Una nota del colega Luis Beldi, del lunes, en Ámbito Financiero llevaba un título sugestivo: «Notable negocio en Wall Street, con acciones locales». No con las de ellos, sino con las nuestras, que residen en Nueva York bajo la forma de certificados, que no son acciones: representan a las acciones. Los conocidos ADR, a la manera de los CEDEAR que están en nuestro recinto y que, salvo algunos momentos de cierta brillantez, su historial ha resultado de lo más opaco. El caso es que, leído por un operador optimista, el mencionado título podría alentar las mayores expectativas. En su expresión de máxima, que tales acciones argentinas fueran buscadas por las carteras por algún cúmulo de virtudes, o por ser consideradas muy apetecibles en relación con la calidad de las sociedades emisoras. Pero la simple verdad es otra, conocida desde hace mucho, acerca de ser simple engranaje de un mecanismo por medio del cual se logran diferencias en dólares, arbitrando ambas plazas. Que en su versión más simple y utilizado, tienen la apariencia de un vehículo útil para poder eludir controles y sacar dólares del país, al exterior. En verdad, nuestro interés atraviesa por otras conclusiones, reales y poco entusiastas, en cuanto a que los papeles accionarios locales prestan «otros servicios», alejados de la función prestan «otros servicios», alejados de la función primordial: ser tentadores como activos para nutrir las carteras, sobre la base de sus condiciones básicas.
Que se compadece con la casi nula seducción que ejercen, en momentos en los que casi no hay alternativas de inversión atractivas y a disposición. Ni siquiera la clásica actitud de armar posiciones, con vistas a un futuro ciclo de grandes logros. Lo que se denomina la zona «de acumulación», la más baja del ciclo, que debería verificarse a través de los negocios realizados. Surgen, como sucede hace unos días, súbitos lapsos en los que se recompone el índice y que extingue, de una rueda para otra, volviendo a la normalidad.
Como apunta Beldi en su nota, siempre hay un acento sobre aquellas plazas de «dos banderas», que cotizan aquí y en Nueva York (no es menos cierto que se trata, también, de las únicas plazas bien líquidas para entrar y salir). Jugadores de ocasión, otro segmento que trata de descremar esos cortos «veranitos», pero pocos que piensen en tomar posición por balances, valor libros, precio-utilidad, cualquier fórmula de las puramente bursátiles. Otro mundo. Otro juego.
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