2 de septiembre 2009 - 00:00

Desopilante epistolario de Magnus

Desopilante epistolario de Magnus
Ariel Magnus «Cartas a mi vecina de arriba» (Bs.As., Norma, 2009, 144 págs.) 

¿A quien podría interesarle leer una serie de cartas que un hombre dirige a su molesta vecina del piso de arriba? ¿Cómo hacer que ese epistolario se convierta en una atrayente novela? Utilizando ese procedimiento que Anton Chejov volvió clásico, en su monólogo «De los daños que causa el tabaco», de empezar a exponer algo para terminar hablando de sus dramas personales.

Ariel Magnus, que ya sorprendiera con a su premiada obra «Un chino en bicicleta», logra una nueva novela desopilante.

El narrador de este libro que, para hacer que su versatilidad literaria sea verosímil, es un frustrado escritor de unos 30 años, sufre el molesto taconeo de la vecina del piso de arriba, una señora de unos 70 años. Para que la anciana dama tenga alguna consideración con él comienza a pasarle cartas por debajo de la puerta. Son cartas reclamantes, quejosas, amistosas, agresivas, seductoras, distanciadas, pornográficas, perdonadoras, ensayísticas, insultantes, donde hasta se permite momentos en que hace surgir la apariencia de un diálogo que no existe o inventa volantes publicitarios de zapato. Nunca consigue su objetivo, que acaso es su justificación para no hacer lo que tendría que hacer.

El escritor que le ruega un poco de silencio a su vecina para poder concentrarse, eso dice, utiliza todos los procedimientos de la galería de la retórica (uno de esos juegos en los que se complacía el genial patafísico Raymond Queneau, por caso en sus famosos «Exercices de style») y muestra una vez más que el aserto de Walt Whitman «soy vasto, contengo multitudes» es una trivialidad. El escritor que molesto por eso que le viene de arriba (que podría en su polisemia ser considerado como una metáfora del poder y del arbitrariamente humillado) se muestra en una dimensión coral, como un conjunto de individuos, donde para que todo sea más destartaladamente humorístico, está por momentos poblado de datos que coinciden con el autor real, que detallan experiencias personales de Ariel Magnus. Referencias, por caso, a Alemania, lugar donde el escritor porteño estudió literatura española y filosofía.

Resulta una pena que haya dos momentos en donde el sentido cambia y hasta empobrece un texto de gran riqueza hasta allí, uno cuando se vuelve excesivamente delirante, y el final que para Aristóteles seria una reversión, y que suena a la explicación terapéutica de un caso, cosa que le hace perder la magia lograda.

M.S.H.

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