Desde Rotterdam, con el mejor Rachmaninov

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Orquesta Filarmónica de Rotterdam. L. Slatkin (director). Obras de W. A. Mozart, F. Schuy S. Rachmaninov (Nuova Harnia. Teatro Coliseo, 1° de julio).

Una de las visitas más esperadas del año, la de la Orquesta Filarmónica de Rotterdam y su director invitado, Leonard Slatkin, continuó la muy buena temporada que lleva adelante la asociación Nuova Harmonia, en un concierto que también ofició como cierre de una gira de la formación holandesa y el conductor norteamericano.

Si bien se trató de una muy buena versión, no fue en la obertura de «Las bodas de Fígaro» de Wolfgang Amadeus Mozart donde la orquesta y Slatkin impresionaron más, dejando en los oyentes la impresión de que se hubiera podido profundizar el trabajo dinámico y de articulación. La intensidad comenzó a subir con la «Sinfonía en si menor», la célebre y genial «Inconclusa» de Franz Schubert (autor que por otra parte cuenta con numerosas obras inacabadas en su catálogo). Slatkin realizó una tarea sutil en lo que respecta al fraseo, aspecto preponderante de esta obra nacida de la imaginación de uno de los más grandes melodistas de la historia. Respondiendo fielmente a la gestualidad precisa y sin ampulosidades del director, el ensamble exhibió un empaste inmejorable de la cuerda, maderas de gran expresividad y bronces sólidos.

La segunda parte del programa estuvo abarcada por la «Sinfonía en mi menor» número 2, opus 27, de Sergei Rachmaninov, extraordinaria -y difícil- partitura en la que el compositor ruso logró aunar formalismo y creatividad. Aquí la orquesta y Slatkin (quien dirigió íntegramente de memoria) llegaron al punto más alto, destacándose el sutil y eficaz uso del «rubato» -especialmente en el primer movimiento-, claridad e intensidad en la dinámica. La lectura del director puso de relieve el lirismo del maravilloso «Adagio», las líneas contrapuntísticas hábilmente trazadas por Rachmaninov, y se pudo advertir también cómo un trabajo meticuloso de arcos puede otorgar riqueza al resultado sonoro.

Como bis (y en retribución a una ovación cálida y espontánea), una versión inolvidable de la primera de las «Danzas húngaras» de Johannes Brahms, colofón ideal para un concierto que logró subir -al menos por un par de horas- la temperatura de una de las noches más frías del invierno.

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