2 de octubre 2014 - 00:00

De la luna de miel al aislamiento, sin escalas

La tercera fue la vencida para Juan Carlos Fábrega. Ya en dos ocasiones había puesto su renuncia a disposición de la Presidente. La primera fue en enero, cuando se hizo cargo de la devaluación, que llevó el dólar oficial de $ 6,50 a $ 8. La segunda fue el 30 de julio, luego de que se cayera el acuerdo que el propio Fábrega había negociado con los banqueros locales para evitar el default. Pero el discurso de anteayer de Cristina, en el que dio a entender que desde el BCRA les anticiparon a los bancos las medidas cambiarias (puntualmente una reducción de la posición de cambios) fue la gota que rebalsó el vaso.

Para el ahora expresidente del Central, se trató de un golpe inesperado, aunque sus disputas con el ministro de Economía, Axel Kicillof, venían de larga data. "Me metieron en el ring y me sacaron el banquito", les decía ayer Fábrega a quienes lo acompañaron en el BCRA en el momento de la despedida. Su presencia en primera fila del acto de ayer había sido solicitada por la propia Cristina de Kirchner un par de horas antes del acto. Hace más de un mes y medio que no concurría a actos oficiales. Allí mismo recibió el impacto. La cara de sorpresa que captaron las cámaras de televisión lo dijo todo. Salió de la Casa Rosada con la certeza de que no había marcha atrás.

En el encuentro que mantuvo a solas con Cristina en Olivos, la Presidente buscó explicarle -sin éxito, pero tampoco con demasiado énfasis- que las críticas no eran para él, sino "para otros que trabajan en el Central". Pero rápidamente Fábrega explicó que la renuncia esta vez sí resultaba indeclinable.

Detrás quedaron diez meses turbulentos de gestión, que pasaron por todos los estados de ánimo, al compás de la evolución del "blue". Fábrega se alió de entrada con el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, con quien se manejó en tándem durante casi toda su gestión. Con él imaginó un 2014 muy diferente del que se terminó dando: el plan era bajar la inflación real a niveles del 20%, negociando paritarias que no superaran el 22% o el 23%, apuntando al mismo tiempo a una drástica reducción de la brecha cambiaria. Pero nunca hubo sintonía con Kicillof para llevar adelante el plan.

Su mejor momento llegó a fines de enero, cuando consiguió ponerle un freno a la escalada del "blue", que en las tres primeras semanas del mes, es decir no bien arrancó el año, pasó de $ 10 a $ 13. Devaluó el dólar oficial, subió las tasas de interés e incrementó fuerte la absorción de pesos. Así consiguió bajar la fiebre y vivió una "luna de miel" que duró prácticamente hasta mayo, cuando reaparecieron algunas tensiones cambiarias.

En el medio explicitó su plan de cuidar las reservas contra viento y marea, autoimponiéndose un compromiso que hoy luce imposible de cumplir: llegar con u$s 28.000 millones a fin de año.

Ese equilibrio inestable en el que transitó la economía argentina, alentada fugazmente por el acuerdo con Repsol y el Club de París, se terminó de evaporar con el revés en la Justicia neoyorquina. El plan que negoció con los banqueros para acordar con los fondos buitre fue vedado casi a último minuto por Kicillof y la Presidente.

Fábrega nunca se recuperó de todo del impacto de aquel "ninguneo". Aceptó una insólita baja de tasas a pocos días de haberse entrado en cesación de pagos, exigida desde Economía, pero dos semanas después la corrigió. Pero no hubo mucho más en estos últimos dos meses: tocó poco y nada el tipo de cambio oficial, bajó del 30% al 20% el nivel de posición general de cambios de los bancos y en el medio estipuló un esquema de tasas máximas que no conformó a nadie.

Le deja una tarea pesadísima a su sucesor, Alejandro Vanoli. Pero no es su culpa, sino de una política económica cada vez más inconsistente. De aquí hasta fin de año, el Tesoro precisa $ 90.000 millones para tapar el agujero fiscal. Hasta qué punto podrá ser financiado con emisión monetaria es algo que recién quedará claro en un par de meses.

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