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Diálogos en Wall Street
¿Cómo interpretar que las tasas largas de interés se zambulleran ayer por debajo de los pisos que se establecieron cuando el mundo debió navegar el caos que generó la caída de Lehman Brothers? El periodista conversa con Gordon Gekko, el «nombre de guerra» de un ajetreado especialista en mercados internacionales, mientras esos mismos mercados sufren la descarga de otra batería de malas noticias.
Gordon Gekko: Es que nunca se fueron del todo. Los bonos en ningún momento compraron la idea de una mejoría duradera. La espina quedó siempre clavada.
P.: ¿No es una exageración que las tasas de diez años hayan perforado los mínimos absolutos desde que comenzó la crisis?
G.G.: Lo es.
P.: ¿Cuál es el mensaje? ¿Que estamos peor que en el peor momento después de la caída de Lehman Brothers?
G.G.: No. Es evidente que no es así. El mensaje es el temor que existe. Y el temor es que podamos repetir la zozobra post-Lehman.
P.: Las Bolsas, aun cayendo aparatosamente, no opinan lo mismo.
G.G.: Correcto. Es una discrepancia profunda. Pero los bonos se mantienen firmes en su postura y las acciones están, en la coyuntura, cambiando su opinión hacia la baja.
P.: ¿Cuál es el foco de la preocupación? ¿Los riesgos de la recesión, de la deuda europea, de los bancos?
G.G.: La deuda de EE.UU. está claro que no. De los titulares de los diarios de dos semanas atrás, por fortuna no quedó ni rastro. Sólo sobrevive, y cómo, el daño en la confianza sobre los demás activos de riesgo. La contribución negativa de la deuda europea disminuyó sensiblemente desde que el BCE interviene en los mercados secundarios. No se piensa todavía que el tema está zanjado, pero no es el que provoca estos ramalazos.
P.: Entonces nos queda la amenaza de la recesión.
G.G.: Y se sumó el resquemor por los bancos. Hoy (por ayer) hubo malas noticias en ambos frentes. Y los bancos lideraron el repliegue.
P.: No resulta muy alentador enterarse que la Fed está inspeccionando con mucho celo el fondeo de los bancos europeos que operan en los EE.UU.
G.G.: Desde ya.
P.: ¿Otra vez surge el famoso problema del descalce de monedas?
G.G.: La cotización del dólar contra el euro es un espejo donde ese problema debería reflejarse.
P.: Y no se nota nada extraño.
G.G.: Tal cual. Hubo sí un banco, después de muchísimo tiempo, que tomó prestados dólares del BCE. La cifra es módica: 500 millones.
P.: Un caso puntual.
G.G.: Así es. Pero podría ser la punta del iceberg. Si los reguladores de EE.UU. están examinando ese mismo terreno, está claro que hay algún trastorno, aunque hoy por hoy sea pequeño o meramente potencial.
P.: ¿Qué se puede decir de la recesión? Que los pedidos de subsidios de desempleo hayan trepado a 408 mil, o sea que hayan vuelto a su nivel de un par de semanas atrás, ¿puede ser un motivo válido para que las Bolsas asuman que la recesión ya está entre nosotros?
G.G.: Es la sucesión de adversidades la que alimenta el escepticismo. Poco importa cuál es el episodio concreto que desata la caída. Esa es la anécdota. Simplemente la gota que rebalsa. El vaso lo llenaron Francia al estancarse, la brusca desaceleración de Alemania, el traspié del informe Philly Fed (que es el primero que delata cómo la incertidumbre reciente pasa factura sobre las variables reales en EE.UU.).
P.: ¿No influye la lectura de los indicadores líderes? ¿No sirve como contrapeso? Me refiero a la canasta que publica The Conference Board. Los datos se conocieron también hoy (por ayer) y señalan un crecimiento magro, sí, pero no una recesión.
G.G.: Wall Street, a los precios actuales, favorece todavía un escenario de crecimiento leve y no una recesión franca. No obstante, admitamos que la economía transita un terreno de frontera que es muy resbaladizo. Los límites son imprecisos y la aversión al riesgo aumenta de prisa.
P.: En ese sentido, van a pesar más los indicadores negativos que los favorables.
G.G.: Son las reglas de juego. La tendencia apunta a un deterioro y usted está forzado a rebajar sus expectativas.
P.: Es interesante. Todavía los balances de las compañías no revelan la misma debilidad que trasunta la economía.
G.G.: En cuanto aflore una correspondencia estrecha, y las compañías revelen un impacto mayor, la Bolsa se internará en un mercado «bear» (bajista).
P.: El aviso de Dell, ¿es un anticipo?
G.G.: En buena medida. Y golpea en el sector de tecnología que era el más firme de la Bolsa. Dell tiene detrás una performance extraordinaria, pero ya detecta síntomas de debilidad en la demanda que enfrenta. Y sugiere moderar las expectativas de ventas que se traían de arrastre. No sólo porque el consumidor o las empresas desaceleran su gasto a caballo de la incertidumbre, también aduce que el Gobierno federal está pisando el freno.
P.: El estímulo fiscal, hoy en día, ¿juega a favor o en contra? El empleo público cae todos los meses, invariablemente, desde que comenzó el año. Y el gasto público pareciera estar replegándose. Eso sí: el déficit fiscal es enorme. El 8,2% del PBI.
G.G.: Es un problema de cómo se diseñó el estímulo. La negociación política privilegió la baja de impuestos a la suba del gasto. Y el problema es que el ahorro privado que genera la baja de impuestos no ofrece ninguna garantía de que efectivamente se gaste. Si el beneficiario se sienta sobre el cash porque lo paraliza el temor, es el peor de los mundos: se incurre en déficit fiscal, pero no se traduce en aumento de la demanda agregada.
P.: Como siempre queda la Fed. Y se acerca Jackson Hole. ¿Repetiremos el ejercicio del año pasado con otra intervención masiva?
G.G.: ¿Va a haber algún guiño? Seguramente. Y si nos metemos en el terreno de una doble recesión, va a haber mucha acción. Pero está claro, se vio después de la última reunión, que la Fed no quiere precipitarse.


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