El «efecto invernadero» en la economía global terminó generando el recalentamiento, que trajo consigo la crisis. Por encima de lo que sucedió con los bancos, con los bonos hipotecarios, con toda la codicia desenfrenada de sus hacedores. Y la falta de control de los vigiladores. Y con el epicentro fijado en Estados Unidos: lo único capaz de explicar la propagación, los mismos síntomas y causales, es el tal recalentamiento global. Y donde cualquier país históricamente postrado, de endeble estructura y recursos, se sumaba al coro de los que subían y proyectaban tasas de crecimiento del 6% hacia arriba. Fáciles de exponer, pero imposibles de sostener en un ciclo prolongado. Crecer a tales tasas no es hacerlo cada vez arrancando de cero, sino que resulta acumulativo. Y aunque lo hecho en el pasado se tome como un derecho adquirido y se piense en repetirlo una y otra vez, la palabra clave -y letal- es aquélla: acumulativo.
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Todos están con la crisis y cómo se puede emparchar, porque difícilmente amanezca ese utópico «nuevo orden» que se pretende preguntar, con más sentido teórico que práctico. Pero vale siempre recordar en qué punto se hallaban las materias primas en el mundo, el momento anterior de los primeros problemas que se difundieron.
Aquí, el Gobierno no se peleaba con el campo imaginando -ambos- que la soja seguiría camino a las alturas y a nivel superior a los u$s 600 por tonelada. Del petróleo, ni hablar; los últimos pronósticos lo daban como a una nueva cumbre en los u$s 200 el barril. Lo demás, por añadidura. Y la demanda global, con China y la India empujando todo, aportaba al recalentamiento. Quizás, o seguro, dentro de unas décadas y cuando se diseque el proceso debidamente, no todo quedará en la sencillez de los bonos hipotecarios como causa de fondo. Sólo gatillo. Por ahora se continúa con largas discusiones y reuniones, en la cumbre de las potencias principales. Por allí, hemos leído que Obama se refirió a la Bolsa. Y más allá de lanzar acusaciones se mostró más lúcido en la apreciación. No atacó al simple termómetro de los sucesos, sino que recomendó no mirar los índices de modo frenético. Dejar el día por día e intentar mirar más allá. Un consejo que resulta sensato. Tanto como para los mismos operadores/inversores de mercados bursátiles y que parecen cometer errores de iniciados. Hoy que el termómetro mide la temperatura de la crisis, la Bolsa es negocio. No cuando mide el recalentamiento.
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