14 de octubre 2009 - 00:00

Crisis: un triunfo en silencio

No es lo más conveniente calificar la gestión de un banquero central por lo que sucede en un país en tiempos de expansión económica y de estabilidad financiera. Cuando se transitan etapas de crecimiento, en general a funcionarios de cualquier área les resulta sencillo colgarse de los éxitos generales del momento y vender como propios resultados que obedecen a un conjunto de causas anteriores o de dinámicas sociales que temporalmente los benefician y les permiten lucrar políticamente.

En el análisis de los mercados y de las causas de sus movimientos, cuando se evalúa la parte que le corresponde al Banco Central resulta clave mirar su comportamiento en tiempos de crisis. No importa si éstas se originan en hechos internacionales, si derivan de las oscilaciones globales en la valorización de los activos reales de la economía o si se desencadenaron como consecuencia de equivocaciones de diverso orden del poder político local.

En tales contextos, es enorme y complicada la tarea que debe desarrollar un banco central tanto en la prevención de parte de las crisis como en la atenuación de sus efectos cuando se despliegan sobre la economía general. Tan difícil es pilotearlas que no se puede determinar de antemano cuáles son las medidas adecuadas a implementar, y esto nuevamente con irrelevancia de las ideologías, porque no todas las resoluciones de política monetaria o de superintendencia bancaria producen necesariamente los mismos resultados sobre la economía en todo tiempo y lugar. Es así, seguramente, porque en definitiva el hombre común, el agente económico, lo que percibe son las sensaciones de fortaleza o de debilidad que le llegan por parte de quienes conducen el sector público y porque además las valoriza subjetivamente. Para los economistas matemáticos es duro admitirlo: un mismo estímulo aplicado en distintas situaciones produce muchas veces efectos distintos en la población y de acuerdo con circunstancias bastante imprevisibles de antemano.

Otro hecho de complicación es que un banco central puede operar sobre una parte de la política económica, no digita el gasto público ni los tributos ni las numerosas armas económicas de la administración central. Es autónomo y su presidente debe mantener un perfil bajo sin entrar en conflicto, público al menos, con otras áreas del Gobierno.

La deflación de activos que sufrió el mundo entero entre setiembre de 2007 y marzo de 2009 alcanzó profundidades de caída tan fuertes como en los años 1929-1932, pero a velocidad aún mayor que en esa etapa. Tesorerías y bancos centrales probaron de todo, una y otra vez, desde bajas de tasas de interés, ampliación exorbitante de redescuentos, compra de activos ilíquidos al sector financiero privado, restricciones en la operatividad de los mercados, gasto público expandido, créditos fiscales, regalo de dinero a la gente y hasta capitalización de bancos y entes financieros no bancarios con fondos públicos en cifras que carecen de todo precedente histórico. A lo largo de todo el proceso, se intentó desesperadamente infundir confianza para frenar la caída, pero desgraciadamente las medidas generaban más miedo y la tendencia empeoraba. Sólo en los últimos meses la situación se revirtió parcialmente con mejoras apreciables en mercados y todavía menos visibles en la economía real.

Hay un banco central en el mundo, sin embargo, que atacó desde un inicio las causas de la caída y trabajó sobre sus efectos como nunca antes se había hecho en el país alcanzando éxitos iniciales y duraderos en la tarea de reversión de la catástrofe. El Banco Central de la República Argentina logró eludir casi completamente desastres asegurados que en otros tiempos hubiesen golpeado al país sin posibilidad de recuperación en muchos años.

Lo esencial era justamente cómo infundir confianza y, para ello, lo que debía hacerse era mostrar claramente que se manejaba la situación. Que el BCRA la manejaba, y que lo hacía con independencia del poder político central, tanto cuando las señales eran negativas desde el extranjero como cuando los peligros de la política local podían derivar en las históricas y mortales corridas bancarias y cambiarias argentinas. En dos momentos del año 2008 frenó la presión sobre el tipo de cambio, evitando la desvalorización del peso frente a las divisas exactamente cuando más debilidad se ofrecía por razones políticas (mayo-junio 2008 por conflicto con el campo y octubre 2008 por caída financiera mundial). Ambos fueron momentos en que era de alta importancia que se percibiera fortaleza por parte de la autoridad, en el entendimiento de que posteriormente se podían corregir las supuestas inconveniencias de un tipo de cambio bajo. No haber actuado de ese modo podía conducir, una vez más, en la Argentina a la corrida bancaria. Como en el año 2001, que terminó derribando un gobierno, o como en 1995, con la crisis mexicana. Sin embargo, en la Argentina de 2007-2009 no se manifestó en lo más mínimo cuando la situación era propensa para el regreso a esta verdadera tragedia nacional que funde al sistema y consagra recesiones irreversibles. Y aquí vale la comparación con lo ocurrido en otras latitudes: Inglaterra sufrió en 2007 la primera corrida bancaria en 160 años; los EE.UU. en 2008, al igual que casi todos los países europeos donde fue necesario que los bancos centrales rescataran y estatizaran enteramente instituciones para frenar el pánico generalizado que se había decretado producto de la deflación en los activos y de la potenciación consiguiente de las deudas acumuladas frente a esos activos. Pero no pasó en la Argentina, porque se previnieron exactamente desde el BCRA los desórdenes cambiarios y se planificó con eficiencia la política monetaria para tiempos de crisis adaptada a la psicología nacional.

Hoy el país retoma su camino de recuperación económica, luego del amesetamiento del último año que por inteligencia de actores públicos como el BCRA eludió las consecuencias más nefastas de la recesión con deflación (en términos de activos) tornándola más suave que en cualquier otro lugar del planeta. No haber actuado con la determinación del año pasado hubiese llevado, en lugar de a una atenuación de la crisis global, a una potenciación «a la argentina» con todas las consecuencias que ya conocemos.

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