13 de enero 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La amenaza de Portugal se transformó, como por arte de magia, en un impulso impensado y muy favorable, gracias a una pequeña subasta que se supo administrar con tino. ¿Qué depara el horizonte de los mercados? La apuesta de Gordon Gekko, el «nombre de guerra» de un viejo conocedor de la arena financiera internacional, quedó ayer confirmada con creces: el rally de Wall Street cobra alas y, sin esfuerzos, clava nuevos récords.

Periodista: Tenía razón. El cielo no puede esperar. Las Bolsas saltaron como un resorte. El Dow Jones clavó nuevos máximos post-Lehman.

Gordon Gekko:
El rally corcovea de nuevo.

P.: ¿Otra vez al galope?

G.G.:
No creo que dé para tanto. Pero no hay problemas en avanzar al trote.

P.: Portugal zafó de la encerrona. Aprobó el examen de la subasta de bonos cuando nadie daba dos centavos por su suerte.

G.G.:
Mejor así.

P.: La corrida era contra la deuda portuguesa y terminó siendo a favor. ¿No es poco serio?

G.G.:
Si el asunto no fuera trágico, qué comedia tan atrapante. Lástima que ya no esté Alberto Sordi. Merkel, Sarkozy, Trichet. No es lo mismo.

P.: La licitación de bonos acabó sobresuscripta. La tasa de corte se hundió muy por debajo del fatídico 7%.

G.G.:
El bono a 20 años (no a 10) se colocó al 6,719% anual.

P.: ¿Dónde quedó la fuerte aversión de los días pasados?

G.G.:
Fuera de la subasta.

P.: ¿Cree que cambió la opinión de fondo sobre las chances de Portugal en remontar las dificultades?

G.G.:
Creo que lo visto ratifica lo que ya se sabía. La suerte de Portugal depende en demasía de la pericia de las autoridades europeas. Ya se comprobó que la incompetencia es letal. Y hoy (por ayer) se demuestra lo mucho que puede aportar un manejo medianamente avispado. No son recursos lo que falta, sino una dosis pequeña de inteligencia.

P.: ¿La subasta fue bien manejada?

G.G.:
Todo el mundo se pregunta si Portugal podrá nadar o no en el mar de sus dificultades. Bajo esa óptica, la licitación de hoy (por ayer) era apenas un vaso de agua.

P.: Un examen trivial. Sólo había que emitir 1,25 billón de euros.

G.G.:
Tal cual. Y la novedad fue que hubo demanda por dos vasos de agua. Demanda entre comillas.

P.: No cree que fuera genuina.

G.G.:
Qué más da.

P.: Comparto el punto. De ahí a deducir que Portugal será capaz de cruzar el mar de los Sargazos es una gran exageración.

G.G.:
El punto clave no es ése. Es más simple todavía: la experiencia de Grecia y de Irlanda nos dice que el examen pudo haber fracasado. No porque no se cubriera la emisión, pero sí porque hubiese sido necesario cerrarla a una tasa astronómica. Después de todo, Europa y su proyecto de integración se están ahogando en un tanque australiano con el agua a la cintura.

P.: El Banco Central Europeo (BCE) ayudó. Esta vez actuó rápido y no dejó que los rendimientos escalaran tras el chubasco de la semana pasada.

G.G.:
¿Y cuánto costó?

P.: No lo sé. ¿Cuánto?

G.G.:
Yo tampoco. Estima Nomura, el banco de inversión japonés, que entre el martes y ayer el BCE habrá comprado bonos portugueses por mil o mil quinientos millones de euros.

P.: Teniendo en cuenta lo mucho que hay en juego, es una moneda.

G.G.:
Es una fracción de centavo de lo que gasta la Fed en el QE2. Y, por cierto, no hay ninguna corrida sobre la deuda de los EE.UU. Mire las acciones españolas, ni siquiera le hablo de Portugal, y su frenética reacción tras despejarse los nubarrones.

P.: El Ibex de Madrid subió el 5,4%...

G.G.:
Estaba contra la pared. Esperando su turno ante el pelotón de fusilamiento. Aquí poco tienen que ver las cuentas fiscales. Es la propia vorágine de los mercados lo que lleva o trae países al matadero. Es una locura que las autoridades europeas hayan provocado esta dinámica, pero todavía más increíble es que la auspicien y miren de palco. Fíjese las cotizaciones de las acciones de los bancos españoles. Santander, BBVA, Sabadell, Bankinter. Todas treparon más del 9%.

P.: Da la impresión, escuchándolo a usted, y observando los acontecimientos, de que con bastante poco la situación se arreglaría.

G.G.:
No se engañe, el endeudamiento público, después de la tempestad que desató Lehman, es un tumor de gran tamaño. No afecta sólo a Europa. No va a desaparecer chasqueando los dedos. Pero lo que no tiene sentido, ningún sentido, es promover un suicidio en masa como remedio para sortear la incertidumbre de un pronóstico delicado. El suicidio sí es evitable con facilidad.

P.: ¿Cree que cambiará el enfoque?

G.G.:
Repase nuestras conversaciones en mayo -cuando Grecia se fue a pique- o en noviembre -cuando Irlanda tomó la posta- y verá que las soluciones para lograr una estabilidad financiera, que, por lo menos, le dé chances de éxito a una política de austeridad fiscal están esbozadas. No hay que inventar nada. Pero no se implementan.

P.: Se dice que Alemania está dispuesta a incrementar la capacidad de fuego del fondo de rescate.

G.G.:
Merkel se opuso en noviembre. Dijo que no era necesario porque Irlanda no agotaba los recursos disponibles. Lo pedía la propia gente del BCE. Incluyendo un halcón como Axel Weber, tan alemán como la primer ministro. Pero el mismo Weber, a la par, venía de abogar por la supresión del programa de compra de bonos públicos. Otro desatino que, por fortuna, no se ejecutó. Y si quiere puede citar a otro consejero, Juergen Stark, esos mismos días, afirmando que Europa ya había asegurado su recuperación económica y, en consecuencia, el BCE debía apurar el repliegue de las políticas de estímulo. Ahí tiene todos los ingredientes del problema. Los instrumentos están diseñados, pero usted no quiere o no sabe utilizarlos. Faltan visión y liderazgo y sobra terquedad.

P.: ¿Y cómo se sale del enredo?

G.G.:
A los golpes. Como ahora. Y créale a Merkel, cuando dice que se hará todo lo necesario para preservar la unión monetaria. Pero no será de buenas a primeras.

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