5 de agosto 2016 - 00:00

Dos monumentos reales y un hombre digno de aprecio

REGISTROS. “Los cuerpos dóciles”, documental estrenado ayer, además de “Monumento” y “La obra del siglo”.
REGISTROS. “Los cuerpos dóciles”, documental estrenado ayer, además de “Monumento” y “La obra del siglo”.
Tres films disímiles coinciden en un sustantivo de diversas connotaciones, aplicables tanto a una mole evocativa, el gigantesco testimonio de una ilusión, o un hombre digno de aprecio.

El más específico es "Monumento", documental de Fernando Díaz sobre el recordatorio de la Shoah levantado al borde de los bosques de Palermo. Subtitulado "La humanidad detrás del concreto", detalla el proceso de construcción de la obra y, al mismo tiempo, las reuniones de grupos como Proyecto Aprendiz y Generaciones de la Shoah, que mantienen vivo el relato oral más allá de libros, películas y monolitos. Hay lindas anécdotas de supervivientes sobre su adaptación a la Argentina, discusiones respecto al sentido de la obra, y dos finales tocantes, en Auschwitz y en Palermo. Tema musical, "Dos einte kind", por Zully Golfard, a capella.

Luego, "La obra del siglo", sobre la usina nuclear cubana, abandonada a medio hacer cuando cayó la URSS. La obra iba a ser impresionante, el material de archivo es singular, pero se ve aplastado por una lánguida ficción de tres residentes venidos a menos en la ciudad fantasma, ejemplo de los sueños perdidos de todo un país. Por ahí alguno recuerda al astronauta cubano Tamayo Méndez, y a glorias olímpicas como los campeones Mijail López y Robeisy Ramírez, que casualmente ahora compiten en Río de Janeiro. Casi todo en blanco y negro casi gris.

Por último, "Los cuerpos dóciles". El título remite a una definición de Michel Foucault sobre aquellos que pueden ser sometidos, usados y transformados mediante coerción, lo que en este caso se referiría a dos muchachos puestos frente a la ley, acusados de asalto a un local a mano armada. Hay atenuantes y agravantes. Pero también hay alguien para defenderlos e ilustrarlos: el abogado Alfredo García Kalb, un flaco pelilargo, histriónico, baterista y padre de familia que maneja el lenguaje de la calle tanto como el código penal. Le dice al cliente "Este es el rol que tenés que interpretar" (hacerse la víctima), pero también le da buenos consejos y sermones al que la sacó barata, para que no vuelva a las andadas, elogia a un juez que mandó escolarizarse a dos chorritos, etc., todo a full. Su vida es dura, pero útil. Ese tipo merecía esta película, y merece un monumento.

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