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Cristina, Scioli y Macri: debutantes que van a examen y sellan su futuro
Estilos e ideologías distintas, pero un rasgo en común: Cristina de Kirchner, Daniel Scioli y Mauricio Macri se hicieron en 2007 con los tres principales cargos ejecutivos del país sin experiencia previa de gestión.
La apuesta a lo nuevo, en rechazo a un pasado que es un encadenamiento de fracasos de las sucesivas administraciones, puso a cargo del Poder Ejecutivo Nacional a Cristina de Kirchner, quien nunca había estado en un puesto ejecutivo; aun su experiencia legislativa la inició en la madurez de su vida (su primer puesto lo alcanzó como diputada provincial en Santa Cruz recién en 1989, a los 36 años); en la provincia de Buenos Aires instaló como gobernador a Daniel Scioli, quien debutó en el cargo después de una carrera como legislador y funcionario iniciada en 1997, a los 40 años; en la Ciudad de Buenos Aires exaltó a otro novato, Mauricio Macri, con un fugaz paso por la Cámara de Diputados desde 2005, a los 46 años.
Haber confiado los territorios y los presupuestos más grandes de la Argentina a tres dirigentes sin experiencia en la rama ejecutiva es la señal más saludable del voto en una sociedad que vive una crisis política que ha despojado a todos los grupos tradicionales de cualquier poder. No lo tienen en la Argentina los gobiernos, como tampoco lo tienen la Policía, los militares, la Iglesia, los empresarios, los partidos políticos ni los sindicatos. Apenas tienen algo de poder la prensa, que expresa el humor de una sociedad que vive en rebeldía desde hace más de una década contra el Estado y sus instituciones -responsables de las desgracias encadenadas que vive el país-, y la Justicia, porque retiene la llave de los calabozos.
Ser nuevos e inexpertos se convirtió en el principal activo de este trío que ahora va a examen tras dos años en el puesto. Una observación de baqueanos de la política dice que no se aprende en ningún lado a ser presidente o gobernador, oficios en los que se adquiere competencia ejerciéndolos. La prueba son los dos primeros años en los cuales algunos aprenden y otros aplazan. Fernando de la Rúa no aprendió y se cayó a los dos años de Gobierno. Aprendió, entre otros, Bill Clinton, que parecía haber fracasado en esos dos primeros años después de su asunción cuando naufragó su reforma del sistema de salud, perdió las dos cámaras del Capitolio en la «mid-term election» de 1995 y pocos creían que podría superar el aplazo. Se recuperó y está anotado como el mandatario más exitoso de la historia de su país. También aprendió Carlos Menem, quien entre 1989 y 1991 arriesgó su mandato con ensayos bizarros sobre la economía que amenazaron con un pico de hiperinflación. Llegó Domingo Cavallo en abril de 1991 y Menem le entregó la administración del país (no sólo de la cartera de Economía) hasta 1996. Aprendió con el libreto de Cavallo, el mismo a quien acudió De la Rúa diez años después como el alumno en problemas que encuentra un apunte en El Rincón del Vago. No funcionó porque ese sitio que auxilia al estudiante en problemas puede darle una mano ante un parcial pero no sirve para sacarse medalla de oro, que era lo que necesitaba De la Rúa en abril de 2001. Sólo se gobierna hoy el mundo siendo exitoso porque ya no hay tecnología para el mal Gobierno en un proceso que permite que el público sepa todo en el instante y reaccione también en el acto con premios y castigos.
Cristina de Kirchner
Es difícil que no se diga que el proyecto de Cristina presidente fracasó. Propios y extraños temían que la considerasen una «chirolita» de su marido, de cuyos proyectos y estilo pudiera salvarse. No logró escapar a esa maldición de los sucesores regios. Consintió que el eje de las decisiones y proyectos se instalase en la residencia de Olivos desde donde Néstor Kirchner, quien la impuso en el cargo en un gesto casi monárquico (sin consulta interna con nadie y beneficiando a un familiar). El ex presidente se adueñó del comando en las grandes batallas políticas y condujo al oficialismo a fracasos de magnitud. Primero, la pelea con el campo, en la que Kirchner impuso la doctrina y la estrategia, que resumió en un gesto de intransigencia sólo admisible en un país en donde calificarse de intransigente -algo que contradice a la política como recurso para la vida pública- fuera un mérito. Dijo en una reunión del PJ antes de la derrota en el Senado de la legalización de la Resolución 125 que imponía un sistema móvil de impuestos a las exportaciones: «Prefiero perder». Perdió.
