7 de julio 2009 - 00:00

De Boulogne a Tanzania: el argentino que creó “Africala”

Flavio Florencio, junto a la ministra de Cultura de Tanzania. El argentino creó «Africala», el primer festival de cine africano de América Latina.
Flavio Florencio, junto a la ministra de Cultura de Tanzania. El argentino creó «Africala», el primer festival de cine africano de América Latina.
Es curioso ver cómo se llaman los organizadores del Zanzibar International Film Festival, de Tanzania, que ya va por su 12ª. edición: Hassan Mitawi, Fatma Alloo, Zabibu Said, Flavio Florencio. ¿Flavio Florencio? Y, sí, nativo de Boulogne, partido de San Isidro. Siempre hay un argentino donde menos se piensa, y lo más singular es que éste va camino a director. Dialogamos con él, durante una breve visita al hogar paterno.

Periodista: ¿Cómo empezó todo?

Flavio Florencio: Fue al final de un viaje que hice por Uganda, Kenia y Tanzania en el 2006. Poco antes de tomar el avión de regreso, encontré un catálogo del festival, y al hojearlo sentí que había algo mío. Cuando volví a México mandé un mail ofreciéndome como voluntario, aceptaron, con el tiempo pasé a programador, y ahora me ofrecen el puesto de director, algo muy loco, por primera vez un latinoamericano se haría cargo de un festival africano.

P.: ¿Usted vive en México?

F.F.: Me enamoré de una chica y dejé Barcelona por México. Ahí, en 2007, fundé el Africala, el primer festival de cine africano de Latinoamérica, que ya va por su tercera edición, y ahora se expande a Brasil, Chile y Venezuela, con la visita de artistas como la cantante y actriz argelina Bayouna, y la protagonista de «Mooladé», Fatoumata Coulibaly, una luchadora contra la ablación. Además colaboro con varios festivales, contacto mexicanos con africanos, en noviembre iré a Kenia como jurado del festival de Nairobi, y luego a Omán, los Emiratos Árabes e India, para fortalecer los lazos con esos países que, junto a los del África Oriental, participan del Festival of the Dhow Countries, que es la cultura que une a todos ellos alrededor del Océano Índico, etc.

P.: Y antes vivía en Barcelona. ¿Qué hacía allí?

F.F.: Estudiaba filología árabe y cine documental. Un día fui a una agencia de viajes, el lugar más seguro y barato era Egipto, y de ahí fui bajando a la región de los grandes lagos, esos lugares sobre los que había leído cuando niño, la historia de Livingstone y Stanley, todo tan emocionante, y tan lleno de contradicciones. Hay zonas tremendamente húmedas y a pocos kilómetros el desierto (yendo a Tombuctú la gente en vez de comida pedía agua), países ricos y otros que están entre los más pobres del mundo, como Burkina Faso, que sin embargo tiene un festival admirable, y siempre, en todas partes, las rutas marcadas por los esclavistas. Una maravilla, el viejo tren victoriano desde Dar es Salaam hasta Cape Town, en partes abandonado, y todo eso. Tu imaginación vuela, y luego descubres el famoso «mal de África» que decían los ingleses: juras no volver nunca más, y al poco tiempo ya quieres volver.

P.: ¿Todos los años vuelve a Zanzíbar?

F.F.: Hay que conocer esa isla, sus aguas de colores tan hermosos, el aroma del clavo de olor, construcciones de madera de cinco pisos, puertas talladas, los festivales de música, platos de langosta muy baratos, comida hindú, los espectáculos al aire libre en el fuerte viejo, con el mar al fondo, y la gente, muy cálida, que te hace sentir integrado. ¿Sabía que Freddy Mercury nació y pasó allí su niñez?

P.: ¿Usted desde chico quería irse al África?

F.F.: No es que un día me levanté con ganas de ir. Pero mi madre, mis abuelos, me hicieron sentir que había algo más allá del mar, digno de conocerse. Los abuelos eran de Ortona, sobre el Adriático, vinieron después de la guerra y se quedaron anclados en la pampa chata, siempre soñando con volver. Cuando la abuela enfermó, se gastaron lo poco que habían juntado, para que ella muriera en su paese. Pero una vez allí, mejoró tanto que los parientes nos obligaron a traerla de nuevo. Al final murieron acá, y recién el año pasado, al fin, viajamos hasta Ortona y depositamos sus cenizas en el mar que tanto habían añorado. Qué cosa, yo he recorrido ya 33 países, viajo todos los años, y ése fue el único viaje grande que hizo mi padre. Lo suyo es otra cosa: todos los días ida y vuelta de Carapachay al Once, manejando un colectivo de la línea 19, desde jovencito. Yo también empecé a trabajar muy joven, fui vendedor de rosas en la calle, caddie, limpié tumbas, reciclé basuras, solo que viví en otra época, con mayores posibilidades de movimiento. En 1996, apenas terminado el secundario, había ahorrado lo suficiente como para encarar mi primer viaje a Europa. Y desde entonces no he parado. Bueno, ¡un poco más y escribo el libro de la familia!

Entrevista de Paraná Sendrós

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