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Diálogos en Wall Street
Los mercados recobraron la templanza, aunque la oferta de problemas es más vasta que nunca. Japón preocupa menos, pero recrudeció la crisis árabe. Y, por si fuera poco, ayer fue el turno de Irlanda, a caballo de un rumor de default carente de asidero. En la entrevista que sigue, el experto en finanzas caracterizado como Gordon Gekko se aviene a trazar un recorrido por todo el mapa de los frentes irresueltos de conflicto.
Gordon Gekko: En Libia. Le contesto en el sentido más literal posible.
P.: Mortal para las personas, sí. Pero, ¿letal para los mercados? No es lo mismo. Compare la tragedia enorme que desató el tsunami en Japón -y su limitada repercusión en los mercados financieros- con el accidente de la planta nuclear de Fukushima. Fue este último, sin embargo, el que arrimó la zozobra.
G.G.: Seguro. Pero no se olvide tampoco de que no fueron hechos independientes. Tiene que anotar Fukushima en la abultada cuenta del tsunami.
P.: La obsesión nuclear perdió intensidad. Japón ya no quita el sueño.
G.G.: No hay mercado más desbordante, hoy por hoy, que el Nikkei.
P.: La radiación en aguas y alimentos es elevada. No será sencillo descontaminar la zona aledaña a Fukushima. Sin embargo, las acciones japonesas ya se sacudieron todo vestigio radiactivo con asombrosa celeridad.
G.G.: Rebotaron casi el 17% desde el piso. Y ahora tienen hasta una recomendación de compra del mismísimo Warren Buffett.
P.: ¿Recuperaron los niveles previos al tsunami? ¿Quedó todo como un gran susto, que se corrigió finalmente, sin mayores consecuencias para la Bolsa de Tokio?
G.G.: No es así. El mercado bajista («bear») fue un destello fugaz. Pero todavía las cotizaciones necesitarían trepar un 10% para regresar al punto de partida. Queda una herida por cicatrizar.
P.: Después de preocuparnos por Japón, volvemos a Libia y la situación se tornó mucho más compleja. Hay una intervención militar bendecida por Naciones Unidas que, a su vez, revela la existencia de grandes fracturas en la comunidad internacional. Está Francia, pero no Alemania.
G.G.: Hubieran participado los Emiratos Árabes Unidos, pero prefirieron tomar distancia. ¿La razón? Las diferencias de criterio con EE.UU. y con Europa en relación con la crisis en Bahréin. O sea, sobre el rol que juega Irán. Todo ello no augura nada bueno.
P.: Es un mosaico de protestas que se extiende peligrosamente. Sin embargo, los mercados financieros no se rasgan las vestiduras. ¿Ya no les preocupa la suerte del petróleo que suministraba Libia? ¿Se encontró un sustituto en tiempo récord? No son sólo las Bolsas las que exudan templanza. Trípoli está en llamas; el mercado de crudo, no.
G.G.: Libia produce la cuarta parte del petróleo que enviaba regularmente a plaza. Si no hay tensiones en el mercado spot, ni se observan mermas en los inventarios comerciales, habrá que dar por buenos los esfuerzos del resto de los países de la OPEP. Por más que se barajó la alternativa, no se tocaron las reservas estratégicas de EE.UU. Ahora bien, que se pueda bombardear Libia sin afectar en alza la prima de riesgo del crudo es un fenómeno que hay que verlo para creerlo.
P.: Y lo estamos viendo. A la par, el presidente de Yemen se bambolea, hay tropas del Consejo del Golfo en Bahréin, las protestas se multiplican en Siria, la televisión muestra un ministerio en llamas en El Cairo...
G.G.: No es una dinámica estable. No durará así por siempre. O el descontento se calma. O se agrietarán los mercados. No conviene tirar de la cuerda por mucho tiempo. Aunque entiendo que lo que más se temía no está ocurriendo.
P.: El contagio directo en Arabia Saudita.
G.G.: Tal cual. Sólo que el incendio se propaga alrededor. Usted sabe que soy muy escéptico de que los mercados puedan evitar chamuscarse. Pero lo están logrando de momento.
P.: Siempre queda Europa. Y nunca pierde oportunidad de provocar escozor. Esta vez no fue Trichet ni el BCE.
G.G.: No. Fue culpa de un rumor que se probó infundado.
P.: Decía que un banco irlandés había incurrido en un episodio de default con uno de sus bonos.
G.G.: Tal cual. Era un vencimiento irrisorio. No tenía sentido. Pero despachó las tasas irlandesas hacia alturas nunca vistas.
P.: Cuando el río suena.
G.G.: El tema del default está en el corazón del debate político. Eso es cierto. Y las opiniones están divididas. No diría que se favorece el incumplimiento soberano. Pero sí la noción de quitarle el sostén público a la banca.
P.: Y así permitir un default bancario con una reestructuración de sus obligaciones. En línea con lo sugerido por el rumor.
G.G.: Sí. Ello no quita que haya sido incorrecto. El pago se efectuó.
P.: Las tasas irlandesas a dos años treparon por encima del 10%. Si eso no es la antesala de un default, cómo se le parece.
G.G.: La escenografía se montó completa. La curva de rendimientos también se invirtió, aunque fugazmente.
P.: Las tasas de corto plazo superaron a las tasas largas.
G.G.: Las tasas cortas se duplicaron. Rozaron el 10,18%. Las tasas de diez años subieron, pero no más allá del 9,90%.
P.: Luce dramático. Uno discute si el BCE hace bien en querer ajustar su tasa de referencia del 1%. La OCDE, por ejemplo, lo desaconseja. Pero hay una realidad acuciante en paralelo. Grecia e Irlanda pertenecen a otra galaxia de tasas. Y ayer ejercieron atracción sobre Portugal. ¿Cómo termina este berenjenal?
G.G.: La crisis europea era el candidato número uno para abortar el rally de las acciones. Y quizás también la recuperación económica del G-7. Ahora pelea, cabeza a cabeza, con la primavera árabe.
P.: Si el BCE no se hace cargo y sigue adelante con sus planes, ¿quién recogerá el tendal?
G.G.: Hay una cumbre europea que derramará sus conclusiones este jueves y viernes. Ya definió un Pacto Europeo y un aumento de los fondos de rescate. No faltarán ambulancias. Se amplió la sala de terapia y habrá comodidades para todos. El verdadero problema es que el tratamiento no da señales de mejoría para ninguno de sus pacientes. Y ya hay quienes se resisten a asumir pacíficamente un destino de deterioro creciente sin perspectivas de progreso. De ahí que haya que prestarle atención a Irlanda y sobre todo a la fatiga política en la región.


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