5 de abril 2013 - 00:00

Dudamel puso en éxtasis al Colón

Gustavo Dudamel dirigió a la numerosa Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela en un programa que combinó el fuego de Igor Stravinsky con el de l mexicano Silvestre Revueltas.
Gustavo Dudamel dirigió a la numerosa Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela en un programa que combinó el fuego de Igor Stravinsky con el de l mexicano Silvestre Revueltas.
Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Gustavo Dudamel (director). Obras de I. Stravinsky y S. Revueltas (Teatro Colón, 3 de abril).



Se ha señalado alguna vez la dificultad de reseñar conciertos cuya intensidad y perfección superan casi la capacidad de expresión verbal. Pocas veces se hizo tan manifiesto como en este caso, en que además ese mismo sentimiento pareció apoderarse del fervoroso público del Teatro Colón que asistió al concierto de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela (OSSBV) y su fenomenal director, Gustavo Dudamel.

Tratándose de un concierto fuera de abono la concurrencia era además muy variada, y no faltaron a lo largo de la noche las banderas venezolanas colgando de algún palco, los gritos de "¡Viva Chávez!" llegados desde las localidades altas, y un afiche con la figura del ex presidente fallecido desplegado en las primeras filas de la platea. El mismo Dudamel, el mayor embajador cultural de su país, incrementó la carga simbólica de uno de los acontecimientos artísticos del 2013 dedicando el concierto a homenajear a las víctimas de las inundaciones.

En programa, dos obras desafiantes, coherentemente amalgamadas: "La consagración de la primavera", de Stravinsky, que celebra este año un siglo de su escandaloso estreno en París, y la suite de la música para el film "La noche de los mayas" de Silvestre Revueltas, llamado "el Stravinsky mexicano". Y desde el célebre solo de fagot con que comienza la obra del compositor ruso hasta el último bis, la maravilla que surge de la batuta del venezolano, y que se multiplica en un gesto hacia sus músicos, no cesó de crecer.

Tal vez lo que más asombra en los jóvenes integrantes de la OSSBV es su compromiso individual: cada uno de ellos toca como el más consumado solista sin perder a la vez la conciencia sinérgica, y se entrega como si le fuera la vida en cada nota. El poderío dinámico del conjunto no parece tener límites y el discurso musical, sea cual fuere, tiene en vilo al oyente. Luego del doble programa, los bises parecieron multiplicar el delirio del Colón: dos fragmentos operísticos de Wagner, en el año de su bicentenario (el preludio al tercer acto de "Lohengrin" y la "Muerte de amor" de "Tristán e Isolda"), el homenaje a Venezuela con "Alma llanera" y el más esperado de todos: el "Malambo" del ballet "Estancia" de Ginastera, que Dudamel ha paseado por el mundo, con los toques de exhibicionismo y de explosión latina que le da la Simón Bolívar y que hacen difícil pensar en una versión superable. Sólo el lento éxodo de los músicos convenció al público de que la fiesta, por esta vez, había terminado.

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