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DETENIDO ANOCHE EX JEFE POLICIAL DE MACRI POR ESCÁNDALO DE ESPIONAJE
El ex jefe de la Policía Metropolitana -fuerza que aún no está en la calle- del Gobierno porteño, Jorge Palacios, quedó anoche detenido en una comisaría de la Capital Federal a la espera de que lo indague hoy el juez Norberto Oyarbide por su implicación en el escándalo del espionaje. Horas antes, el ex jefe de Policía Osvaldo Chamorro, que lo había reemplazado en el cargo, fue despedido por Mauricio Macri por haberle encontrado en su computadora resultados de pesquisas sobre, entre otros, el jefe de Gabinete del propio Macri.
Jorge Palacios
Macri, que emprende el regreso hoy de Madrid, debe haber reflexionado sobre si era atinado comprometer tanto su mandato, cuando antes otros jefes porteños habían prosperado sin tener Policía propia. Uno de ellos, Fernando de la Rúa, fue presidente de la Nación.
Sin estos dos policías, la nueva fuerza queda a cargo del ministro de Seguridad, Guillermo Montenegro, a quien la crisis le produce un deterioro que hizo pensar hasta en su renuncia, pero que en la pelea de fondo surge también como ganador. Montenegro fue el primer funcionario que se enfrentó con el polémico Palacios, aún antes de que recibiese impugnaciones de los familiares de AMIA, porque frenó las pretensiones del ex comisario de manejar la nueva Policía en tres sectores clave: la academia, la auditoría interna y la compra de equipos. Montenegro, un ex juez que además es hijo de un militar, siempre sostuvo que la nueva fuerza de seguridad debía ser manejada por civiles y especialmente en esas tres áreas. En esa pelea Macri lo sostuvo a Palacios, a quien consideró el mejor policía que había conocido. Fue cuando participó del operativo de rescate del secuestro que sufrió en 1991. Desde entonces se hizo su amigo y lo impuso como organizador de la Policía Metropolitana apenas fue jefe de Gobierno. Lo sostuvo frente a las críticas de Montenegro y también ante las impugnaciones de los familiares de víctimas de la AMIA, hasta que fue procesado en el marco de esa causa.
La salida tumultuosa de estos policías precipitó por el escándalo de que un ex agente de la Federal apareciese participando en escuchas a un familiar de las víctimas de la AMIA, a un empresario del fútbol como Carlos Avila y a una interminable lista de políticos, periodistas y empresarios, cuando tenía un contrato en el Gobierno de Macri.
La impericia con la cual el Gobierno porteño manejó esta crisis quedará escrita en algún manual. Los funcionarios negaron contratos que existían y dejaron -todos, de Palacios a los ministros Montenegro y Mariano Narodowsky- que le estallara a Macri en las manos la pelea entre los federales que se quedan en la vieja fuerza que depende de Nación y los que se pasan a la Metropolitana, unos traidores para los primeros. ¿Pensó Macri alguna vez que sería incruenta la operación de quitarle a la Policía Federal su principal distrito de operaciones? Ahora, sin los comisarios y con mando civil, esta aventura puede prosperar con más suerte.
Como tantas desgracias que les ocurren a los políticos, esta crisis es el fruto de una mala lectura de malas encuestas. ¿Quién le pidió a Macri que crease una Policía? El jefe de Gobierno sostuvo el proyecto frente a la crisis de su propio partido exhibiendo sondeos que ponen a la seguridad como la principal demanda. Creyó que para eso tenía que crear una Policía: más aún, hacerlo en el lapso de su mandato de cuatro años, cuando una institución de esa naturaleza y complejidad lleva mucho más tiempo. No se da a luz una Policía; se termina teniendo una Policía.
Macri creyó que en una Argentina que no puede dar seguridad, en un subcontinente que no puede dar seguridad, Buenos Aires podría hacerlo como en una isla de la fantasía. En la Argentina hay inseguridad porque el Estado no puede habérselas ni con los delincuentes ni con la Policía. El ejemplo de Macri, que paga su inexperiencia en cargos ejecutivos -recién en 2007 alcanzó el primero- es otra prueba.
Como primerizo ha permitido, además, que en esta crisis se imponga la disparatada idea de que él ordenaba espionajes como método de gobierno. Lo que hizo fue rodearse ingenuamente de espías y policías que salpicaron sus zapatitos blancos. Como el creador de esa frase (Gustavo Béliz) debió saber en qué se metía. Podía haber gobernado en paz los muchos problemas de la Ciudad, pero se termina comprando peleas ajenas que no llega a entender.
Otra desgracia que hubiera evitado con más experiencia es que se le juntasen todos sus adversarios: quienes querían una Policía manejada por un civil como Montenegro, los «federales» de su gestión (Cristian Ritondo) que querían ellos manejar la seguridad, los Federales de la calle Moreno, que se cobrarán siempre caro que les saquen su principal dominio. Y la oposición política, que desde el Cromañón que le hizo él a Aníbal Ibarra, está esperando verlo caer por su propio Cromañón, es decir, por la judicialización de su gestión política. En su inquina, creen que éste puede ser el Cromañón de Macri.

