20 de junio 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

Este economista -profesor de la Universidad de Nueva York- que seguramente está haciendo mucho dinero cuando se coloca el ropaje de «gurú» (y ambas cosas, no son lo mismo) llamado Nouriel Roubini, anduvo por Singapur desarrollando un seminario. Y ciertamente cumple bien su rol protagónico, especialmente cuando llega a personas que no se interesan demasiado, por lo que ocurre en el mundo actual.

Los dichos en su alocución, que habrá sido bien remunerada, es un concierto de aquello que cualquier persona interesada puede advertir siguiendo los acontecimientos en los países y que difícilmente pudiera elaborar un pronóstico distinto, a este habilidoso personaje. Por ejemplo, como buen «gurú» que lanza lo suyo bastante más allá de los tiempos presentes -por si no sale bien, que los demás lo olviden- aseguró que «existe chance de ruptura de la zona euro en los próximos años...».

Aquí, la palabra clave es: chance. No se juega, ni asegura nada; puede ser que sí, puede que no. Después, «un aterrizaje brusco de China» (que es lo que en China están buscando, espantados ante la inflación que se les viene). Y, de tercer componente, ver «una expansión global que cede y que podría llevar a un estancamiento». Obvio, la palabra clave es: «podría». Como postre, agregando al menú «color fiscal en Estados Unidos» (no se dio cuenta nadie; Roubini, con Obama clamando desesperado por tal dolor).

El gran vidente -al menos la industria mediática le confiere un rótulo casi como ése-, sencillamente unió todas las piezas y le puso un título que, hay que reconocerlo, tiene «gancho» (es de película, de libro best seller): lo llama la «tormenta perfecta». ¿Qué nos aportó de nuevo este economista devenido en oráculo? Nada. Todo lo que cita se lee en los medios a lo largo de 2011, acerca de peligros en ciernes las luces amarillas de los mercados, lo vienen señalando desde mayo en adelante, con toda crudeza. Y esas cubiertas que emplea hábilmente, donde deja todo pronóstico flotando en ambigüedades. O bien, diciendo que se produciría: «En 2013, a más tardar», es deglutido y publicitado en todas las pantallas del mundo, en todo tipo de medios. (Se parecen a las desvaídas -y previsibles- alocuciones de Clinton, cada vez que viene por aquí a llevarse unos dólares).

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