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Diálogos en Wall Street
Periodista: No recuerdo que haya habido nunca tanta expectativa por la reunión de Jackson Hole.
Gordon Gekko: Hasta se habla de las decisiones que se tomarían allí. Lo cual, se sabe, no es el caso para nada. Es un congreso de banqueros centrales de todo el mundo, y un evento académico, no una reunión del Comité de Política de Mercado Abierto.
P.: Pero el año pasado Ben Bernanke alumbró en Jackson Hole la segunda fase del relajamiento cuantitativo.
G.G.: En rigor, lo que hizo fue dar a conocer -con un guiño implícito- el visto bueno de la Fed al relajamiento no convencional, al QE2.
P.: Podría hacer lo mismo ahora, lanzando la tercera versión.
G.G.: La gran diferencia, lo que se olvida, es que el tratamiento del QE2 llevó su tiempo. Ya a fines de julio, James Bullard, de la Fed de Saint Louis, había demarcado el terreno de la discusión. Recuerde lo que fue el debate previo en el seno de la Fed.
P.: Feroz.
G.G.: No había una única receta, sino siete posturas diferentes en danza. Una de ellas, por supuesto, no hacer nada.
P.: Presumo que ese arco diverso ya se habrá consolidado.
G.G.: Yo no presumiría nada. La última decisión de la Fed -sugerir que las tasas cortas se mantendrán en su sitio por los próximos dos años- generó tres disidencias. Y embarcarse en el QE3, de lejos, es asunto más controvertido.
P.: Quizás hoy la situación de fondo luzca más delicada.
G.G.: No significativamente. Y una de las condiciones que gatilló la ronda anterior de compras masivas de bonos, formalmente, al menos, no está presente.
P.: ¿Cuál?
G.G.: La desinflación mes a mes. La tendencia que apuntaba visiblemente al peligro de deflación de precios.
P.: No estará presente de manera ostensible. Pero sería necio pensar que el peligro desapareció. Si la economía trastabilla, no tardará mucho en resurgir.
G.G.: No tengo duda. La amenaza persiste. No obstante, su manifestación es menos virulenta. Y, llamativamente, las expectativas de inflación se mantienen estables. Pero no tiene que convencerme a mí, sino a los miembros que votan en el comité. Y hubo tres que no estuvieron de acuerdo ni siquiera en utilizar la comunicación como arma. No los veo, hoy por hoy, dispuestos a utilizar un arsenal más potente.
P.: La decisión se tomó igual. Bernanke será más abierto al debate, pero, en los hechos, su opinión es la que define.
G.G.: Así es. Hasta el momento, sin embargo, su mensaje -si se quiere, tácito- es que no lo apremia la urgencia. La última medida de la Fed reveló esa tesitura. No hubo acción. Sino una vaga promesa de omitir (lo que eran, de antemano, muy improbables) subas de tasas. Y contabilice también el silencio de radio de todos estos días, aun los más revueltos, en los que no hubo ningún funcionario empeñado en soltar globos de ensayo (como es usual cuando se cocina un cambio trascendente).
P.: ¿Bernanke va a decepcionar?
G.G.: No tuvo prisa cuando se le bajó la calificación a la deuda de los EE.UU. No debería tenerla ahora. Pienso que va a insistir en usar la comunicación como arma. Y hay que aceptar que es un arte que la Fed domina bien.
P.: ¿No es un riesgo? Los mercados subieron a cuenta.
G.G.: Era importante atajar la sensibilidad negativa sobre los bancos. Y la operación de Warren Buffett -comprando acciones preferidas de Bank of America- es un tapón excelente para esa hemorragia que podía convertirse en una epidemia contagiosa. Aunque estuviera fundada en poco más que humo.
P.: Y en el temor a que el futuro colapse. Es la herencia que dejó la experiencia de Lehman. No importa cuán creíble es el rumor, si vemos que causa algún efecto, mejor poner pies en polvorosa.
G.G.: Eso pienso. Bernanke hará de psicoanalista. Va a pasar revista a su arsenal. Eso tranquiliza. No le va a cerrar la puerta al QE3. En el último comunicado, le recuerdo, la Fed dejó bien claro que retomar la compra de activos de largo plazo es una opción. Amén de confirmar la vigencia plena del QE2 (con la reinversión de los cupones de amortización) en términos de crédito primario.
P.: Se habla de reeditar la Operación Twist (1961), una antigualla de los tiempos de John F. Kennedy. Esto es: ampliar la duración de la cartera de bonos de la Fed, cambiando títulos cortos por otros más largos, sin necesidad de tener que aumentar el tamaño de las compras netas.
G.G.: Es una herramienta que está en el arsenal de política monetaria no convencional. La consigna el propio Bernanke cuando -como gobernador de la Fed de Greenspan- pasa revista a la crisis crónica de Japón y se pregunta qué instrumentos usar una vez que la tasa de interés llega a cero. Le recuerdo que cuando la Fed anunció el QE2, el 2 de noviembre pasado, las expectativas apuntaban a un programa de mayor alcance. El consenso esperaba compras de bonos de u$s 1 billón y no de u$s 600 mil millones, como efectivamente ocurrió. Y descontaba que serían bonos más largos. O sea, que la Fed dejó esta alternativa en el tintero al concentrar las adquisiciones en la «panza» de la curva de rendimientos, entre los papeles de tres a siete años.
P.: ¿Cree que si se anunciase una iniciativa de este tenor, funcionaría para los mercados?
G.G.: Para los mercados, sí. Porque lo que están esperando es que Bernanke les baje otra vez la bandera de largada. Para la Fed, además, tiene una gran ventaja. Es un mojón visible y, a la vez, no ofrece el mismo flanco a las críticas que una expansión nominal del crédito primario. Este segundo aspecto, después del aviso de los republicanos, las duras declaraciones del gobernador de Texas contra «la emisión de dinero para hacer política», debe pesar en las consideraciones de la Fed.


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