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Derechos humanos y política: un dilema francés
Este «sincericidio» no pudo menos que incomodar a un país que se considera cuna y abanderado de esa causa. Pero el funcionario no hizo más que blanquear un dilema. Luego de un año y medio de experiencia, llegó a la conclusión de que «no se puede dirigir la política exterior de un país únicamente en función de los derechos humanos; dirigir un país lo aleja a uno de cierto idealismo ingenuo». Tamaña sinceridad no les está permitida a los funcionarios de Estado. Pero Kouchner, 68 años, no es un dirigente surgido de la política sino de la acción humanitaria. Fundador de una de las ONG más exitosas del mundo, Médicos sin Fronteras (Nobel de la Paz 1999), su captación por el gobierno de derecha fue un éxito del presidente Nicolas Sarkozy en su política de seducción del progresismo.
Claro que, una vez iniciada la gestión, estallaron las contradicciones. Como cuando Rama Yade, titular de la Secretaría de la cual Kouchner hoy se arrepiente, dijo, en ocasión de la visita del líder libio Muamar Kadafi, que Francia no era «un felpudo sobre el cual un dirigente» podía venir «a quitarse de los pies la sangre de sus crímenes». O cuando Kouchner se dijo favorable a un boicot a la apertura de los Juegos Olímpicos en Pekín, pero luego tuvo que dar una violenta marcha atrás porque Sarkozy decidió asistir al evento. Ahora, el presidente francés recibió al Dalai Lama, líder religioso del Tíbet, actitud que la agencia oficial china calificó como «oportunista».
En esta materia, a mayor hipocresía, mayor dilema. Cuanto más se gesticula con los derechos humanos, más difícil resulta luego explicar el realismo que, en nombre de los «intereses permanentes», lleva a abdicar de los principios. En campaña, Sarkozy había hecho suya una teoría de Kouchner. Es la que, haciendo a un lado el principio de no intervención en los asuntos internos de otra nación, proclama el «deber de injerencia» cuando están en juego los derechos humanos.
Consultado sobre los recientes dichos de Kouchner, Stephan Oberreit, director de Amnistía Internacional Francia, dijo: «Esta frase es chocante. Sería un regreso terrorífico a la Realpolitik. Hoy se tiene la impresión de que hay un doble criterio: a veces se puede hablar de los derechos del hombre y a veces se habla de negocios».
Si lo sabremos los argentinos. Cuando las religiosas francesas Léonie Duquet y Alice Domon fueron secuestradas por grupos de tareas de la Marina, Francia estaba negociando la venta de armas al gobierno de facto, por caso, los famosos misiles Exocet. No hubo por lo tanto ninguna intervención vigorosa por parte de ese país en defensa de sus compatriotas. Años más tarde, bajo gobiernos argentinos democráticos que no compraban armamento, París juzgó a los represores en ausencia, proclamando: «Francia no olvida».
La misma disyuntiva se le presenta al gobierno argentino que dice haber hecho de los derechos humanos una política de Estado. En febrero de 2008, Cristina Fernández de Kirchner recibía al dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, y le reclamaba en público mayor respeto por los derechos humanos. Meses más tarde, en noviembre pasado, la Presidente emprendió una gira por el norte de África visitando a más de un dictador, pero el tema humanitario no estuvo en la agenda. Asimismo, el martes pasado se manifestó honrada «por visitar por primera vez a la madre Rusia», y tampoco esta vez se trató el tema de los atropellos a las libertades públicas.


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