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Cupones bursátiles
No fue el caso en los primeros pasos de este período, que generó cierto suspenso aguardando por mensajes de la Reserva Federal y -cuando apareció- el martes cotizó una especie de decepción en el centro principal, con el consabido efecto expansivo sobre el resto.
Mientras sucedía tal vacío de actitudes en los grandes mercados, por aquí se iban acumulando los balances trimestrales. Y hubo que hilar fino para encontrar en ciertos desarrollos individuales alguna influencia directa con los números presentados.
Evidencia de que el respaldo natural que debe poseer una acción emitida, aquello que una empresa emisora debe mostrar en sus negocios, va perdiendo cada vez más su poder intrínseco y queda todo el mercado impregnado de una atmósfera general. Que tampoco es de índole local, sino tomada por simpatía con aquello que proviene del exterior. Y ya los términos de los que se utilizaban en Bolsa van quedando como borrosos recuerdos, matrices gastadas para decidir las inversiones.
De todas formas, en los primeros estados contables de junio que pudimos indagar, la tónica se repite con frecuencia. Mostrar mayores factu-raciones, pero sin correspondencia con despacho de volúmenes.
Mediante una suba de precios -he ahí la inflación- se inflan los ingresos, al unísono también se engrosan los costos y gastos, por lo que los resul-tados «operativos» tienen escasa relación con aquella mejoría en total facturado. Y, lo dicho en cupones anteriores, las sociedades no tienen necesidad de aumentar producción y -mucho menos- generar más puestos de trabajo. Además, porque no existen evidencias de que los repuntes en las economías lleven a una superación sostenida de la crisis.
La pregunta sería: ¿sirve seguir buscando razones fundamentalistas para realizar inversiones? La respuesta -acaso sólo la nuestra, entre otras- es que sí, en la medida en que se siga tomando a las acciones como una inversión de cierto plazo y no como una colocación perentoria.
En el tramo corto -seamos simples- sirve tanto lo bueno, como lo malo, y lo feo. Es lo que impera hoy. (No significa que sea lo más apropiado.)