La segunda gran derrota fue en las elecciones del 28 junio último, en las que el Gobierno tuvo un rechazo de casi el 70% de los votos en el orden nacional y, peor, perdió ante otro novato más novato que la Presidente en las legislativas de la provincia de Buenos Aires. La estrategia electoral la impuso Kirchner que tuvo la osadía de ponerse él mismo como candidato con la misma presunción con la que Cavallo le había prometido en 2001 a De la Rúa que su sola presencia en el Ministerio de Economía tranquilizaría a los despavoridos mercados. Comprometió a la nata del peronismo provincial, que no había perdido una elección desde 1997 cuando Graciela Fernández Meijide la revolcó a Chiche Duhalde, en esa astracanada de las candidaturas testimoniales. Terminó de romper vínculos de compromiso con caciques que no tenían por qué perder en esa simulación de querer bajarse de una intendencia a una banca de concejal, o de una gobernación a un cargo en la Cámara de Diputados. Por el resultado negativo de la elección para el oficialismo queda anotado en el Guinness del ridículo y anula la segunda etapa de aquella estrategia, audaz por donde se la mirara: hacerlo asumir a Scioli una banca de diputado, dejar a Alberto Balestrini a cargo de la gobernación y regresar, recompuestos, Kirchner y Scioli, a la fórmula presidencial de 2011. Demasiadas quimeras para tamañas derrotas.
Queda la presidencia de Cristina en emergencia y enredada en debates que son los mismos de 2002, cuando gobernaba Eduardo Duhalde: si hay más o menos pobres, si se los ayuda con dádivas o empleos que no aparecen, si hay que arreglar con acreedores o no. Un retrato en sepia que deja a la Presidente cautiva en 2010 de dos factores. El primero es la recuperación que pueda hacer del PJ su marido con una nueva ley electoral que se ha vendido como un intento de recomposición de los grandes partidos. Llama a una interna abierta que, les dice a sus compañeros, le dará al oficialismo un apoyo que está dormido esperando el alarido de Tarzán, al que los medios le ponen sordina. No tiene respuesta Kirchner cuando le advierten que ese llamado a la participación pueden escucharlo también sus adversarios que lo pueden sacar de la cancha en una primaria. Con el mismo voluntarismo Kirchner dice que la primaria obligará a los peronistas a juntarse y a potenciar la fórmula partidaria que él quiere encabezar, cuando en realidad su medro está en lo contrario: que el PJ oficial se quede con Kirchner, que los disidentes corran por afuera y que vuelva a haber varios candidatos peronistas, todos sin mucho poder pero él con el Gobierno y el 28% de votos a nivel nacional que presume sacó el 28 de junio. Con eso, y una oposición trizada entre socialistas, cobistas y lilistas, la chance del oficialismo de pelear un nuevo mandato crece en un balotaje.
A menos de que el resto del peronismo -oficialista, claro-, en gesto que nadie ha amagado hasta ahora, sepulte a los Kirchner como chance y produzca la corrida hacia otros candidatos de mejor predicamento en el voto independiente que, aliado a un sector tradicional, hace ganar siempre las elecciones. Carlos Reutemann es el llamador más comprensivo de las disidencias dentro del partido, no sindica al peronismo crítico en el odioso duhaldismo de la provincia de Buenos Aires (que nunca cosecha amigos en el resto del país) y no fuerza al peronismo a mirar hacia los otros dos debutantes de la política criolla.
El segundo factor es la suerte de la economía. El Gobierno cree que la anunciada mejora le reportará votos en 2011; otros creen que, si hay mejora, los sectores medios, como en la era Menem, buscarán, liberados de la angustia, una calidad institucional que el kirchnerismo no ofrece.
