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Cupones bursátiles
De cualquier forma, es siempre apasionante tratar de interpretar cómo es que un mercado ha llegado a tal punto, tan poco relacionado con la realidad que lo circunda. Hay etapas donde los hechos, hacia ambos lados, se produjeron por excesos de madurez y una codicia descontrolada de los intervinientes.
O surgen reacciones que han partido desde las raíces, tras un crac, al caerse en el temor desmesurado y perder de vista la noción del precio intrínseco de los activos tratados. Siempre una fuerza del mercado obrará sobre la contraria: al pasarse ciertos límites extravagantes. Hasta aquí vinimos merodeando la inquietud que tenemos, para preguntarles a los «hombres sabios» cómo es que en la semana se festejó en Wall Street que el índice tocara otro punto máximo. La cumbre en cinco años y que lo devolvió a las alturas que poseyera en finales de 2007 y cuando recién cobraba cuerpo el problema de los bonos sobre hipotecas, el perfil inicial de lo que después explotaría en la crisis actual.
Desde nuestra limitada visión de cabotaje, otras veces antes ensayamos la hipótesis de un mercado que perdió gran parte de sus inversores comunes -familias que ahorraban en acciones- y que al quedar comprimido en las carteras profesionales se había hecho más cautivo de tales dictados. (La única certeza es que el volumen en el NYSE se adelgazó de modo drástico: por lo que la idea posee algún punto de apoyo.) No nos conforma. Deben existir otras supuestas «razones» para que el Dow disfrute de las mieles, salvando todo daño, cuando en Estados Unidos siguen clamando por ayudas de la Fed, Europa es un lastre y China se deshilacha. Misterio.

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