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De Trump, Hillary y la eterna polémica sobre los debates
El tema estuvo muy presente en la última campaña electoral argentina, que tuvo en el cara a cara entre Mauricio Macri y Daniel Scioli un primer mojón indudablemente saludable.
Sin embargo, no pudo decirse en aquella ocasión que el mismo haya sido fundamental para inclinar la balanza en la segunda vuelta del 22 de noviembre, lo que algunos analistas atribuyeron a la rigidez de un formato demasiado cuidado y que no facilitaba precisamente el intercambio directo.
Lo que se ve en otros países, como en el cercano Brasil o como lo mencionado en Estados Unidos, responde a una gimnasia mucho más aceitada, con formatos atractivos que permiten tanto la exposición serena de un tema por algunos minutos como un diálogo posterior que habilita, incluso, interrupciones , chicanas dolorosas y modos poco cordiales.
El lunes a la noche, por caso, medios especializados contabilizaron veintisiete interrupciones de Donald Trump a Hillary Clinton, contra cinco de ésta contra aquel. Es más, si se suman las intervenciones del moderador, la demócrata fue interrumpida en setenta ocasiones y el republicano, en cuarenta y siete. La polémica estuvo más que garantizada.
Ahora bien, ¿quién ganó y quién perdió? O, mejor, ¿cómo se determina eso?
Sigamos utilizando el debate estadounidense a modo de ejemplo. Según la CNN, el 62% de los televidentes vio más sólida a la exsecretaria de Estado contra un 27% que valoró mejor al empresario. En tanto, otra cadena, CNBC, dio como vencedor a Trump por un margen de 65% a 35%.
Los debates presidenciales apuntan a un público motivado por la política que, normalmente, ya tiene una idea preconcebida de lo que va a ver, de sus preferencias y de los puntos débiles del postulante que peor considera.
En un sentido, se trata de espectáculos en los que cada candidato convence a quienes ya están convencidos. No sorprende entonces que esos sondeos en caliente entre los televidentes arrojen resultados que, después, no tienen un correlato en los sondeos de intención de voto propiamente dichos.
Así, la verdadera pelea se da por el favor de los indecisos. Pero también éstos llegan al intercambio con alguna inclinación, aunque sea mínima, y difícilmente se los pueda considerar como observadores pasivos y vírgenes.
Sin embargo, claro, toda regla tiene su excepción. Y esta, invariablemente, alude al debate pionero del 26 de septiembre de 1960 entre un joven, vigoroso y telegénico John F. Kennedy y un avejentado, hosco y sudoroso Richard Nixon. Una excepción, está dicho. Los debates electorales por televisión son compromisos en los que, antes que nada, hay que evitar el papelón, que es lo único que puede volcar de verdad la balanza.
¿Se trata de meros espectáculos, entonces, de instancias sin un valor concreto? De ninguna manera.
Lo más interesante de los debates es que los candidatos se vean obligados por las expectativas sociales a ponerse al nivel del ciudadano, a someterse, a través de los dichos de sus oponentes, a los cuestionamientos que hacen también los hombres y mujeres de a pie. Esto es particularmente claro cuando uno de los participantes es un presidente en ejercicio, que por una hora y media o dos debe "bajar", ponerse en pie de igualdad con un rival y perder el halo de protección que da el poder.
La Argentina inauguró el año pasado lo que, es de esperar, derive en una tradición. Simbólicamente valiosa, aunque sirva de poco para definir elecciones.


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