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Cristianos, protegidos de Asad, dejan el país
Hasta ahora, Um George esperaba poder quedarse en Alepo, pero las tropas del Gobierno iniciaron una gran ofensiva el pasado fin de semana. Como a otros miles de ciudadanos, no le quedó otra opción que la huida de la metrópolis comercial del país.
«No había electricidad, gas, nafta ni teléfono. Tampoco podía conseguir pan», cuenta la viuda de 70 años desde la capital libanesa Beirut, donde se encuentra alojada en casa de parientes.
«Temo no volver a ver nunca más mi casa de Alepo», dice. Pero eso no es lo que más le preocupa. Ella es cristiana y la situación en Siria le despierta malos recuerdos. «Odio ser una refugiada», asegura.
En la pared a sus espaldas cuelga la imagen de la virgen María. «Lo mismo ocurrió con los cristianos en Irak. Cuando el presidente Sadam Husein fue derrocado, tuvieron que abandonar su patria». Se cree que entonces la mitad de los cristianos iraquíes huyeron al extranjero.
Los cristianos suponen en Siria alrededor del 10% de los 22 millones de habitantes, la mayoría musulmanes. Son el grupo más antiguo en el país y durante los 12 años de Gobierno de Bashar al Asad han disfrutado de libertad religiosa. Algunos cristianos ocuparon altos cargos en el Estado, como el ministro de Defensa Daud Rayeha, muerto el mes pasado en un atentado en Damasco.
Todo esto ha desatado también la desconfianza contra ellos: informaciones sin confirmar apuntan a que los cristianos y las iglesias son ya objeto de ataques. El obispo católico caldeo de Alepo, Antoine Audo, advirtió sobre la violencia contra las minorías en el país.
Como muchos cristianos sirios, Um George contempla el levantamiento contra Al Asad con sentimientos encontrados. Por un lado, teme la llegada al poder de fuerzas islamistas. Y es que no todos los rebeldes que luchan contra el régimen son sirios, cuenta la mujer de 70 años. «He visto a algunos de ellos cuando me marché de Alepo y su acento no era sirio».
«La mitad de Alepo está destruida. Los rebeldes y las tropas del Gobierno acaban con la ciudad y son los civiles los que pagan el precio», añade, llena de ira.
Cuando se trata de determinar quiénes son los responsables de la violencia en Siria, Um George se muestra precavida. Aunque critica a Al Asad por no haber implementado las reformas prometidas, observa con desconfianza a los rebeldes: «Quienes lo combaten no son mejores».
Y no le tranquiliza que la oposición haya prometido un futuro seguro a las minorías religiosas en la era post-Al Asad. «La propia oposición está dividida. ¿Cómo van a unir entonces un país con diversos grupos étnicos y religiosos?».
Agencia DPA


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