«El árbol del olvido» une el fuego (una constante en la obra de Juan Doffo) con citas de la naturaleza, que, en este artista, tiene un sentido metafísico.
El árbol es uno de los elementos que se ha repetido a través de la historia del arte, ha atravesado todos los ismos y hasta el mismo Mondrian lo plasmó como epicentro del desarrollo del ritmo de la vertical y horizontal.
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Como lo señala Cirlot en su «Diccionario de Símbolos», y donde le dedica alrededor de cien líneas, el árbol es un símbolo esencial de la tradición. Entre las varias representaciones elegimos aquella que tiene que ver con el cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. A esto aluden los «árboles» de la obra reciente de Juan Doffo que se expone en Galería Rubbers (Av. Alvear 1595). Su universo, como ya se sabe, es Mechita, su pueblo natal, al que puso en el mapa, no solamente geográfico sino en la esencia de una obra que roza lo metafísico. Diversas mitologías lo instalan como eje del mundo, es por eso que en sus cuadros ocupa un lugar central. Por ejemplo: en «El lenguaje del alba», el foco de atención está en esa sucesión de troncos casi quemados, pinceladas delgadas que terminan en aún más delgadas ramas que parecen proteger a un fragmento del caserío.
Cardos se han pintado al infinito pero «¿Qué persigue el viento?», el rojo abrasador en el que flotan a la deriva, debe ser una visión única en el imaginario y por qué no también en la realidad de la llanura pampeana. Con el mismo título, Doffo nos da otra visión, violetas, amarillos, el horizonte del que parecen elevarse a lo lejos a lo que se suma el brillo de las constelaciones, lo co-loca en el romanticismo más pleno.
En Doffo, el fuego es una constante. Ya realizó muchos rituales en su pueblo, iluminando su calle principal, intentando atravesarlo en la llanura infinita. «El árbol del olvido», es una mancha negra ominosa que se eleva por sobre el pueblo encendido, a la manera de ofrendas. Sus visiones del fuego, protagonista de la mayor parte de su obra fotográfica (en esta muestra presenta solamente cuatro), son resultado de osadías y riesgos que el artista acomete y tienen esa dualidad vida-muerte ya que «todas las cosas nacen del fuego y a él vuelven». Se destaca «El silencioso libro», un plano blanco perfecto que contiene, en mínima escala, la casa del artista, es decir, que lo contiene, en medio de un paisaje a la manera de los artistas de la Escuela de Fontainebleau .
La obra de Doffo está plena de citas de la naturaleza, de su inmensidad de la omnipotencia de sus fuerzas pero no son imágenes de la naturaleza sino de un sentimiento metafísico, casi inaprensible, como la obra casi religiosa y mística de un Caspar Dietrich. En otro gran cuadro, «El tiempo es otro río», violetas melancólicos, destellos rojos, Mechita como una isla en un lago donde se reflejan las ramas del árbol, invertidas, desprendiéndose del cielo.
En suma, un artista que cada vez que revela su quehacer también revela ese fuego interior que le da sentido a su arte.
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