Cristina acató las demandas de Cobos, Duhalde y De Narváez

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Signo de apertura, debilidad política o pragmatismo electoral, Cristina de Kirchner acató ayer desde Tucumán los principales reclamos de sus enemigos confesos: Julio Cobos, Eduardo Duhalde y Francisco de Narváez.

A dos semanas de la más dura derrota del oficialismo en las urnas, la Presidente modificó su gabinete, tal cual había reclamado el vicepresidente, llamó a todos los sectores al diálogo, como había planteado Duhalde el martes pasado junto al rabino Sergio Bergman, y hasta anunció una reforma política para celebrar internas abiertas de cara a 2011, una de las principales exigencias del diputado electo de Unión-PRO.

La rapidez con la que Cristina de Kirchner vació de contenido los principales reclamos opositores contrastó con la distante relación de la jefa de Estado con los gobernadores de su propio partido, el PJ, quienes aún no recibieron fecha de audiencia para plantearle sus inquietudes a la esposa de Néstor Kirchner. Y reflejó también la debilidad numérica del kirchnerismo en el Congreso, que obligará al Gobierno a impulsar paquetes de ley con un alto grado de consenso para evitar potenciar a los partidos opositores en el recinto de ambas cámaras.

La Presidente giró sobre sí misma y enterró en el olvido su primer discurso después de las elecciones donde Néstor Kirchner perdió por dos puntos frente a Francisco de Narváez. «No veo que por el resultado de las elecciones tenga que hacer algún cambio de gabinete. Tampoco veo que la actitud de algún ministro haya sido la causante de haber perdido en la provincia de Buenos Aires», fue el primer diagnóstico de la Presidente el lunes 29 de junio. Desde entonces, abandonaron el Gobierno la ministra de Salud, Graciela Ocaña; el jefe de Gabinete, Sergio Massa; el ministro de Economía, Carlos Fernández; el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Aníbal Fernández; el secretario de Transporte, Ricardo Jaime, y el secretario de Cultura, José Nun.

El primero en reclamar cambios en el gabinete públicamente, medida que también sugirieron por lo bajo los gobernadores peronistas, fue Julio Cobos desde Ecuador. El vicepresidente, fortalecido por su amplio triunfo electoral en Mendoza, había calificado a los ministros del Poder Ejecutivo como los «fusibles» para que el Gobierno acatara los cambios demandados en las urnas. «Los fusibles son los ministros, y es una buena oportunidad de renovarse», fue el reclamo textual de Cobos, quien el miércoles festejó la renovación ministerial de la Presidente.

Así, casi taxativamente, Cristina de Kirchner pareció tomar nota de las críticas de la liga de ganadores del 28 de junio y no vaciló incluso en satisfacer demandas de Duhalde y hasta de Francisco de Narváez. El ex presidente bonaerense reapareció en sociedad el martes pasado en su Movimiento Productivo Argentino y exhortó a la Presidente a «retomar el camino del diálogo». Apenas 48 horas después, la primera mandataria levantó el guante de Duhalde, quien aspira a destronar al kirchnerismo de la conducción del PJ, y en una vaga exhortación al diálogo, convocó a todos los sectores a realizar aportes para mejorar la gobernabilidad. Lo que no aclaró fue dónde, cuándo ni cómo, dudas que dejaron flotando en el aire el amague nunca concretado de sellar un Pacto Social con empresarios, sindicatos y partidos de la oposición.

Sorpresa

La última sorpresa de Cristina de Kirchner para sus detractores llegó sobre el final de su discurso de ayer por el Día de la Independencia con el anuncio del envío al Congreso de un proyecto de ley sobre reforma política. La Presidente dio a entender que el Gobierno impulsará en el Parlamento una ley para celebrar internas abiertas obligatorias para elegir los candidatos 2011 de cada partido político. Éste fue el principal reclamo de De Narváez la semana posterior a los comicios del 28 de junio.

Pero la posibilidad de reflotar la ley de internas derogada por el interinato presidencial de Eduardo Duhalde no es sólo un gesto de apertura hacia la oposición. Es principalmente un mensaje de unidad hacia el interior del peronismo para evitar la fractura electoral que padeció el PJ en las presidenciales de 2003, cuando Néstor Kirchner, Adolfo Rodríguez Saá y Carlos Menem dividieron en tercios el caudal electoral del justicialismo. Si ese escenario se repitiera en las elecciones presidenciales de 2011, el peronismo quedaría expuesto a una posible derrota frente al candidato de la UCR, que, concentrando el voto antiperonista, podría destronar al PJ del poder. Esa amenaza ya la sufren Daniel Scioli, Carlos Reutemann, Alberto Rodríguez Saá, Mario Das Neves y cuanto cacique peronista sueñe con suceder a Cristina de Kirchner en la Presidencia. Y desde afuera, también la padece Mauricio Macri, quien podría quedarse sin la columna vertebral del peronismo en caso de que los barones del PJ se unan detrás de una interna abierta.

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