Si el inversor actual, que viene de estar vapuleado por la crisis en sí y por la «resaca» que ella dejó, supone que enterándose de lo que opinan los que están en escalones altos del poder en el mundo hallará la clave para decidir qué hacer, pues, de mínima, que tenga mucho cuidado. No es solamente en nuestro medio que se apela a artilugios, o desestimaciones, de problemas que están a la vista (inseguridad, inflación, por ejemplo), sino que en momentos de complicaciones agudas puede «olfatearse» que los otrora serios también encubren o mienten. Sin olvidarnos de lo que es una habitualidad en los discursos y mensajes, la ambigüedad, el no decir nada, pero con frases académicas y que se prestan para toda interpretación del que desea extraer una idea concreta. Al momento, todos conocemos -sin tener que ser economistas, ni mucho menos- que frente a los problemas de la crisis Estados Unidos tomó un camino y Europa se abrió hacia otro. Dos «libritos», dos teorías, dos estilos para abordar el mismo mal. Unos negándose a todo ajuste, fogoneando salvatajes, expansiones, yendo a privilegiar el consumo, antes que hacer recortes en los gastos y evitar el déficit. Los otros, moviéndose justamente a la inversa. Un hermoso terreno de suspenso, para poder ver cuál de los esquemas empleados sería más eficaz (o ninguno de los dos...).
Pero, hete aquí que en verdadero «act of magic», que antes se refería sólo a lo bursátil (calificación que le dieron los ingleses), el titular del Banco Central Europeo -Jean-Claude Trichet- disertó acerca del peligro inflacionario, global, apuntando que «el problema es evidente en la fase actual, sobre todo en países emergentes, donde hay fuertes señales de riesgo». Y si bien el concepto es para que un habitante e inversor argentino tome debida nota, cuando habló de que los principales bancos centrales del mundo tienen ahora «un único objetivo, el de anclar de manera firme las expectativas inflacionarias», enfrentó la pregunta clave.
«¿Es también la posición de Estados Unidos?». Y muy tranquilo, dijo que el objetivo «es compartido por todos». Como con eso no convenció a nadie, sacó el inevitable conejo de la galera: «Somos todos devotos de anclar las expectativas; eso no significa que tomemos las mismas decisiones». Se merece llamarlo: «el ilusionista».
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