15 de agosto 2016 - 00:00

Cuatro aciertos y ningún funeral

 Se cumplen ocho meses desde el inicio del Gobierno de Macri. El primer y principal objetivo del Gobierno es el de restablecer la división efectiva de poderes en la Nación. No puedo exagerar la importancia que tiene para alcanzar este objetivo la designación de jueces probos e independientes en la Corte Suprema. Un segundo gran acierto del Gobierno ha sido su política exterior. Necesitábamos volver al mundo occidental y capitalista y, al menos desde lo político, ello se logró rápida y exitosamente. El tercero es el lanzamiento del plan de cobertura universal de salud, el cual me consta que se viene estudiando desde hace tiempo, y que el macrismo ya implementó en CABA. Dada la delicada situación fiscal, está muy bien que la implementación de esta política no sólo sea gradual, sino que además otras políticas tributarias que idealmente deberían acompañarla también tengan que esperar su oportunidad. El cuarto gran acierto ha sido haber recuperado la independencia del Banco Central, con un equipo técnico probo así como también el camino andado para recuperar el sistema integrado de estadísticas y el INDEC. Sin dudas, la salida del cepo cambiario fue uno de los dos grandes éxitos económicos de la gestión Macri. Desde ya, ha habido otros muchos aciertos. Por ejemplo, la continuidad de la política de ciencia y tecnología y de la AUH. Elegí resaltar los que creo más importantes.

¿Y la economía?

Hoy todo el debate político se centra en la recesión, la inflación y las tarifas energéticas. La verdad es que el Gobierno heredó una situación económica y social muy complicada. No se pueden esperar grandes logros en el corto plazo, y quizás tampoco en cuatro años. Ojalá los ciudadanos comprendiésemos esto. Lamentablemente, el Gobierno, en mi opinión, equivocó en parte su diagnóstico económico, y por tanto su discurso, y ahora ello se interpreta como si los problemas económicos que tenemos en la actualidad fuesen el resultado directo de políticas erradas. Había que devaluar fuertemente la moneda en términos reales y también había que ajustar las tarifas de transporte y energía (aunque disiento en la forma en que se viene manejando la política energética). Esto necesariamente iba a acelerar la inflación y reducir el poder adquisitivo de los salarios.

Creo entonces que el Gobierno debió, y aún debe, ser más cauto en sus objetivos económicos. Se necesitaba (y aún se necesita) recomponer rápidamente el tipo de cambio real e ir a una normalización tarifaria. Pero a la vez, tenía (y aún tiene), al menos en el mediano plazo, que bajar la inflación. No habrá estabilización sin ajuste fiscal.

En el contexto actual, se requiere emitir una señal clara sobre cuál es la tasa de inflación objetivo y cuál es el programa monetario, fiscal y de deuda consistente con la misma, y poder cumplirlo. Sin embargo, todo esto tiene que darse con un tipo de cambio real competitivo. No sirve bajar la inflación atrasando el tipo de cambio (riesgo que se corre actualmente). Por ello las metas de reducción de la inflación tienen que ser comedidas.

El ajuste económico está a medio camino. No estamos cerca del fin, lamentablemente. La inflación se disparó arriba del 40% este año y aún no ha terminado el proceso de ajuste de los precios relativos de la economía. Creo que solamente una política monetaria contractiva no es suficiente para bajar la inflación sin perder competitividad externa. De cara al futuro, también es necesario anclar las expectativas inflacionarias en una tasa menor y a la vez consistente con el programa económico. Además, la inversión necesaria para volver a crecer aún no ha despegado. No se crece sostenidamente aumentando la demanda agregada sino expandiendo la oferta de bienes totales en la economía. Nuevamente, hay que ser prudentes con el manejo de expectativas.

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