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Disparatada puesta para la Lucia de Donizetti en el Argentino
Paula Almerares canta su primera «Lucia de Lammermoor» con su reconocida capacidad, en medio de una caprichosa régie de Claudia Billourou que el público abucheó la noche del estreno.
Si esta directora escénica platense pretendía elevar un discurso ideológico hablando figuradamente de los desaparecidos y de tiempos oscuros del país debería haber buscado otros espacios y dejar a la ópera tradicional en paz. No fue así y sus antecedentes que la señalan como discípula de Jerzy Gurawski, escenógrafo de Jerzy Grotowski (el de la estética de la pobreza), entre otras actuaciones internacionales, no le dan derecho que reducir a un acto una ópera en tres, ni haber ubicado las acciones en una supuesta La Plata de ahora o años recientes. Por supuesto, el público reaccionó y los abucheos del final le hicieron saber a Billourou que ése no es el espacio para desarrollar sus postulados político-sociales, a pesar de la larga explicación expuesta en las páginas del programa de mano.
Ropa actual, Edgardo entrando a escena en bicicleta, Lucia con una linterna en la mano sorteando cintas de aeropuerto, una fiesta de casamiento digna de la familia televisiva «Los Campanelli», con borrachos y bailarines de tango, mientras Lucia canta su célebre escena de la locura, un obeso entregado a su infinita gula en la mesa principal de la fiesta, con personajes indiferentes a los hechos que se relatan en la ópera como si fueran convidados de piedra, etcétera.
En términos musicales, todo lo que ocurre en el escenario opaca cualquier intento de ser fiel a Donizetti. Quizá lo más atinado, por parte de los cantantes y el director de orquesta, hubiera sido renunciar a esta propuesta. Pero a veces hay razones todopoderosas. Existen ejemplos europeos en experiencias como las de Calixto Bieito, por ejemplo, que fueron rechazados por cantantes serios.
Paula Almerares cantó su primera Lucia y lo hizo con la capacidad que se le reconoce, aunque ha tenido noches mejores sobre todo en el registro agudo, aquí extremadamente exigido. Juan Carlos Valls es un esforzado pero inmaduro Edgardo y a Fabián Veloz, que hace un estupendo Fígaro de categoría internacional, aquí se lo observó demasiado inseguro como Enrico.
Carlos Vieu dirige con ímpetu (a veces demasiado fragoroso para las voces chicas del escenario) y el resto (coro, comprimarios) responden acorde con lo solicitado, en medio de una experiencia escénica que quizá hubiera lucido impactante en el Festival de Nancy, pero que aquí no hace más que despertar conmiseración ante tanto desconocimiento de causa, de valores y también, hay que decirlo, de aprecio por lo que todos los contribuyentes aportan para el mantenimiento del espléndido Teatro Argentino de La Plata. Algo que suena a estafa.


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