Daniel Scioli
En el acelerado aprendizaje de los dos años trató de equilibrar la gestión, confiada a un Gabinete negociado con todos los sectores del peronismo, con la necesidad de mantener la eficacia del método político que lo hizo llegar adonde está: fuerte identificación con los sectores medios, explotación hasta la exageración de su carisma personal, coqueteo con la opinión pública apoyando consignas que contradicen la agenda del kirchnerismo. No se ha despojado del rol de «vice» que acuñó en 2003, que va más allá del cargo sucesorio: él se presenta ante los sectores moderados -que son mayoría en la Argentina- como el garante de cierta racionalidad en un Gobierno de desmesurados. El normal en un esquema de locos. Como si dijera: mientras yo esté acá siempre tendrán un refugio. Con eso arrastra a los propios, jibariza a los opositores y distrae a la opinión que le reprocha incumplimientos, como no frenar la ola de inseguridad o no sacar a la provincia del lazareto de la emergencia financiera en el que vive desde hace más de una década.
Esto último le ha achicado el libreto de Gobierno que le hace actuar una forzada alianza con el Gobierno nacional, dominado por unos Kirchner que han vampirizado a Scioli usándole en provecho propio todos sus recursos (su popularidad, su rol de bisagra con «lo otro») a cambio de ayuda financiera. Scioli entiende que Kirchner fue presidente por los votos que le aportó él en 2003 y que Cristina está en donde está por lo que aportó como candidato a gobernador en 2007. Es socio del matrimonio hasta un punto que nadie reconoce, menos ellos, porque revelarlo resentiría el afecto que tienen por el gobernador los sectores moderados y eso va en beneficio del trío.
La mala fortuna del matrimonio desde 2007 ha sido un cañonazo para Scioli, de quien los Kirchner han agotado todos los créditos. Él hace todos los gestos de la lealtad y acumula fuerzas para decir en algún momento que hasta acá llegó. Aspira a que en ese momento haya recuperado el prestigio perdido en la aventura kirchnerista; preexiste a los Kirchner y cree que el método está intacto. Juega, como los recuperados de las adicciones, con objetivos de día a día: ahora se trata de instalarse en la costa atlántica y desde allí recuperar diez puntos en el afecto público. Cree que es un Reutemann Plus: tiene lo que tiene el Lole, se dirige al mismo público, pero agrega kirchnerismo y caja oficial con lo cual, imagina, potencia su rol de heredero justo del matrimonio.
Como anteriores gobernadores, es víctima de esa tragedia sin solución que es la inseguridad, mal que afecta a todo el Cono Sur y que no puede superar un administrador por las suyas. Intenta, como otros, todas las fórmulas que no han dado resultado.
Mauricio Macri
El tercer gran debutante de este ciclo es quien más vallas debe superar para alcanzar al resto en sus pretensiones de futuro. Después de todo Cristina de Kirchner y Scioli ya podrían retirarse de la política con títulos propios: ella ha sido legisladora estrella y presidente; él, legislador, vicepresidente, gobernador. No podría exigírseles más (algunos agradecerían que no hicieran más, pero los mueve su inquina opositora). Macri todavía tiene que demostrar que sabe algo del nuevo oficio que inició también de grande.
Su costado más sólido es la comprensión de la gestión pública, que encara con criterio de empresario y tratando de separarla de las aporías, paradojas y hasta absurdos que son la sal de la política. Eso le hace decir que para poner a la Ciudad de Buenos Aires en un nivel 6 de calidad (considerando a Madrid, con 10 puntos, en el tope) necesita un presupuesto de $ 60 mil millones, pero que en realidad sólo cuenta con $ 290 millones este año para arrancar con ese proyecto. Es casi una confesión de capitulación de la política porque él está en ese cargo precisamente para hacer andar un motor a agua, que es la misión de todo político. Cualquier colega del oficio le diría: «¡Qué vivo, con plata gobierna cualquiera!».
Más allá de esa expresión que compromete su ánimo en cualquier proyecto político, Macri le ha dado a la gestión un aire de operatividad poco visto antes con obras y proyectos ambiciosos, algunos quiméricos según sus adversarios, pero que lo diferencian de la grisura de sus antecesores. Un gobernante, cree, también tiene que proponer quimeras y no dedicarse a administrar la desgracia y hacer la plancha. Por eso lo ha querido la mayoría del público ya en tres elecciones.
