1 de noviembre 2011 - 00:00

Eduardo Hoffmann exhibe su arte cambiante y azaroso

Los dibujos, óleos y acrílicos. las instalaciones, las esculturas del artista mendocino, dan cuenta de un creador atento a las analogías, a las proximidades, a las sugerencias de los soportes y al llamado de las formas y los sentidos.
Los dibujos, óleos y acrílicos. las instalaciones, las esculturas del artista mendocino, dan cuenta de un creador atento a las analogías, a las proximidades, a las sugerencias de los soportes y al llamado de las formas y los sentidos.
Recientemente se inauguró una muestra del reconocido artista plástico mendocino Eduardo Hoffmann (1957), en la Galería Lordi, Arte Contemporáneo (Venezuela 617). Hoffmann retoma su arte desde lo básico en esta presentación, exponiendo obras de gran tamaño como «La Ronda» (2011), una técnica mixta sobre tela de 1,80 x 3,70 metros, o «Tranquera» de 1,83 x 4,50 metros de largo, también realizada este año. Todo combinado con una instalación central, que evoca las vías hacia el campo.

Aunque se reconozca así, una evidente continuidad en sus propuestas, podemos reconocer etapas dentro de su creación artística. Desde fines de la década del 70 hasta los 80, en sus óleos sobre tela surreales, como «Bodas de Papel», «Naturaleza Hipomuerta» y «Detrás de la Escena»; en sus esculturas simbólicas como «Bella Angela» y sus ascéticos y, a la vez, representativos dibujos como «Mmmmhhhh!», «Un alto en el camino» y «Renocenota»; en sus obras con ramas de madera como «Sin título» (1993); y, en fin, en sus caligrafías rupestres, labradas con una inagotable creatividad, como «Jirafa de Pisa», «Adán Buenosayres» y «Maho 2».

Desde entonces hasta 1982, sus óleos sobre tela, son surreales, a la manera burlona y enigmática del primer Magritte. Sus comunes denominadores son el dominio del oficio, el humor, la tentación poética y la audacia. Pero ya en «Abrazo de centauros», 1982, se asoma al neoexpresionismo -en el sentido de actitud más que de tendencia estética-, y esta propuesta invade su obra posterior, la de 1983-89, y lo lleva hasta la abstracción. A la par de esta etapa, Hoffmann realiza dibujos con tinta u óleo, sobre papel, cartón y cáñamo, en los que se identifica con antiguas tradiciones que hacen de la pintura un espacio contemplativo. Su identificación con esta retórica contemplativa tiene que ver el zen o el taoísmo característicos de su inclinación intelectual y filosófica.

Las líneas de sus obras ponen en evidencia que todo es un gran vacío. Su representación fluctúa entre la figuración y la casi abstracción, pero esa dualidad es sólo la primera, que luego nos introduce en otras: todo-parte, vacío-lleno, verdadero-ilusorio. El artista ha destacado que se coloca frente al soporte -tela, papel, madera, cuero, cerámica, cartón, cáñamo-, y mira lo que hay dentro de él.

También sus obras crean presencia por la ausencia, un concepto central en la teoría derrideana. Desde Jacques Derrida, los signos se completan y crean lenguaje cuando nuestras facultades los aprehenden y los contextualizan en nuestro mundo de ideas, en ese ámbito de ausencias que llamó «la différance». La diferencia es lo que complementa al signo artístico y permite alcanzar la dimensión estética.

Hoffmann descubre la imperfecta naturaleza de la creación humana, de un ser que ya no es pensado como fundamento y estabilidad de estructuras eternas. «Quiero pintar como si fuera siempre el último día», ha señalado al referirse al peligro que corren los artistas de «aburguesarnos y aburguesar nuestra obra», la cual «puede entonces convertirse en un producto perfecto o muy bien acabado, pero que ya no dice nada. Trato de no caer en esas cosas...». Pero si hay algo que distingue su obra es precisamente el cambio. No, desde luego, el cambio por el cambio mismo, porque eso no es el arte, sino el cambio por la búsqueda incesante, sucesiva, de nuevas experiencias y de horizontes nuevos. La tesis general del budismo sostiene que no existe nada sustancial, permanente y absoluto, lo único que existe son fenómenos transitorios.

Sus dibujos, sus óleos y acrílicos, sus instalaciones, sus esculturas, dan cuenta de un creador atento a las analogías, a las proximidades, a las sugerencias de los soportes y al llamado de las formas y los sentidos, que surgen del contacto de un elemento con otro, de una idea con otra, pero también del choque de cada una de estas cosas con los demás, en un juego singular.

Hoffmann es, con su poética pintura, el artista de la razón ardiente (como definía Apollinaire a las expresiones poéticas), que explora los inmensos territorios de la aventura y descubre allí fuegos nuevos y colores nunca vistos. Nada le es ajeno, y nada lo amilana, no imita estilos, porque él es su estilo, cambiante y azaroso, tiene la suficiente ironía como para rehuir la solemnidad, y el sentido trágico indispensable como para dar testimonio de una sociedad compulsiva. Ha vivido en Bahía (Brasil), en 1984, y en París, entre 1985 y 1986. Trabaja en pequeño formato o en grandes dimensiones. Reduce su expresión a unos trazos huidizos o la desborda en imágenes de abultado empaste.

«La obra es solo una excusa», ha dicho Hoffman. Pero creemos que es preciso entender el término «Excusa» en su sentido latino de causa, de justificación, de lo que es puesto por delante (eso quiere decir pretexto, un sinónimo de excusa), más que en sus acepciones usuales de disculpa o alegación evasiva. Porque la obra, para Hoffmann, es motivo y consecuencia, medio y fin, experimento y resultado, punto de partida y estación de llegada, posiciones que se dan de manera circular y sucesiva en toda su producción, una de las más valiosas de la última ola de artistas argentinos.

Según él mismo ha declarado en otra oportunidad: «Durante años busqué la pintura, pero cuando miré con atención, vi que era yo el buscado, y la pintura, el buscador». Aunque no solamente la pintura.

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