Mariano Recalde, flamante presidente de Aerolíneas Argentinas, eligió el «estilo Kirchner» para su primer acto de gobierno y atacó duramente a las publicaciones que recordaron en sus páginas los problemas de puntualidad de la aérea reestatizada, así como su creciente déficit operativo, que ya ronda el millón y medio de dólares diarios.
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Y si bien desde las cercanías del abogado laboralista, hijo del diputado por la CGT Héctor Recalde, insisten en que lo primero que hará la nueva conducción será «eficientizar el uso de los recursos de Aerolíneas/Austral», hay razones para pensar que el joven ejecutivo designado por Julio De Vido no hundirá el cuchillo en áreas que necesariamente deberían reducirse, básicamente el número de pilotos que vuelan (o cobran sin volar) para la empresa.
En un duro comunicado Recalde -tras anunciar que asumió como presidente en una reunión de directorio- carga contra «un matutino» -sin identificarlo- que (según él) habría falseado datos sobre la puntualidad de los vuelos de Aerolíneas y lo justifica: «Hay algunos interesados en que a Aerolíneas Argentinas le vaya mal».
En lo que hace a su asunción, es llamativo que su designación se haya realizado sin el acuerdo de los accionistas mayoritarios que, hasta que termine el juicio de expropiación, siguen siendo los españoles de Marsans. En la misma reunión se confirmó la designación de Eduardo de Pedro -íntimo amigo de Recalde hijo- en reemplazo del renunciante Héctor García Cuerva (tendría destino en el Ministerio de Justicia, en un despacho cercano de Julio Alak) y la confirmación de Juan de Dios Cingunegui (designado vicepresidente) y Gustavo Simeonoff.
Al recordar que en tiempos en que la empresa era manejada por Marsans su índice de puntualidad rozaba 38%, y que en el período enero-junio subió a 77%, Recalde incurre en la misma omisión que viene cultivando el Gobierno desde que decidió reestatizar la compañía: la total incidencia de la «voluntad» (o no) de los pilotos para decolar en horario. Con Marsans el gremio de los comandantes (APLA), que encabeza el piloto presidencial Jorge Pérez Tamayo, no mostró «voluntad» alguna, virtud que «recuperó» al cambiar la empresa de manos y pasar el gremio a controlar la clave Gerencia de Operaciones.
Recalde, de todos modos, admite que entre el 1 y el 7 de julio se registró «un pico de impuntualidad, aún mayor a la registrada por (...) la fuente informativa, hecho que se vincula directamente con la implementación del nuevo sistema de despacho de vuelos Air Cops», pero asegura que esa falla se revirtió en la semana siguiente.
La polémica que genera Aerolíneas fue recogida por el diputado Claudio Lozano (Proyecto Sur), que despotricó ayer contra los fondos que destina el Gobierno a mantener la empresa. Quien salió a cruzarlo fue el propio secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, que lo acusó de no haberlo escuchado «cuestionar la gestión de Antonio Mata, al frente del grupo Marsans, que fundió Aerolíneas». Lozano había cuestionado también el nombramiento de Recalde, de quien (por su condición de letrado laboralista) cuestionó su idoneidad para conducir una empresa aerocomercial. «Estamos en el terreno del disparate», argumentó el economista-diputado en relación con la designación de Recalde, a la falta de un plan aeronáutico y a la constante infusión de fondos oficiales a las arcas de Aerolíneas para paliar déficit.
«Yo no voy a hacer una defensa de la persona de Mariano Recalde, porque la defensa va a ser su gestión en el transcurso del tiempo. Serán los hechos los que hablen y marquen la impronta de su trabajo», le respondió Schiavi a la distancia.
Si estas polémicas se le agrega la fuerte caída de los viajes aéreos por la crisis internacional, la reducción del turismo y los efectos de la gripe porcina, más los inminentes reclamos de los cinco gremios aéreos que se avecinan una vez cumplido el plazo de la «paz social» pactada con el entonces secretario Ricardo Jaime, la gestión de Recalde sin dudas atravesará no pocas turbulencias, difíciles de superar hasta para el comandante más avezado. Sergio Dattilo
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