6 de abril 2009 - 00:00

Cupones Bursátiles

Afirmarse en un futuro venturoso, como pronóstico, y aunque no se sepa qué diablos va a suceder allá adelante, siempre resultará una suerte de «argumento» (cuando no hay ninguno que defienda el presente). Y así, se ha visto que está corriendo por los mercados la visión de: es cierto que las principales economías van a caer este año, al menos en un 4%, pero... para 2010 volverá el crecimiento.

Y algo es algo, para el que no tiene nada, o para el que racionaliza demasiado y advierte que todo lo que se ofrece como medicación, para lo que se continúa viviendo: tiene el efecto de una aspirina, apenas por un rato.

Lo que se puede recoger de la enorme reunión de gobernantes -componentes del G-20- es un rosario de generalidades (quizás de ahí, la «g» de los 20) y un compendio de buenas intenciones para intentar lidiar contra «los malos». Que no son los malos de antaño; éstos tienen más instrumentos, tecnología, ideas y, hasta recursos, que los propios gobiernos. Y es bastante hipócrita señalar al «paraíso fiscal» como un odiado enemigo: cuando tales paraísos fueron creados, y frecuentados, por empresas y personajes que forman parte principal de la economía de «los buenos».

Si el lector disiente de este punto de vista, puede considerarlo simples «reflexiones de un idiota» II (continuación de una nota especial, que hicimos en noviembre pasado en este diario). La situación da para todo, no es criticable que se pueda «creer en todos estos asuntos que - a nuestro parecer- resultan sumamente frágiles para dar por cierto que después del valle actual en el mundo, en 2010 saldrá el sol para todos.

Cuando se sintetiza en que toda la explosión fue por obra de lo económico-financiero. Y que eso se arregla tapizando con dinero los orificios (en definitiva, la única medida puesta en práctica hasta ahora). Está dejando por fuera que, por detrás de lo sucedido, hubo primero un derrumbe de la escala de valores. Un rodar de la ética en los negocios. Una laxitud en la labor de los controles. Y una increíble obesidad intelectual, desde adentro y hacia afuera de los Estados Unidos, que no se va a desterrar por serie de normas como las recitadas, en el reciente foro del poder mundial.

Respecto de las Bolsas, con sus súbitas reacciones, es para aplicar alguna «sintonía fina» y preguntarse con qué calidad de inversor -y de dinero- se está provocando. Y esto es otro tema, denso.

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