3 de diciembre 2010 - 00:00

De paseo o de compras por el Chinatown porteño

De paseo o de compras por el Chinatown porteño
Entre cuatro manzanas, en un radio que abarca las calles Arribeños, Blanco Encalada, Libertador y Juramento, existe un rincón de la Ciudad, desconocido para muchos, por donde cada fin de semana circulan más de 20 mil personas. Se trata del Barrio Chino, llamado por algunos Barrio Oriental, por alojar no sólo a chinos, sino también a taiwaneses, japoneses, coreanos, vietnamitas y tailandeses.

No tiene semejanzas con los grandes chinatowns como los de Nueva York o San Francisco, por mencionar algunos. Pero hay tanto para ver y recorrer en este sector lindero a las Barrancas de Belgrano que una visita puede ocupar casi todo el día. Para pasear, lo ideal es ir de martes a viernes (el lunes es día de descanso), aunque el barrio muestra todo su potencial y particular colorido los sábados y domingos.

Empezar por Arribeños y Juramento tiene su encanto. Allí, un arco de ingreso con letras chinas en su fachada anuncia el comienzo de un singular recorrido por restoranes, locales de souvenirs repletos de llamadores que «ahuyentan los malos espíritus», supermercados con productos exóticos, puestos callejeros de comida al paso y tiendas en donde los vendedores no hablan castellano.

Llama la atención el abrupto cambio de fisonomía del barrio de Belgrano. Basta caminar un par de metros por Arribeños para comenzar a observar decenas de carteles escritos en mandarín. Entre farolitos rojos, lámparas y sombrillas de papel, los vendedores (algunos vestidos con kimonos y con prendas de cuello mao) intentan explicar, algunas veces en vano, el significado de los accesorios que se exhiben en las regalerías. Los gatitos dorados de la «abundancia» mueven su mano sin cesar entre inciensos importados, pomadas para calmar los dolores, budas, bolas antiestrés y sahumerios a granel. Los detalles «kitsch» llaman poderosamente la atención, a veces por novedosos y otras porque rozan lo bizarro.

Vale la pena entrar a las librerías que alquilan cómics y novelas. Pero sólo es posible observar, mirar las tapas y dejarse llevar por la imaginación, porque no hay una sola edición en español. Para ser socio hay que pagar una seña de 15 pesos. El alquiler, por tres días, oscila el peso con cincuenta. Casi todas son de origen taiwanés.

Algo parecido ocurre en los videoclubes. Exhiben una extensa colección de cinematografía china sin subtitulados ni traducción al inglés ni al español. Lo curioso, en este caso, es la modalidad de alquiler. Generalmente los clientes se llevan hasta 30 DVD y tienen hasta dos meses para devolverlos.

Los salones de belleza también son exclusivos para la comunidad oriental, salvo para algún que otro extranjero que debe comunicarse por señas con peluqueros, manicuras y coloristas que no hablan una palabra en castellano y ante cualquier pregunta responden: «No entiendo».

El Feng Shui es otro clásico en la zona. Este arte milenario dejó de ser una práctica oriental para ser incorporado al trabajo de muchos decoradores y arquitectos argentinos. La gente llega en busca de objetos que serán los encargados de darle armonía a la energía de una casa, empresa o negocio.

El sello distintivo

Los supermercados merecen un capítulo especial. Los aromas, en muchos casos, son desagradables, pero a los pocos segundos el olfato se acostumbra y al rato se hace casi imperceptible. Tampoco resulta agradable ver canastos repletos de garras de gallina (la Argentina es uno de los principales exportadores de este corte que en China es considerado gourmet), cabezas de ganso y paquetes de sangre coagulada, entre otras excentricidades.

En ocasiones se ve a reconocidos chefs mezclarse con turistas y porteños entre las góndolas de Casa China, el mercado más importante. Llegan en busca de hongos shiitake, salsas de soja de toda clase, té en todas sus variedades (jazmín, rojo de ginseng, verde), sal trufada, pulpa de arándanos, aceite de sésamo, pescados frescos, fideos de arroz y de batata. También hay harinas varias, cereales, arroces, semillas, hierbas aromáticas, productos orgánicos, aderezos, algas en placas o desmenuzadas, yerba mate (Sol de Oriente) y un sinfín de enlatados y bebidas con etiquetas extrañas, algunas muy recomendables, como la leche de coco o el té con leche, ambas para beberlas bien heladas.

Lo más solicitado son los sushi rolls. Hay de kanikama y queso philadelphia, salmón ahumado y crudo, vegetarianos, etcétera... a precios muy accesibles (entre $ 10 y $ 17), si se lo compara con cualquier delivery o restorán. Por cada rolls salen aproximadamente 12 porciones.

En la verdulería se consigue melón chino, margaritas, clavelinas, raíces de jengibre y nabo, bambú, pepino japonés, maracuyá, mango, lima e inclusive litchi, de piel roja rugosa y pulpa bien dulce. Y entre las bebidas alcohólicas se destacan el vino de arroz (para cocinar sushi), la cerveza japonesa, el licor de ciruela y el conocido sake, que se vende hasta en botellones.

Saber qué comprar

Como la mayoría de los productos son desconocidos, siempre hay alguien dispuesto a evacuar cualquier duda. Es fundamental saber qué comprar en vez de adivinar, estar dispuesto a probar nuevos sabores y dejarse tentar por el colorido de las etiquetas. Una opción interesante es el humo líquido, que se utiliza para darle sabor ahumado a las comidas. Otra alternativa que generalmente se adapta a cualquier paladar son los arrolladitos primavera, de verdura y de carne con cebolla. Se comen con un toque de salsa de soja o agridulce y están incluidos en todas las cartas de los restoranes de la zona y puestos de comida al paso.

Si de gastronomía se trata, en el Barrio Chino hay que dejarse llevar por los aromas. Una opción es comer al paso, otra es entrar a un restorán. Todas las cartas incluyen chaw fan, chop suey, sopa de crema de centolla, rack de cordero frito, mariscos y arrolladitos primavera. Hasta ahí, cualquiera se anima. Pero la carta es extensa: ravioles a la plancha y de brotes de bambú, pollo a los tres aromas (albahaca, ajo y jengibre), cerdo con salsa agridulce, langostinos perfumados con leche de coco. Hasta sushi hecho por los chinos, que es menos «artesanal» que el japonés. Y un clásico: pato entero a la salsa de soja, aunque este plato sólo se consigue en un local ubicado en Arribeños al 2100, especializado en auténtica comida china.

Para los que prefieren los puestos callejeros, ubicados generalmente en mesas frente a las fachadas de los mercados, el menú se reduce a bolitas de pescado, pinchos de pollo frito, chow fan, fideos de arroz (y de otras variedades), arrollados (de arroz, hongos y maní) y chorizos de cerdo. No mucho más.

El problema llega a la hora de elegir el postre. No hay demasiado para escoger y lo poco que ofrecen no suele resultar agradable para la mayoría de los occidentales. Lo más aconsejable: manju acompañado con té verde. El manju es un bollito de masa relleno con dulce de porotos aduki que, según dicen, por sus propiedades, protege el riñón y además contiene proteínas y fibras que equilibran la absorción de azúcar. Es muy utilizado por las civilizaciones de Oriente y, desde hace unos años, también en Europa y Estados Unidos. Vale la pena animarse.

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