Entender esa relojería no es para principiantes y para eso Macri aplica un método de acumulación política que sólo le ha traído problemas. El factor personal es intrascendente en el análisis político, pero no el examen de las conductas. Es un adicto a las encuestas pero no parece usarlas para leer mejor la realidad. Monta su gestión en hombres no políticos que vienen muchos de la actividad privada, algo saludable si se quiere huir del punterismo o de la gente que acumula fracasos pasando de un cargo a otro. Pero tampoco le han aportado esos cuadros gran eficiencia en la gestión, porque los centenares de cargos que cubrió el macrismo con militantes de «lo nuevo» también vienen del padrón del amateurismo que cree que se gobierna navegando por internet, es decir, hablando por teléfono.
Ese rostro de política nueva es lo que pide el público harto de la vieja política, pero los problemas no se solucionan entregando bolsones de cargos a ex gerentes de empresas sin mucha suerte o a estudios jurídicos. El ejemplo es el de uno de esos estudios que aportó para un cargo de inspección -un manjar para cualquier abogado- a un prestigioso jurista que terminó escupido en la cara en TV por un vendedor ambulante en Plaza Once y fue el hazmerreír de la clase a la que Macri pretendía halagar con esas designaciones.
La compensación de esta acumulación de inexperiencias ajenas a la propia la compensa Macri con algunos espadones de la vieja política, a los que hace convivir conflictivamente. Por un lado, entrega detalles de la gestión de la que no querría saber nada a su jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta, que es el alcaloide de la vieja política y ayudó a la malandanza de varios gobiernos antes. Macri usa el prestigio social y la pasión por el servicio público que tiene R. Larreta, quien busca ser -sin mucha muñeca porque tampoco es un político- el sucesor de Macri y que lo enreda a éste en infinitas internas por ocupar sectores de la administración. Es el ejemplo de cómo un funcionario que se cree político puede complicar a un político.
El peor servicio del sector que domina R. Larreta es haber marginado a la estrella del proceso político de Macri, Gabriela Michetti, a quien tienen en la casa a la vez que hostigan el poco poder que alcanzó ella en el Gabinete. La ilusionan diciéndole que desde ese océano revuelto que es el Congreso ella podrá recomponer su prestigio ante el público porteño. Ni ella se lo cree. Pero si R. Larreta es el sistema, ella es la renovación, una sangre que necesita Macri para tener futuro en su gestión dominada hoy por el «sistema».
De la vieja política trajo Macri a su ministro más exitoso, Hernán Lombardi, a quien le debe mucho de la buena imagen que tiene hasta en sectores hostiles en principio al macrismo. Superó Macri con la designación de Lombardi el primer traspié que fue la nominación para el cargo más expectable del Gobierno porteño -Cultura- a un extravagante editor (Luis Rodríguez Felder), desconocido para la patria cultural y que prometió erradicar el arte abstracto y gobernar con la «Política» de Aristóteles bajo el brazo. Un dislate que mostró que Macri parecía no saber qué ciudad debía gobernar. Cuando dijo quién le había aconsejado ese nombre, la empeoró.
Lombardi, otro gran tripulante de Titanics en el pasado, obró maravillas en el cargo: les acercó además a varios cuadros del radicalismo «sushi» que estaban flotando con el salvavidas desde la caída de Fernando de la Rúa y los puso a trabajar. Con este eficaz cuadro de la vieja política -quien puede pelear con títulos la sucesión, previo curso de dicción, como debió hacer su jefe para que se le entendiese lo que dice en público- parece salvar Macri sus primeros dos años comprometidos por esa gran macana que fue el episodio Palacios. No pareció comprender él tampoco qué quiere el público en materia de seguridad, se compró peleas ajenas entre policías y espías, se distanció de un sector clave que es la comunidad judeo-argentina que tampoco pedía mucho: apenas que no se abrazase a un ex comisario que ha merecido en dos meses dos procesamientos. Nadie le pidió a Macri nunca -salvo alguna encuesta mal hecha y peor leída- que crease una Policía para la Capital y los dos años que le quedan a Macri terminan comprometidos por ese affaire policial que le costó la primera crisis en serio de su Gabinete.
El gran dilema que pone a prueba su método es que su proyecto, ser candidato a presidente, depende de que el peronismo lo venga a buscar. Muy mal tendría que estar esa fuerza para salir a encontrar un candidato al cargo máximo del país por fuera de un club como el peronismo al que le sobran candidatos, pero que además es la representación máxima de la vieja política. Aquello que Macri dice hay que combatir pero sin lo cual, lo demuestra él mismo, es difícil administrar.

