9 de diciembre 2008 - 00:00

Desafío de Obama: cambiar el discurso bello por acción frente a la crisis

Las Bolsas suben a cuenta de las promesas del presidente electo. De los dos gobiernos que comparten el centro de la escena en los EE.UU., no hay duda de que el de Barack Obama es el más eficaz. Su retórica es imbatible. Y, a su influjo, la fe parece mover montañas. Lo mejor de la comunicación de Obama no es el mensaje -que rasga cuerdas acertadas, pero previsibles-, sino el manejo impecable de los tiempos. Tras el sombrío informe de destrucción de empleo de noviembre, qué momento más oportuno para fijar posición sobre la conveniencia de un plan fiscal de aliento a gran escala y a favor del rescate de las tres automotrices de Detroit (con condiciones). Qué mejor definición que poner el acento rotundo sobre la urgente necesidad del estímulo por delante de los avatares de un déficit público creciente. Sin descuidar la cobertura: consta en autos un discurso de Obama, dos semanas atrás, sobre la importancia de la disciplina fiscal de largo plazo. Mientras tanto, el presidente George Bush guarda insólito silencio de radio. Nunca mejor dicho que el que calla, otorga.

Nadie duda de que la infraestructura recibirá una inyección de gasto como no se observaba desde los años de Eisenhower. Esa convicción milagrosa se construyó sin desempolvar un solo dólar. La fe en Obama sobrevuela una realidad morosa y mezquina. Debido a que el tiempo es oro, se suponía que el plan fiscal alumbraría en la transición -al calor de un esfuerzo bipartidario-, pero no hay señales de una faena en conjunto. De igual modo, el Tesoro precisa destrabar la segunda mitad de los recursos del Plan Paulson (350 mil millones de dólares), pero la gente de Obama, cuando se le solicitó su respaldo ante el Congreso, prefirió tomar distancia. No se comprometió en público.

La recesión comenzó en diciembre de 2007. Tal el dictamen definitivo de la National Bureau of Economic Research. La depresión es más reciente. Data de setiembre. Se podrá discutir la primera aseveración. La economía, después de todo, protagonizó un segundo trimestre vibrante. Pero existen recesiones con crecimiento suave del producto bruto (un 0,7%, el último año, al tercer trimestre). Se trata, pues, de una leve contracción del producto per cápita (y, créase o no, de una caída más pronunciada del ingreso per cápita, aunque debería ser un calco, por problemas de medición).

Es posible confundir un gato montés con un animal doméstico, pero una depresión es un felino de otro tamaño. Y a su paso deja una estela de terrible ferocidad. Son sus huellas las que se rastrean desde tres meses atrás. Todavía en junio y julio -basta hurgar en archivos para corroborarlo- los bancos centrales promovían una suba de tasas de interés para limar asperezas (el Banco Central Europeo la ejecutó a principios de julio). Ocurrida la bancarrota de Lehman Brothers, la amenaza de una depresión cambió el eje de raíz. Hasta el reticente Banco Central Europeo debió plegarse de apuro estrenando un recorte de tres cuartos de punto que nunca antes había osado ensayar.

La recesión destruyó 1,9 millón de puestos netos de empleo en los EE.UU. De ellos, 1.256.000 se hicieron trizas a partir de setiembre. Las dos últimas recesiones en registro en los EE.UU. habían durado ocho meses cada una (en 1990-1991 y 2001). En sus primeros ocho meses, la contracción actual pulverizó empleos a razón de 80 mil cada treinta días. En los últimos tres meses, la cuenta arroja un saldo negativo de 420 mil. En noviembre fueron 533 mil (o, según la encuesta de hogares, 673 mil). Sin visos de pronta moderación. Ocurre que muchos más puestos de trabajo -sobre todo aquellos vinculados a Detroit- están en la cuerda floja. La tasa de desempleo, que marcó los mínimos del ciclo en un 4,4% en marzo de 2007, trepó al 5,7% en julio y saltó un punto completo en los cuatro meses a noviembre. El desaliento -reflejado en el retiro de 422 mil personas de la fuerza laboral sólo en noviembre- impidió una escalada aún más agresiva.

Hay variedades múltiples de recesiones. Como se dijo, las hay, inclusive, con crecimiento suave. Pero las depresiones vienen en un único formato de contracción brutal. La caída del empleo no deja margen de duda. Si se toman octubre y noviembre y se cotejan con julio y agosto, se observa una destrucción de empleo (anualizada) del 4,6%. No hay mucho resquicio, pues, para que un aumento de la productividad mitigue el daño real. Si se escarba, sector por sector, se advierte una gravedad desconocida. La crisis, desatada en setiembre, no se llama a sosiego. En noviembre, la ocupación se derrumbó un 1,6% en el transporte, un 2,5% en la construcción, un 3,7% en la manufactura del cuero y un 4,4% en la industria textil. Más del 70% del arco de actividades privadas -tomando 274 renglones diferentes- participa de la expulsión de empleo.

¿Cuánto caerá el PBI en el cuarto trimestre? La contabilidad no será agradable. De hecho, el empleo se hunde, pero mucho más se precipitan las horas trabajadas. Una primera estimación revela una caída del 6,3%. Diciembre debería suavizar la lectura final, dado que su comparación será con un setiembre ya deprimido. Pero no modificará la cuestión de fondo. El discurso de Obama podrá servir de bálsamo temporario. Pero cuando estas cifras se difundan, a fines del próximo enero, ya con el gobierno demócrata en funciones, más vale que la acción oficial secunde a las bellas palabras con el trazo enérgico que se promete desde el atril.

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