14 de mayo 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Una semana en la que las acciones anduvieron a los sopapos -palabra vieja, pero expresiva y gráfica- libradas a la inclemencia provenía de las noticias europeas.

Incertidumbre por saber si los gladiadores podrían contra los leones -en el gran circo que consiguió armar el pequeño país griego-, o si las fieras se darían un atracón de carne financiera y bursátil. Y un gran susto se los dieron, cuando después de un lunes eufórico sobrevino un martes de ataques formales, para llevarse la tajada.

En tanto, el mercado de los «bonos argentinos» pareció surcar en otra corriente, dando un «precio sostén» para que el operativo del «canje» no sufriera.

Curioso destino, tanto para no olvidarnos de esa «mesa» que se había armado en la ANSES -a la que hicimos referencia semanas atrás- y donde la consigna primera resulta la de «promocionar los bonos» (tal comentarios de los propios mentores).

En medio de un mundo que vive de «mentiras universales», ya nada suena a cuestión extraña o que vaya a escandalizar. Si hay que crear un clima artificial, para que un operativo funcione, todo tiende a pasar por válido.

Intervenciones manifiestas y permanentes de un organismo oficial, o cierta red de «no venta» concertada con entidades privadas (que también cuidan sus intereses de revaluar carteras) encaja como una simple picardía: ante todo el escenario de falsedades, que están sirviendo de marco al rescate de países en Europa.

Si en el mundo deportivo suele decirse que «los jugadores son lo único puro que hay en el fútbol» (en general, pensamiento sustentado por los mismos que son, o han sido, jugadores), bien puede afirmarse que las acciones en los mercados resultan el único activo que queda en un estado «puro», fieles a sus primitivos ancestros del 1600.

Si bien la desesperación de los políticos está queriendo ver cómo meter mano, también en eso, y en la propia «catedral» de lo bursátil analizan que se pueden «regular las bajas» (aspiración que ha sido de toda la vida, pero en mercados de segundo, o tercer orden, como el nuestro) para que todo pase a formar parte del mismo barro. Se han caído las máscaras, ante el estallido europeo, y si algo surge claro, es que nadie soporta a los mercados si van en contra. Ni desregulado, ni regulado: lo quieren doblegado.