Estilo bien argentino: casi hay que agradecer a los acaparadores de monedas -cuyas tarifas de reventa hasta salían en los medios- que Buenos Aires pueda poseer el llamado «boleto electrónico». Tema en sí que no nos interesa como materia prima de nuestra columna, pero que sirve de ejemplo de lo que siempre sucede. Actuar sobre los efectos y sin querer combatir las causas. No hay monedas, las están acaparando -de manera sistemática y organizada, como un verdadero negocio ilegal-, pues entonces votemos una buena cantidad de dinero para quitarles el dulce a los que instrumentaron el negocio. En lugar de detectar y perseguir, encauzar a la organización que le quitaba el flujo de monedas a la población. Algo así como «el crimen siempre paga», lo ganado ganado está. Y lo único que sucede, es que haya que buscar otro negocio fructífero. Y la realidad nos dice esto: si el mentado boleto electrónico es un adelanto en el transporte, los verdaderos gestores de ello son los delincuentes que acapararon las monedas. Así avanzamos y los culpables, sueltos y contentos...
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Lejos de aquí, con problema más complicado que resolver la falta de monedas, Obama está cada vez más nervioso. Profetizando una «catástrofe» en la economía, si es que no le votan de inmediato el paquete que envió, (y sin el recurso argentino de pasar todo por «necesidad y urgencia», a cargo presidencial), dejó nuevamente tensos a todos. Venía de tener que perder a un par de fichas del tablero de funcionarios, en lo que parece una carrera entre las llamas y cuando no hace siquiera un mes que asumió.
Y esto sí nos interesa, mucho, y hace a la columna bursátil. Porque todos los mercados están arriba del mismo avión y el piloto que debe tratar de salir de la emergencia, no es como el que aterrizó «de panza» en el río Hudson. Anunciar «catástrofe», sobre una que ya se viene sufriendo, tensa las cuerdas de la gente y especialmente de los mercados de riesgo. Recuérdese la gran turbulencia que hubo el miércoles en Wall Street, haciendo marco a ese pedido desesperado de Obama. Cirujano, de mano presta y sangre fría. De bisturí certero y no de pulso alterado por miedo, o por nervios. Es lo que cualquiera quisiera, si lo tienen que operar, es también el perfil que muchos -nosotros también- quisiéramos de un presidente frente a una crisis. Si el hombre arranca así, en dos semanas, hay que temer por su sistema nervioso en poco tiempo.
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