Los chispazos entre Cristina de Kirchner y José Manuel de la Sota por los fondos previsionales, que llegaron a la Corte, inauguraron una saga que entró en el rubro territorial: la Presidente y el gobernador tironean por quedarse con intendentes de Córdoba.
El turno, ayer, fue de la Casa Rosada, que sentó a un puñado de alcaldes cordobeses con Cristina con la excusa de un programa del Ministerio de Agricultura, pero la intención de mostrar un avance en la provincia que pretenden convertir en retroceso de De la Sota.
No es, a priori, así: ayer pasaron por Balcarce 50 seis de un universo de 420 jefes municipales de distinto rango que hay en la provincia mediterránea. El plan original era juntar un número mayor pero, por distintos motivos, la cifra se fue achicando.
Hay dos factores primordiales:
En los últimos días en Córdoba estalló una crisis política luego de que intendentes haya denunciado que supuestos «emisarios» de Julio De Vido habrían pedido retornos y direccionar las obras teóricamente cedidas por la Nación en determinadas empresas. De Vido negó que haya autorizado esas mediaciones, pero el clima quedó tenso. Hay una investigación judicial y quejas que diezmaron la comitiva cordobesa que viajó a Capital para el encuentro con Cristina. Los que sí llegaron fueron Adrián Argañaz (Carnerillo), Marcelo Migliore (Charras), Omar Farías (Bengolea), Jorge Graciano (Reducción), Luis Stanicia (Las Acequias) y Luis Paoloni (Chucul), ante quienes anunció la construcción de un gasoducto en la zona sur de Córdoba con fondos del BID.
La otra cuestión es más de fondo y remite a lo acotada que está la representación K en la provincia frente a De la Sota, que anudó prácticamente todos los cabos del peronismo de una provincia donde Cristina y el kirchnerismo arrastran una larga malquerencia. Apenas un puñado de referentes -el diputado Fabián «Pipi» Francioni y el intendente de Villa Dolores Juan Manuel Pereyra, además de funcionarios como Martín Fresneda o la rectora Calorina Scotto, entre otros, dispersos-, pero sin volumen a nivel provincial. De hecho, el esquema más próximo a la Casa Rosada se nutre más de radicales K que de peronistas que, en general, aun con matices, reportan a De la Sota.
En paralelo, la construcción K en el peronismo se fue descascarando. Una pérdida clave fue el salto de Jorge «Zurdo» Montoya, que aparecía como ordenador en las sombras de un PJ pro-K, pero terminó reconciliado con De la Sota.
A Montoya, que se movía en las cercanías de Amado Boudou, lo dejaron sin contención política -se habló de un directorio en el Banco Nación-, pero terminó en el esquema clásico del cordobesismo.
Otro que prefirió la sintonía provincial a la nacional fue Eduardo Acastello, intendente de Villa María, quizá el más beneficiado de los alcaldes de Córdoba en materia de obras.
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