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De Boulogne a Tanzania: el argentino que creó “Africala”
Flavio Florencio, junto a la ministra de Cultura de Tanzania. El argentino creó «Africala», el primer festival de cine africano de América Latina.
F.F.: Estudiaba filología árabe y cine documental. Un día fui a una agencia de viajes, el lugar más seguro y barato era Egipto, y de ahí fui bajando a la región de los grandes lagos, esos lugares sobre los que había leído cuando niño, la historia de Livingstone y Stanley, todo tan emocionante, y tan lleno de contradicciones. Hay zonas tremendamente húmedas y a pocos kilómetros el desierto (yendo a Tombuctú la gente en vez de comida pedía agua), países ricos y otros que están entre los más pobres del mundo, como Burkina Faso, que sin embargo tiene un festival admirable, y siempre, en todas partes, las rutas marcadas por los esclavistas. Una maravilla, el viejo tren victoriano desde Dar es Salaam hasta Cape Town, en partes abandonado, y todo eso. Tu imaginación vuela, y luego descubres el famoso «mal de África» que decían los ingleses: juras no volver nunca más, y al poco tiempo ya quieres volver.
P.: ¿Todos los años vuelve a Zanzíbar?
F.F.: Hay que conocer esa isla, sus aguas de colores tan hermosos, el aroma del clavo de olor, construcciones de madera de cinco pisos, puertas talladas, los festivales de música, platos de langosta muy baratos, comida hindú, los espectáculos al aire libre en el fuerte viejo, con el mar al fondo, y la gente, muy cálida, que te hace sentir integrado. ¿Sabía que Freddy Mercury nació y pasó allí su niñez?
P.: ¿Usted desde chico quería irse al África?
F.F.: No es que un día me levanté con ganas de ir. Pero mi madre, mis abuelos, me hicieron sentir que había algo más allá del mar, digno de conocerse. Los abuelos eran de Ortona, sobre el Adriático, vinieron después de la guerra y se quedaron anclados en la pampa chata, siempre soñando con volver. Cuando la abuela enfermó, se gastaron lo poco que habían juntado, para que ella muriera en su paese. Pero una vez allí, mejoró tanto que los parientes nos obligaron a traerla de nuevo. Al final murieron acá, y recién el año pasado, al fin, viajamos hasta Ortona y depositamos sus cenizas en el mar que tanto habían añorado. Qué cosa, yo he recorrido ya 33 países, viajo todos los años, y ése fue el único viaje grande que hizo mi padre. Lo suyo es otra cosa: todos los días ida y vuelta de Carapachay al Once, manejando un colectivo de la línea 19, desde jovencito. Yo también empecé a trabajar muy joven, fui vendedor de rosas en la calle, caddie, limpié tumbas, reciclé basuras, solo que viví en otra época, con mayores posibilidades de movimiento. En 1996, apenas terminado el secundario, había ahorrado lo suficiente como para encarar mi primer viaje a Europa. Y desde entonces no he parado. Bueno, ¡un poco más y escribo el libro de la familia!
Entrevista de Paraná Sendrós


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