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Diálogos en Wall Street
China volvió a descarrilar, y como si fuera la gran locomotora de los mercados mundiales, arrastró tras de sí a todo el convoy. Llamamos urgente a Gordon Gekko, quien atendió nuestras preguntas en el transcurso de la rueda en Manhattan.
Gordon Gekko: En apenas 870 segundos se disparó el freno automático de las operaciones. Y como saldo hubo que anotar una merma superior al 7%.
P.: Por segunda vez en sólo cuatro ruedas.
G.G.: El índice CS300, que es la referencia de los reguladores, está un 11,7% abajo en lo poco que transcurrió de 2016.
P.: Se derrumba la gran muralla china. ¿Hay solución a mano?
G.G.: En principio, el sistema de frenado automático, que se estrenó el lunes, quedó fuera de juego.
P.: Las autoridades decidieron dar marcha atrás con su innovación.
G.G.: Suspendieron el sistema de suspensiones automáticas.
P.: Mañana (por hoy) no habrá límite para la caída.
G.G.: En los papeles es así. Como siempre, y más en China, el diablo está en la letra chica.
P.: En los ideogramas pequeños. Y encima no entendemos el idioma.
G.G.: China ya empezó a apelar a sus mecanismos tradicionales. Restricciones a las ventas (paradójicamente, se iban a levantar el viernes para los tenedores de paquetes accionarios mayores al 5%; la razón detrás de escena que explica el derrumbe) y fuerte presión para urgir a los privados a tomar posiciones largas.
P.: El fin justifica los medios, una vez más. ¿Funcionará?
G.G.: A la larga, con fondos públicos, y a precios más bajos, probablemente sí. Ya lo vimos en agosto/septiembre.
P.: El mundo no vive pendiente de China, pero teme el contagio que irradia como a su sombra. ¿Cuán larga será la agonía en Shanghái?
G.G.: No hace falta que las Bolsas chinas se estabilicen para que el dominó negativo se interrumpa.
P.: George Soros nos ha advertido que el mundo podría estar acercándose a una crisis como la de 2008.
G.G.: El mundo es frágil. No es novedad. Estamos como en la coyuntura crítica de agosto del año pasado. Más nos asustamos, más cerca estábamos de salir del brete. Todo terminó con el flash crash del 24 de agosto.
P.: El lunes negro.
G.G.: Negrísimo por la mañana. Tremendamente soleado después.
P.: La historia se repite.
G.G.: Primero es drama. Después como farsa. Sería necio negar la acumulación de problemas. Pero así y todos nos fuimos abriendo camino. El rebote después del chubasco de agosto nos dejó a tiro de los récords absolutos. Estuvimos a tan sólo el 1% de revisitar la cumbre.
P.: La geopolítica se ensombrece más y más. El cuadro internacional es horrible.
G.G.: De acuerdo. Pero sólo los shocks geopolíticos tienen impacto en los mercados financieros, y rara vez, resulta duradero. Si la economía les encuentra la vuelta, para bien o para mal, no cuentan.
P.: Aun así, pueden servir como excelente excusa.
G.G.: Tenemos un bidón lleno de excusas. Lo difícil de explicar no es la caída de las cotizaciones en Wall Street, es por qué se aferraron tanto a los niveles máximos. El problema de fondo es que a las compañías se les mojó la pólvora.
P.: De las ganancias.
G.G.: De los ingresos y las ganancias. Una buena temporada de balances cerraría esta larga etapa de mercado lateral, y lo haría con una ruptura contundente de los récords. No se olvide que ya pasamos el estrés test del estreno de la suba de tasas, en diciembre.
P.: No podemos culpar a China de ese percance.
G.G.: Lo tengo muy claro. Será interesante ver si el informe de empleo (que se conocerá hoy) opera como sustituto. El reporte ADP mostró un crecimiento sólido del empleo privado. Si se corrobora, será un buen contrapunto como para mechar entre tanto pesimismo.


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