos en falso. Si hay que convencer a los que piensan que toda economía no es tal sin una pertinente moraleja, entonces, Europa debe echar mano a otra clásica contribución helénica: la fábula de la liebre y la tortuga de Esopo.